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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

La maldita exclusión

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
jueves, 21 de junio de 2007, 23:04 h (CET)
En los últimos tiempos, la palabra exclusión, mal que nos pese, ha tomado carne en nuestras vidas hasta volvernos locamente incompatibles los unos para con los otros. Mientras los productivos siempre encuentran hueco social, los improductivos suelen caminar más solos que la una. La consecuencia es bien palpable, faltan obras de amor en un mundo jerarquizado a más no poder, dividido entre oprimidos y opresores, que descarta, rechaza y niega la mano tendida a quien no forma parte de su estatus social. Para sentir este repudio no es necesario irse al tercer mundo, en esta sociedad opulenta que nos ha tocado, a veces sufrir más que vivir, los desaires se exhiben descaradamente.

Aquel que no piensa como quiere la cúspide que se piense, se le envía al destierro. Sin miramiento alguno. Otra exclusión más. Se le suele arrinconar como si fuese un trasto inútil en vez de una persona, previo continuo y constante acribillarle el corazón a fuego despreciativo. Para más INRI, aún se le aplasta las entretelas para que no pueda quejarse y se le aparta del sistema productivo para que no pueda levantar cabeza. La venganza es el manjar más sabroso de los arrogantes. Imagínense la decepción democrática del ciudadano, cuando el descaro de la injusticia se inyecta en vena y se encuentra atado de pies y manos. Sólo le queda lo que al poeta, soñar la palabra e inventarse un sueño.

Por desgracia, no es un alucinación el creciente haber de excluidos. La política de exclusión, aunque siempre se ha dicho que es un mal gobierno y un pésimo reinado, no acaba de reencontrarse con el antónimo incluir. Una tomadura de pelo, máxime en un Estado que se define social. La sociedad, reflejo de una moda que repele la diversidad, acrecienta el universo de los marginados. Las bolsas de pobreza están llenas de inocentes. La distinción de clases es un muro inquebrantable. De corazón, ¿qué pocos se solidarizan con el afligido más de un día? Aunque es fácilmente comprensible que son muy diversas y complejas las causas que originan situaciones de marginalidad, no pocas de ellas serían evitables si tuviésemos otra conciencia, otro orden moral, otros comportamientos y actitudes más humanizadoras. Para acercarse más los unos a los otros, sin tantos muros de por medio, hay que romper hipocresías y gastar el egoísmo altanero que portamos a diario en el bolsillo. No hace falta estar formados en espíritu nacional ni en silabarios para la ciudadanía, con ser humanos es suficiente.

La maldita exclusión todavía se ceba más con los inmigrantes, prostitutas y drogadictos. Las migajas sociales, más asistenciales que preventivas, en realidad siempre escasas a pesar de tantas ventanillas oficiales con apellido solidario, todavía no están enfocadas para incluir a los excluidos, con actuaciones concretas que activen su incorporación social. No se trata de subsistir en el calvario de la pobreza, sino en dejar la calle y los centros de asistencia, valiéndose por si mismos. Se ha perdido también la escucha hacia aquel que nos llama la atención. También hemos confinado el lenguaje del diálogo sincero fuera de nuestro círculo; una plática que huye de excluir a nadie, más bien comparte, participa experiencias vividas. Este auténtico estilo dialogante, comprensivo hacia lo distinto y diverso, es el que hoy escasea. En cualquier caso, singularizar la pluralidad e intentar homogeneizarla, para nada facilita el encuentro ni la convivencia. Es de justicia, pues, que todas las personas sin distinción puedan gozar de los derechos sociales si en verdad los necesitan, pero no menos grave es la injusticia cuando se desvaloriza al ser humano como si fuese una cosa o se le relega al estatus de excluido.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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