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Etiquetas:   Con permiso   -   Sección:   Opinión

Balnearios, recuperar el orgullo herido

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
miércoles, 20 de junio de 2007, 22:42 h (CET)
Por circunstancias no buscadas pero muy afortunas he pasado en los dos últimos fines de semana por sendos balnearios y he visto en ellos las secuelas de la decadencia pasada y los preparativos para un espléndido futuro próximo.

Los balnearios son algo mucho más que una encantadora memoria de nostalgias pasadas y nobles. En un balneario el tiempo se ralentiza y se convierte en una obra de arte que nos recuerda que si cualquier momento pasado fue mejor el futuro va a ser más grande, brillante y próspero. En los tiempos aceleradamente competitivos y agresivamente disputados que padecemos los balnearios son el antídoto sereno que debemos tomarnos si queremos combatir los males de un mundo ruin que alguien parece construir contra nosotros mismos.

Vagar por salones y pasillos donde todavía dormita el señorío de una arquitectura ecléctica, en la que no se escatimaba el espacio o la clase, o acariciar un mobiliario seleccionado por su estilo o elegancia es sumirse en un mundo donde la delicadeza es reina, donde está prohibida la vulgaridad de los zafios hoteles actuales, en los que domina la funcionalidad más espantosa para el turista apresurado, que llega, duerme y se va.

La amplitud de sus salones, sus techos elevados y su decoración que conserva la elegancia de líneas que un día fueron modernas y hoy son airosamente clásicas son símbolos de una distinción que la sociedad igualitaria e interclasista desechó como contraria a la solidaridad, a la justicia y a la igualdad de la Humanidad. Hubo un momento en la historia de la hostelería y el turismo en que a los ciudadanos se nos impuso habitaciones impersonales con muebles mil veces repetidos y edificios vulgares de metacrilato, cemento y neón, donde nadie nos conociera ni nos molestara.

Creyendo que representando el papel de acríticos postmodernos luchábamos por una sociedad interclasista en realidad condenábamos a la elegancia, la nobleza y el saber vivir a representar el papel de malos en el gran teatro de la vida, repudiándolos en aras de una sociedad supuestamente sin castas, tras ser hallados culpables de no se sabe bien qué crimen social. A esta barbaridad que heredamos de determinadas corrientes filosóficas de las postrimerías del Franquismo se unió el deseo de rápidas ganancias de las multinacionales del sector que prefirieron coger el dinero fácil y correr al Caribe.

Una sociedad de prisas hirientes que carecía de tiempo para dedicárselo a sí misma, obsesionada con crear riqueza y ganar más dinero que el vecino, había arrinconado los balnearios, despreciándolos insensatamente como productos propios de un tiempo superado. Tomar las aguas era un juego propio de otro tiempo y estaba obsoleto para un hombre que, a saber por qué enfermedad moderna, prefería las playas atestadas, sucias y ruidosas, repitiendo en las costas los mismos agobios estrafalarios que en el interior. Los balnearios decaían lenta pero irremediablemente a la espera de un príncipe que les despertara de tan oneroso sueño.

Al fin y no se sabe bien cómo, quizá por la sabiduría que da la experiencia, la sociedad volvió una mirada no exenta de altanería sobre sí misma y su pasado de sensatez y buen gusto. Descubrió lo que ya sabía y reconociendo su error vuelve sobre los juiciosos pasos de antaño. Los balnearios renacen hoy con altanería y crecen exhibiendo todavía las graves heridas que el olvido les ha causado pero fortaleciéndose cada año, renovándose y desplegando ante el curioso o simplemente el osado sus armas de seducción, serenidad y atávica urbanidad, fascinando a quienes no se dejan arrastrar por una zarrapastrosa sociedad que una vez creyó estúpidamente que el lujo y el orgullo propio eran pecados que lastraban su discurrir, que por un breve pero eterno tiempo prefirió un mundo ajado, astroso y zafio creyendo que por ello era el colmo de la progresía.

Creyendo que la progresía era el colmo de la sociedad.

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