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Opinión
Etiquetas:   Con el telar a cuestas  

La primera (y ¿única?) vez

Ángel Sáez
Ángel Sáez
miércoles, 20 de junio de 2007, 00:12 h (CET)
“El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad”. Victor Hugo

No conozco ámbito o entorno más atrayente ni morada más encantadora para el espíritu solitario de un lobo de mar que un puerto, porque sólo en dicho lugar, ahíto y aun exhausto de luchar a brazo partido con Eolo y con las olas, aquél consigue ponerse morado, o sea, hallar la llave de su paz más bella. Tampoco sé de pantalán más acogedor que el pecho henchido y desnudo de Marisol, mi amada dama y musa, con sus areolas y pezones tintos.

Las hebras nigérrimas de su vedeja, las líneas esculturales de sus apetentes labios, el color canela en rama de su piel y su sabor semejante a la vainilla, el centelleo de sus pupilas ledas, más, evidentemente, un luengo etcétera, componen y conforman la amalgama pintiparada para distraer los ojos sin cansar nunca la vista.

De la primera (¿y única?) cita que tuve y/o vez que supe de los numerosos atributos físicos (estoy en disposición de asegurar que los espirituales, que no le van a la zaga, los superan, amén de en calidad, en cantidad) que acarreaba Marisol Ríos, recuerdo, sobre todo, mi nerviosismo. Cuando, desde la ventana, por fin, la vi descender del taxi, me solidaricé con cualquier fiera enjaulada. Sentí que algo golpeaba las paredes de la habitación del hotel. Era mi propio corazón, que latía de Amor y espanto, y parecía cabalgar a lomos de un corcel que galopara desbocado, mi deseo. Cuando ella llamó con los nudillos de los dedos de su diestra, abrí la puerta. Quien “adobeneraré” (reunión y fusión de adobaré, adoraré y veneraré) mientras viva o alguien lea estos renglones heteróclitos, “la quíntuple”, cruzó el umbral como una exhalación, diciéndoles a los enseres que allí estaba ella, hermosa, sí, trémula, también, y, asimismo, radiante y dichosa, pero con el gaznate seco. Le di un beso de tornillo que me retrotrajo, como si se tratara de un déjà vu, a un “cronotopos” insospechado, el siglo primero antes de Cristo, en Roma, cuando ella se llamaba Clodia (para mí y mis lectores, siempre será Lesbia) y servidor firmaba Catulo.

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