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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

¿Treinta años de democracia para llegar a donde estamos?

Miguel Massanet
Miguel Massanet
jueves, 21 de junio de 2007, 23:04 h (CET)
Parece que el comentario es obligado. Hace treinta años de la celebración de las primeras elecciones de la democracia y, aunque con una cierta languidez y una gran dosis de entusiasmo fingido por parte de los actuales inquilinos del Congreso de Diputados; se han celebrado los consabidos fastos con discurso del Jefe del Estado, el Rey, no sé si escrito por sí mismo o por el “negro” correspondiente, como lo fue en su día el escritor y filósofo Julián Marias. No obstante, a nivel de ciudadanía, este hecho o efeméride, no ha causado nigún especial impacto porque, a medida que transcurren los años, si bien el país va prosperando económicamente ( no olvidemos que nos dejamos arrastrar por la inercia de EEUU y el resto de naciones de la CU), en el aspecto político, en lo que podríamos designar como el orden interno, la unidad y la solidaridad, entre los distintos pueblos que constituye este ente al que conocemos como España, está en lo que podríamos considerar como una crisis. En este aspecto los adelantos se pueden considerar como mínimos y, en algunos sectores progresistas, han resurgido viejos odios que ya parecían superados gracias a la responsabilidad y grandeza de los que ostentaban el poder a la muerte de Franco; que supieron dar un ejemplo de visión política y renuncia a sus propios ideales para que España, con la valiosa aportación de Adolfo Suarez, el Presidente del gobierno y de don Torcuato Fernández Miranda, que lo fue de Las Cortes, se convirtiera en una monarquía orgánica en la que estuvieran represeantadas tanto la antigua derecha, venida de la dictadura, como las izquierdas, recuperadas de los antiguos vencidos como pudieran ser los comunistas de Carrillo y los socialistas de Felipe González.

Los Pactos de la Moncloa y la Ley para la Reforma Política fueron los puntales para la puesta en marcha del nuevo régimen. La figura del Monarca (impuesto por Franco) sirvió de talismán para dar un nuevo enfoque al régimen, gracias al cual se cerraba una etapa de rencores mutuos entre la ciudadanía española y se abría otra en la que, en teoría al menos, se debería partir de cero olvidando las heridas sufridas por ambos bandos durante la guerra civil. Bien, esto fue el pasado; pero, como suele ser habitual cuando las generaciones nuevas van sustituyendo a las que atesoran los recuerdos de sus vivencias traumáticas, aquellas sólo se ilustran de lo que les trasmiten sus mayores que, a la vez, influidos por sus propios demonios personales, exponen los hechos vividos a través de su particular perfil ideológico. La consecuencia es que se va perdiendo la perspectiva de la realidad objetiva histórica para entrar en los límites de la seudohistoria subjetiva, más cerca de los ideales políticos de quienes la trasmiten que de la verdad.

Es evidente que la democracia ha traído cosas buenas para el país, nadie lo puede negar; pero, a la vez, en lugar de servir para desterrar definitivamente el fantasma de la guerra entre hermanos y producir una permanente reconciliación nacional; por extraño que nos pueda parecer, el empecinamiento de una cierta izquierda, incapaz de perdonar, desconocedora de las causas que dieron lugar a aquella conflagración y deseosa de una revancha que nunca hubieran podido alcanzar, si la generosidad de la otra parte no les hubiera permitido formar parte de la nueva España; ha conseguido malograr parte de los esfuerzos de los llamados Padres de la Constitución y, gracias al empecinamiento de nuestos actuales gobernantes, resucitar viejas heridas. La cruzada separatista y revanchista fomentada por las izquierdas catalana y vasca, y el desconocimiento de la historia de España por parte de la población (especialmente de los jóvenes de las nuevas generaciones que no sufrieron los horrores de la guerra), puede tener el nefasto efecto de devolver a nuestro país a situaciones de enfrentamiento que, cada día más, siembran entre nuestros conciudadanos el germen del radicalismo ideológico, peligrosa situación que puede llevar, si no se remedia, a situaciones extremas de incalculables consecuencias.

Ya no se trata de si se gobierna mejor o peor, lo cual suele tener remedio cuando se produce la alternativa de partidos en el gobierno de la nación, sino que lo que se está cuestionando es la propia existencia de España como un país soberano. Se promueven, desde el mismo gobierno, leyes que favorecen la disgregación en lugar de la unión, como el Estatut catalán –un verdadero documento de la independencia de los catalanes –; se mantienen reuniones con terroristas de espaldas al partido de la oposición; se presiona a la justicia para que se soslaye la Constitución, cuando no le conviene al Gobierno; se tienen ramalazos totalitarios cuando el Estado interviene en cuestiones económicas que sólo competen a las empresas privadas o en los derechos fundamentales de los ciudadanos (educación, religión, vida privada); se engaña y se miente a sabiendas para ocultar a los votantes los errores gubernamentales. Todo ello, en ocasiones, con la aparente indiferencia de las altas instancias del Estado. Ante tal situación no resulta extraño que las personas que sean partidarias del orden, de la libertad bien entendida, de la unión de todos los españoles, de la erradicación del separatismo y la verdadera libertad religiosa; se sientan preocupadas ante el desarrollo de los acontecimientos; hasta el punto de que se lleguen a plantear si, de verdad, es esta era la democracia que se les prometió como solución a los problemas del país. Sería muy malo que los gobernantes no supieran entender que, por esta deriva, no se consigue la tan cacareada paz de la que tanto alardean. Quizá sea esto lo que pretendan.

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