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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

Las muchas posibilidades en la edad avanzada

José Vicente Cobo
Vida Universal
jueves, 21 de junio de 2007, 23:04 h (CET)
No deberíamos darnos por satisfechos con lo que llamamos lo inevitable. Para el que quiere, siempre hay una solución. También la edad ma­dura nos ofrece muchas, muchas posibili­dades, sobre todo cuando se va retirando el apre­miante afán de subir hacia lo alto en el te­rreno profe­sio­nal. Cuando el afán de querer y desear dis­cu­­rre por cauces más tranquilos y la edad exige una mayor tranquilidad de ánimo, más de uno puede descubrir sus aptitudes y dis­posiciones hasta en­tonces latentes y desa­rrollar sus talentos ocul­tos, para, si lo desea, po­nerlos a disposición de sus seme­jantes.

Contemplemos por una vez nuestra situación de for­ma completamente realista. Digamos adiós a todo lo que ha quedado atrás. Algunas cosas fueron buenas, otras menos buenas. De ello podemos aprender y practicar en circunstancias completamente diferentes lo que hemos reconocido. ¡Quitémonos de encima lo viejo! Aho­ra vale: ¡Adelante, hacia nuevos hori­zontes! Lo que significa: ¡Demos nueva forma a nuestra vida!

El contenerse y ser discreto y estar desinte­re­sa­­da­mente a favor y por otras personas es una virtud que podría practicarse y perfeccionarse es­pecialmente en la edad avanzada. Tan pronto como la persona de edad lo haya reconocido, es­to se convertirá en su postura bá­sica, y así ten­drá en sus manos la llave de una vida plena –también en la edad avanzada. Y la vida le «re­compensará» a su manera: como hemos dicho, ad­quirirá mucha, mucha vida. Pues el seguir sien­­do útil a los demás en la edad madura es un ejercicio que da riqueza interna, especial­men­te a las personas de edad.

El esperar que nuestra vida nos sorprenda con con­tenidos nuevos, alentadores, sin nuestra par­ticipa­ción, es casi siempre en vano. De esta ma­nera no sere­mos felices –sino por el contrario: las discrepancias creadas en nuestro mundo de pensamientos se desplo­ma­rán sobre nosotros, sobre la persona pasiva, que­jumbrosa, en acti­tud de espera, deseando que nosotros les demos más y más vueltas, que les proporcionemos la ener­gía de lamentarse, para que se vayan apo­de­­rando más y más de nosotros y nos puedan ex­traer nuestra energía. Sin embargo, así es como nos entregamos vo­luntariamente a aquellos cuyo afán consiste en arras­trarnos cada vez más pro­fun­damente a la oscuridad de la que nos hemos hecho acreedores. Y esto sería una vida «des­per­diciada», es decir, despilfarrada.

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