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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

Quitarse la careta

Francisco Arias Solís
Redacción
martes, 19 de junio de 2007, 22:27 h (CET)
“La ridícula trompeta
del Carnaval ha sonado, desapacible; indiscreta
y, ¡tan triste!... Fatigado Pierrot marcha sin careta.”


Manuel Machado

Es sabido que la palabra persona -de per y sono, sonar mucho, resonar- dio nombre en la antigua Roma, a la máscara o careta utilizada por los actores de teatro, con miras a su caracterización y también para ahuecar y lanzar la voz. Con el paso del tiempo tal palabra nombró al propio hombre de teatro y, por último, a los hombres todos, actores en el gran teatro del mundo.

Pues resulta que hoy sobreabundan quienes, sin recurrir a artificios de cartón u otra materia, hacen careta o máscara de su propio rostro. Sobreabundan, sí, los que ahuecan la voz, al tiempo que mienten por la mitad de la barba.

Nada les define tanto como eso de ahuecar la voz, de gritar, que es el oficio más destemplado e incivil y, además, al decir de Leonardo da Vinci, acientífico de todo.

De los sosegados es el reino de la verdad. Y el del sufrimiento, sin duda. Porque hay que tener paciencia santa, para asistir al espectáculo que ofrecen no ya sólo los propios dómines del grito, del énfasis, sino también la inmensa legión de los aficionados a sus boberías y truculencias.

Todos somos personas, todos actores en el escenario de la vida. Semejan personajes, sin serlo, en modo alguno, los que decimos personajillos. Entre éstos ocupan lugar muy principal los que nombramos caraduras, que es tanto como descarados, como hombres que no tienen cara o, si se quiere que la tienen, pero no la dan, no dan la cara. A la postre, hombres del rostro que engaña a quien tenga el candor de no andar sobre aviso.

Hoy, como ayer, no escasean los calificativos con los que señalar a tantos y tantos como son los que se denuncian no por algo que se refiere a sus rostros, sino a sus íntimas fisonomías mentales. Y ahí están los hipócritas, fariseos, farsantes, tramoyistas, tartufos o como se quiera decir. Que se emparientan, por lo regular, con los pedantes, fatuos, engolillados, estirados, etc.

Ahí están los pseudopoetas, enemigos primeros de la poesía, arte el más excelso de los hombres, ejercido por quienes saben cantar aquello de: “el goce de crecer, la gloria de la acción y el esplendor de la hermosura”, según reza un verso escrito en sánscrito.

Ahí están los pseudojuristas, desconocedores de que el Derecho tiene por misión la de hacer bueno a los hombres, según admonición de Alfonso el Sabio, los pseudoeconomistas, que no subordinan la economía a la persona, tal como señala Mounier; los pesudofilósofos, opuestos a una concepción de la filosofía como ciencia general del amor, tal como enseña Ortega.

Pero acabemos, dejemos tranquila la forma prefija pseudo, que debiera ir siempre en cabeza de tantos y tantos títulos con los que se adornan falsamente no pocos hombres que se dicen sabedores. Y como dijo el cantor: “Si dices que eres poeta / voy a tener que decirte / que te quites la careta”.

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