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Etiquetas:   Con permiso   -   Sección:   Opinión

Ultraje a las banderas, humor muy español

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
domingo, 24 de junio de 2007, 10:13 h (CET)
Yo siempre me he sumado a esa frase hecha, cínica e irónica, que viene a reconocer que los españoles no somos un país de nuestro entorno. En ningún país de nuestro entorno civilizado se niegan sí mismos como nación ni el presidente del Gobierno manifiesta públicamente eso de que el concepto de España es muy discutible. ¿Han oído ustedes algo parecido en Francia, Italia, o Alemania? ¿Hay algún país de nuestro entorno que acepte el chantaje de unas minorías contra el Gobierno y el Estado de todos y éstos “traguen”? Y conste que no me refiero, sólo, a Zapatero, que esto viene pasando desde González y Aznar, pues habitualmente los partidos nacionalistas han impuesto su concepto de España y de reparto económico territorial cada vez que se elaboran los presupuestos del Estado.

Es tan débil el autoconcepto que los españoles tenemos de España y nosotros mismos, históricamente, que basta oír hablar mal de España para saber que el que lo hace es español, ya conocen ustedes la poesía.

Y con ello va ligado todo lo que represente al Estado, quiero decir a España, sus símbolos, la bandera y el himno y su hipotética letra, sobre lo que ya he escrito en anteriores ocasiones.

Considerar propia la bandera de España y defenderla es tenido como algo fascista, por eso con frecuencia algunas gentes “progres” la rechazan sibilina y descuidadamente; por ello, aquella estúpida polémica con la bandera, enorme, de la plaza de Colón en Madrid. Yo siempre he pensado que es consecuencia del abuso del franquismo con los símbolos de España y la identificación que se hizo de buenos y malos españoles según convenía al régimen dictatorial. Ya he puesto en ocasiones anteriores como ejemplo el de un amigo que habiéndome recibido en su casa se excusaba de que en su jardín hubiera flores con los dos colores nacionales: “Ya sé que suena fascista, pero es que estas flores son así”. Lógicamente y en aras de la convivencia no dije nada.

Tan largo preámbulo viene a cuenta de los españoles que han estado retenidos en no sé qué país báltico por haber arrancado una banderita local y a cuenta de los dos aficionados madridistas que han sido denunciados por haber quemado una bandera catalana en las celebraciones que tuvieron lugar en Reus por la victoria del equipo blanco.

Observamos nuestra propia bandera con indiferencia, cuando no con voluntario y político desprecio, y nos hemos creído que nuestra actitud ante ella es extrapolable a otras latitudes y a otras culturas porque para nosotros no son más que débiles símbolos carentes casi de significado y valor. Estamos tan acostumbrados a ver quemar la bandera de España en los mítines de Batasuna (¿se acuerdan?) que ya ni ofende.

A propósito: Me traiciona la memoria, pero en alguna reunión internacional de ultras progres de hace veinte años se decidió que como protesta ante la actitud oficial de sus respectivos gobiernos se quemarían una por una las banderas representativas. Y así se hizo con casi todas... porque los representantes de Estados Unidos, bien progres ellos a juzgar por su aspecto y vestimenta ad hoc, se negaron rotundamente, y como símbolo de su deseo de cambiar su sociedad admitieron como mucho la posibilidad de lavarla. Los demás quemaron sus banderas, no había quien les ganara a progres, pero los norteamericanos la lavaron. Simplemente.

En el caso de los madridistas catalanes que quemaron la bandera de Cataluña, manda narices, quizá su error simplista estaba en considerar que esa bandera no era la de Cataluña, sino la de los catalanistas, ese demonio con cuernos, rabo y tridente que quiere la desaparición de España, y consideraban, no sé cuál es mayor tontería, que el Real Madrid representaba a toda España o a la unidad (¿franquista y medieval?) de España.

Los símbolos son importantes porque representan a una colectividad y unos sentimientos muy profundos que mueven a muchas personas, aunque los de España estén un tanto devaluados por el peculiar acontecer político español.

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