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Etiquetas:   Crítica literaria   -   Sección:   Libros

‘Ojalá octubre’, de Juan Cruz. Una deuda latente, un sosiego para la memoria, un nudo en el estómago

Herme Cerezo
Herme Cerezo
jueves, 1 de noviembre de 2007, 07:51 h (CET)
‘Ojalá octubre’, es una aproximación intimista, me resisto a llamarla retrato porque es mucho más que eso, del escritor Juan Cruz (Puerto de la Cruz, Tenerife, 1948) a la figura de Paco, su padre. ‘Me gusta tanto este mes que ojalá siempre fuera octubre’, esta frase, extraída de la lectura de unas cartas de Truman Capote, derrumba sobre el escritor tinerfeño un alud de recuerdos paternos. Y una mañana, mientras paseaba por la redacción, ‘ante un cristal, que pareció un espejo’, Paco le vino a ver. Y es la mirada que Juan Cruz leyó en aquellos ojos especulares, la que evoca otra mirada, otro lugar, el último lugar, la última mirada, ésa que su padre le dirigió en busca de respuesta, esa misma que, según el propio escritor, no supo o no fue capaz de descifrar y comprender en aquel instante supremo.

La mirada de su padre, la última mirada de su padre, la duda, el horror del hombre que pensaba que no iba a morir jamás, al descubrir su error, su equivocación fatal, irreversible. Y todo en un hospital, emprendiendo ese camino, el camino definitivo, el que se recorre una sola vez y del que ya no se regresa, rodeado de asepsia e higiene, envuelto en una manta gris y sábanas blancas, acompañado por su madre, aturdida, cubierta con una toca también gris, como la manta. Esta mirada, repito, marca este ‘Ojalá octubre’ de Juan Cruz.

Y esa mirada disfraza muchas cosas, a la vez que explica la vida de Paco, su padre, y de Juanillo. Porque la eternidad para este hombre no fue sino la búsqueda de la felicidad. De ahí su ansia por obtenerla, la inmortalidad, la eternidad, digo. De ahí su desconcierto ante el momento de la muerte. De ahí el recuerdo que Juan Cruz Ruiz conserva en su retina, en su memoria, en el cristal de su oficina, que una ocasión ofició de espejo, donde descubrió la mirada de su padre en sus propios ojos. Un reflejo profundo en ellos, melancólico, ‘la melancolía es la risa de los tristes’, frase rotunda, elocuente, demoledora, que no necesita de explicaciones.

Pero ¿qué era la felicidad para este hombre? Algo que está lejos de la armonía completa. Una suma de instantes, de momentos. Una sonrisa provocada, un suspiro único, una secuencia fugaz que, incluso, no llega a concretarse. Eso es la felicidad para Paco. Algo pasajero, peregrino, que se presenta de súbito, sin avisar, igual que se va. Breve, dulce, real por un instante y enseguida un recuerdo. Y eso inculcó en su hijo, Juanillo, Juan ahora ya, que la encuentra en una copa de vino blanco, en un recuerdo hermoso, en el vuelo de las cometas que le enseñó su padre, en un suspiro, en un tobillo desnudo, en un estar sentado sólo en la mesa perdida de un bar, en la conversación con una desconocida, en una fotografía de la cabina de un camión en Montevideo ...

Como les avanzaba ya en el primer párrafo, este libro es mucho más que un retrato paterno. ‘Ojalá octubre’ es el reencuentro de Juanillo con su padre. Un reencuentro tardío, dimensionado en su justa medida por el tiempo transcurrido, porque ahora, Juan, ya no Juanillo, comprende muchas de los comportamientos o costumbres o manías inexplicables de su progenitor. Es más, muchas de ellas las ha somatizado, absorbido, integrado, gracias a sus recuerdos juveniles: los viajes en el camión, los partidos de fútbol, las compras estériles, el mar, el asma, los ataques de asma, que dejaron en sus ojos aureolados en morado la profunda huella de la asfixia, de la falta de aire. ‘Ojalá octubre’ es, en cierta medida, una deuda saldada.

Difícil de adscribir esta obra de Juan Cruz Ruiz a ningún género. Esa manía de etiquetar. Señor, Señor, que cruz. Pero claro, el probable, el posible lector debe hacerse una idea, cuanto menos aproximada, de lo que va a encontrar en estas páginas. ‘Ojalá octubre’ es prosa poética, rítmica, de líneas breves que semejan estrofas huérfanas de rima, preñada de recuerdos, de luces, de sabores, de ¿melancolía?, tal vez o, sin duda, más bien, de inmortalidad, desde luego, pero disimulada. No es ‘Ojalá, octubre’ una novela. Apenas hay acción, no hay trama argumental. Hay situaciones vividas, pasadas, un cúmulo de sentimientos, de recuerdos, de felicidades e infelicidades. Es literatura de las sensaciones, endodérmica, que atraviesa la piel y te cose un nudo en el estómago, que convoca a las lágrimas para que broten de tus ojos en silencio, que no perdona los errores cometidos porque la vida de Juan Cruz, Juanillo, y la vida de Paco, su padre, son irreversibles e irrepetibles. Carecen de retorno o de ‘replay’.

‘Ojalá octubre’ es un libro para leer despacio. Prohibido de un tirón, aunque se preste a ello por la fluidez de los juegos de palabras orquestados por Juan Cruz. Es libro de fondo y forma. Es libro para penetrar en una vida, la de un hombre que no leía nada, ni tan siquiera la prensa, de un hombre que se creía inmortal. ‘Quizá no exactamente, pero actuaba como tal’, dice su hijo en una de estas páginas. ¿Quién de nosotros – pregunto yo - no ha pensado nunca que la muerte no va con él? Que sí, que existe, claro que existe, faltaría más, pero que eso queda para los otros, para los demás. ¿Hay alguien que no se haya permitido ese lujo mental al menos una vez en su vida?

‘Ojalá octubre’ es un libro que no ayuda a conseguir la felicidad pero que, tal vez, explique un poco en qué consiste. O, al menos, en qué consiste la felicidad para Paco, un ser humano irrepetible, peculiar, singular, único. A fin de cuentas, no somos tan distintos unos de otros. ¿O sí?

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‘Ojalá Octubre’, de Juan Cruz Ruiz. Alfaguara, mayo 2007. Precio: 17,50 euros

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