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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

Espacio y tiempo para la meditación y el análisis

Ángel Sáez
Ángel Sáez
martes, 19 de junio de 2007, 22:27 h (CET)
“Los cuarenta son la edad madura de la juventud; los cincuenta la juventud de la edad madura”. Victor Hugo

Quienes hemos alcanzado (y aun sobrepasado –de largo-) la mitad de nuestra existencia haríamos bien en empezar a trenzar, mutatis mutandis, lo que Friedrich Wilhelm Nietzsche urdió con ocasión de haber superado lo que él entendió que podía tomar por el ecuador de la suya (como todo hijo de vecino, marró morrocotudamente), un no tan breve, sino más bien detallado, recorrido biográfico-filosófico-literario sobre lo hilado por uno, quiero decir nuestro particular y personal “Ecce homo”. Y es que quienes hemos cumplido ya cuarenta y cinco primaveras necesitamos un mínimo de espacio para pensar las cosas despacio y otro mínimo de tiempo para analizarlas a su debida hora de vida. O sea, cuantos ciudadanos cumplimos a rajatabla (con) la susodicha condición sine qua non o edad intentamos dar (aunque a veces nos quedemos a mitad de camino y, por lo tanto, no lo consigamos) muestras bastantes de prudencia, responsabilidad, sensatez y solidaridad. Solamente la masa informe e innominada, rebaño o grey, esa “(E-ho)rrorteca”, esa agrupación plagada de errores y horrores, (con)formada por demagogos, políticos huecos, sin escrúpulos, sin ética ni estética, porta(v-c)oces hueros, paniaguados, y chiquilicuatros de tres al cuarto o mercachifles de la nada, sigue siendo arrastrada y tragada por el sumidero con la clara dirección, intención o vocación de llegar cuanto antes al pintiparado destino que le corresponde o cuadra divinamente, el albañal.

Meditar y analizar, dos estupendos verbos para conjugar en todas sus formas personales, dos magníficos argumentos o razones (con corazón) y obsequios para hacer y hacerse cualquiera, también (o verbigracia) servidor, cualquier día del año y, así, poder recorrer a la manera del bustrófedon y remover íntegramente la conciencia y coronar los fines, que deberemos aceptar sin objeciones ni ambages retardatarios, con decoro evidente y determinación palmaria.

Al parecer, algunos demontres o energúmenos siguen encabezando la confabulación satánica para que el hombre deje o desista cuanto antes de serlo (hombre, se sobreentiende), esto es, no se resista ni exista, no medite o reflexione, no pueda estar nunca a la altura de las circunstancias. Ciertos conductores, directores, guionistas, presentadores y/o productores de determinados programas de televisión no sólo son expertos colocadores de trampantojos o señuelos para atrapar a quienes, incautos, se dejan llevar por la corriente tentación del halago más ramplón y/o simplón, sino también versados hacedores de frivolidades, obscenidades y torturas sin cuento para el ciudadano sagaz e independiente de criterio, quien sólo acierta a atisbar en ellos a los avarientos generadores y amasadores de dinero, excremento del diablo (excepto o salvo si éste es destinado a paliar tantas desgracias ajenas, a propiciar tantos casos altruistas, empáticos y necesarios como hay o surgen cada dos por tres en este mundo tan inmundo), que son.

Ahora bien, si meditar sobre esto, eso o aquello pasa por ser un lujo que queda fuera del alcance de la inmensa mayoría, analizar se ha convertido en angulas, caviar y ostras regadas con champán, delicadezas y exquisiteces exclusivas para paladares de sibaritas, quiero decir caletres de superdotados, seres marginales o marginados, que, eso sí, contribuyen con lo que pueden a mitigar cuantos desastres ocurren en la aldea global que es nuestro orbe.

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