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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Los timos modernos

Francisco Arias Solís
Redacción
sábado, 23 de junio de 2007, 09:47 h (CET)
“La verdad es lo que es,
y sigue siendo verdad
aunque se piense al revés.”


Antonio Machado

Leemos, en una revista de orientación del consumidor que los “batidos y las galletas para adelgazar son caros y poco sanos”. Ni siquiera los productos en cuestión, aunque no sirvan para adelgazar, son inocuos.

Puesto que la acusación es rotunda, merecería que las autoridades competentes investigaran el asunto y, de confirmarse el engaño, aplicaran una sanción ejemplar a sus responsables.

Perder kilos se ha convertido en una obsesión de una sociedad en la que la imagen personal vale más que mil palabras. Lo que hace que proliferen multitud de empresas con su legión de fórmulas más o menos milagrosas, que aseguran resultados espectaculares a los consumidores de sus productos, aunque en algunos casos sólo se vende ilusión, o tal vez, frustración, a precios elevados, y en otros, además, se puede poner en peligro la salud física.

Ahora bien, tan escandaloso tema plantea una cuestión de mayor calado, ¿hasta cuando la publicidad podrá seguir siendo manipulada, para estafar a un gran número de ciudadanos, aprovechando sus frustraciones personales y sociales a fin de levantar el señuelo de paraísos a precio de ganga? Las fórmulas y productos mágicos para adelgazar, cosméticos prodigiosos, los estudios sin esfuerzo o bebidas isotónicas para deportistas que no sirven de gran cosa.... tantos y tantos “duros a peseta” que se reiteran diariamente y que no sirven sino para el enriquecimiento indebido de mercachifles aprovechados. Técnicas nuevas para estafas de siempre.

Bien es cierto, que estos modernos timos se basan como los antiguos en cierta actitud de timador por parte del estafado. Quienes creían comprar un paquete de billetes de banco por unos pocos de euros, o adquirir un décimo de lotería premiado por una ínfima parte de valor del premio, no diferían mucho de quienes aspiran a comprar de baratillo la belleza, la inteligencia o los conocimientos profesionales y técnicos.

Sin embargo, también estos ciudadanos –ingenuos o “listos”- deben ser protegidos. Y nadie mejor para ello que los propios publicitarios, vigilando atentamente, a través de asociaciones y organismos profesionales, para impedir sin extremismos pero con rigor, un uso ilegal de la publicidad. Como información la publicidad puede ilusionar, sugerir, incluso incitar; pero nunca debe cruzar la frontera de la distorsión o el engaño. Y es que, como dijo el poeta: “Lo que tú me estabas diciendo / ni tú lo puedes creer / ni yo me lo estoy creyendo”.

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