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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Los documentales de La 2

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
jueves, 21 de junio de 2007, 23:04 h (CET)
Hace años un viejo maestro de periodistas me dijo que los mejores lugares para encontrar argumentos con los que escribir una columna periodística eran cualquier barra de bar o un viaje en transporte público. Con el paso del tiempo he podido comprobar fehacientemente que, efectivamente, cualquier barra de bar, a la hora del bocadillo mañanero, o un viaje en bus público a un barrio periférico de la gran ciudad son una estupenda fuente de conocimiento para tomarle el pulso a el país y, también, para conocer las aficiones del personal en materia televisiva.

Cuando cualquier encuestador callejero, de esos que no llegan a mileuristas, nos detiene en plena calle y nos lanza a la cara la consabida pregunta de ¿usted qué programas ve en la televisión? la mayoría mentimos como bellacos. A la vista de estas encuestas a pie de calle los programas culturales, aquello que conocemos como “los documentales de la dos”, son los “top ten” en el mundo de las audiencias, pero luego, cada mañana, llegan los “share”, tan temidos por los programadores, y nos lanzan a la cara la terrible verdad de este país. Los programas más vistos suelen ser alguna serie que ensalza el “cazurrismo” carpetovetónico, aquellos en los que la “pilingui” de turno cuenta con quien desayuna en la cama cada día y los que sirven para que alguna familia conocida se despedace en público.

Esa sensación, de que decimos una cosa en las encuestas y luego vemos otra cosa, la padecí hace un par de noches cuando desde una cadena de televisión ofrecían un programa especial dedicado a Lady Diana Spencer, fallecida hace diez años. El programa consistió en dos documentales, en el primero, los príncipes Guillermo y Enrique mantienen una larga entrevista con el periodista de la NBC Matt Lauer emitida horas antes por la cadena NBC en USA. En esta larga conversación los dos hijos de la fallecida princesa reflexionan sobre sus vidas y repasan, diez años después, el impacto que para ellos supuso la muerte de su madre. En el otro documental, “Diana revealed” pudimos ver a una Lady Di, tranquila y serena, hablando con el que fue su entrenador en oratoria, de temas de carácter íntimo y personal.

Fueron dos documentales realizados desde el respeto y la seriedad, Matt Lauer, en tono distendido y cercano, dialoga con dos jóvenes que no habían decidido ser famosos y lo eran “malgre lui”, de el recuerdo imborrable de su madre y también de las inquietudes de cualquier joven de su edad: novias, servicio militar con el miedo a la guerra- de la que, finalmente, se han librado-, se observa a lo largo de la entrevista una gran complicidad entre ambos fruto, tal vez, de haber quedado huérfanos tan pronto. Pero la sorpresa llegó a la mañana siguiente cuando el temible medidor de audiencias dictaminó que un programa hecho con seriedad y con ausencia de morbo tan sólo había sobrepasado, en poco, el 10% del audímetro.

Naturalmente no estamos ante un documental de la dos ni ante un programa de aquellos en que los contertulios saltan, ferozmente y buscando audiencia, a morder la yugular del contendiente. Desgraciadamente hemos podido constatar cómo un personaje, habitual en la llamada prensa del corazón durante más de veinte años, pierde una gran parte de su tirón mediático cuando es tratado con seriedad e inteligencia.

En infinidad de ocasiones amigos, conocidos y saludados se dirigen a mí elevando sus protestas contra la programación televisiva sin parar mientes en que yo tan sólo soy un simple y sencillo espectador. Mi contestación siempre es la misma: las cadenas programan aquello que la mayoría desea ver. Y, no nos equivoquemos, hoy por hoy el “divertimento”, la chabacanería y el morbo van a la cabeza en la programación de las cadenas televisiva españolas desde la más “progre” a la más reaccionaria. Tal vez cuando reímos los “mayormente” de Fiti, las catetas salidas de tono de Santiago o la eterna “mirada sucia” de Diego Serrano no sólo nos reímos de unos personajes, tal vez nos está entrando la risa floja al ver nuestra imagen reflejada en el espejo de la pequeña pantalla.

Tenemos la programación que tenemos, y punto. Mientras los picos de audiencia sigan siendo los mismos que en los momentos actuales seguiremos viendo desfilar por los platós a toda clase de “frikis”, “belenes” o “grandes hermanos” y la culpa sólo será nuestra por no saber apretar a tiempo el interruptor. Eso sí, seguiremos manteniendo, contra viento y marea, que cada día nos inyectamos en vena un documental de la dos.

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