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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

El paraíso perdido y recuperado

Octavi Pereña
Octavi Pereña
miércoles, 20 de junio de 2007, 22:42 h (CET)
Un Power Point que navega por Internet nos muestra a una viejecita que viaja regularmente en autobús lanzando semillas de flores con la esperanza de ver transformado el panorama desolador que se ve en el recorrido. Este mensaje de buenas intenciones se dirige al comportamiento humano con el propósito de que cada uno de nosotros nos convirtamos en sembradores de buenas obras que harán que el ambiente en el que nos movemos, desolador y triste, se convierta en alegre y encantador. Para llegar a esta conclusión deseada dejamos correr nuestra imaginación prescindiendo de la condición humana. En nuestro desaliento, ante las tristes condiciones de vida que nos toca soportar nos hacemos ilusiones que no sirven para hacer germinar las semillas que esparcimos para hacer más hermoso el entorno en el que nos movemos.

Preguntémonos: ¿qué clase de semillas esparcimos? Dejemos que Jesús nos dé la respuesta: “Del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias” (Mateo,15:19). Prestemos sólo un poco de atención a la calidad de las relaciones humanas y descubriremos que las semillas que esparcimos a lo largo del camino de la vida son malas según termina de decirnos Jesús. Con esta siembra no podemos esperar que nuestro entorno se convierta en un vergel en el que nos encontremos plenamente satisfechos.

Hemos de encontrar también otra enseñanza de Jesús que tiene que ver con la sementera. Tan pronto como termina de contar la parábola del sembrador y de explicar su significado a sus discípulos, relata la del trigo y la cizaña. En ésta aparecen dos sembradores. Un hombre que siembra buena semilla. Acabada la jornada y fortalecido su cuerpo con una cena reparadora, se acuesta. Mientras duerme, el enemigo del hombre “siembra cizaña entre el trigo”. Debemos saber que la cizaña es una mala hierba que siendo tierna es muy parecida al trigo. Nadie se había apercibido de la fechoría nocturna efectuada por el diablo, el “enemigo del hombre”. Cuando crecen las briznas y se forman las espigas, los ojos de los agricultores se dan cuenta de la presencia de la cizaña. Con la siembra de malas intenciones que hacemos los hombres y el esparcimiento de cizaña que hace el diablo a escondidas, no podemos esperar convertir nuestro entorno en un jardín. No nos hagamos falsas ilusiones que nos hagan creer que esta tierra maldecida por Dios a causa de nuestro pecado, con nuestras buenas intenciones podremos recuperar el paraíso que perdimos en Adán.

Antes de que podamos convertirnos en sembradores de trigo es necesario el milagro que cambie los corazones de los que brotan las malas intenciones. Este es un cambio espiritual que convierte el creyente en Cristo en un hijo de Dios. A partir de esta transformación por el Espíritu Santo podemos empezar a sembrar “la buena semilla” que transformará para bien a nuestro entorno.
Tal como afirma la parábola del sembrador no toda la simiente esparcida cae en buena tierra. Sólo una cuarta parte cae en tierra fértil y da fruto más o menos abundante. La conclusión a la que podemos llegar ante la evidencia de los resultados es que aquí y en las condiciones actuales es imposible poder recuperar el paraíso perdido en el inicio de la Historia.

Quienes creemos verdaderamente en Cristo no nos inquieta excesivamente el caos en el que estamos sumergidos. Toquemos lo que toquemos todo se ha de coger con pinzas: la ética, la educación, la política, la religión…Seamos sinceros y reconozcamos que nada de todo esto funciona. La esperanza depositadas en ellas para mejorar nuestra suerte, nos defraudan. Los verdaderos seguidores de Cristo no tenemos puestos nuestros ojos en las cosas de este mundo por legítimas que sean muchas de ellas. La mirada la tenemos depositada en las mansiones celestiales en donde el Jesús resucitado está preparando un lugar para cada uno de sus hermanos. En este lugar que esperamos por fe brillará con todo su esplendor la justicia que no encontramos aquí. Sabemos a ciencia cierta que en el día de la resurrección, el poder que levantó a Jesús de entre los muertos también vivificará nuestros cuerpos mortales. Entonces disfrutaremos plenamente el paraíso que perdimos en Adán y que añoramos gozar.

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