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En Palestina, la situación es todavía peor que en Irak

Marianna Bélenkaya
Redacción
lunes, 18 de junio de 2007, 23:35 h (CET)
Las agencias noticiosas comunicaron simultáneamente sobre la decisión del movimiento palestino FATAH de suspender su participación en la labor del gobierno y la explosión de una mezquita chiíta en la ciudad iraquí de Samarra.

Esta coincidencia es bastante simbólica: la confrontación entre los grupos palestinos semeja cada vez más lo que sucede en Irak. Con todo, la situación en Palestina parece aun más desesperada.

Hasta el momento, Irak sí que ha podido obviar la amenaza de guerra civil. Por lo menos, de jure, aunque tal afirmación podría parecer extraña cuando no cínica, cuando a diario se comunica sobre atentados terroristas, secuestros y asesinatos en Irak. Los choques interconfesionales son una realidad, igual como la actuación de terroristas “foráneos” en el territorio iraquí, ante todo vinculados a Al-Qaeda. Ello no obstante, representantes de diversos partidos y grupos políticos sesionan en un mismo parlamento y trabajan en un mismo gobierno. Se podría discutir la eficacia de su labor, hablar de contradicciones y ambiciones políticas de cada partido concreto, pero nadie puede negar que las instituciones políticas de Irak están funcionando, y, formalmente, los líderes políticos se deslindan del cotidiano derramamiento de sangre que azota al país. En la confrontación palestina están directamente involucrados los grupos que integran los poderes públicos de la Autoridad Nacional Palestina. Es una auténtica guerra civil, tanto de facto como de jure.

Los palestinos no llegaron a elaborar su propio concepto de Estado, mientras los iraquíes lograron preservarlo pese a los infortunios de los últimos años. Desde luego que los palestinos no tienen la culpa por no tener su propio Estado, pero sobre ellos recae la responsabilidad directa por no desaprovechar la última oportunidad de crearlo. Digo “la última”, porque los palestinos (tanto los de FATAH como los de HAMAS) a diario demuestran a la comunidad internacional que son incapaces de garantizar un funcionamiento normal de los institutos políticos en el territorio que controlan.

Sin lugar a dudas, enfrentan una situación nada fácil: el bloqueo económico internacional impuesto hace más de un año a raíz del triunfo de HAMAS en los comicios parlamentarios; el aislamiento de HAMAS en la palestra política; la confrontación con Israel. Según ha acotado estos días en Tokio el ministro palestino de Asuntos Exteriores, Ziad Abu Amr, al comentar la situación en la Autoridad Nacional Palestina, “si Ustedes meten a dos hermanos en una cueva, privándoles de lo indispensable para la vida, ellos van a pelear. No creo correcto echar la culpa a la víctima. Debemos dar solución a una situación problemática generada fundamentalmente por otros”.

Nadie lo niega, pero existe también la responsabilidad de los palestinos para con ellos mismos. Los choques entre FATAH y HAMAS no son ninguna novedad. Esta situación no surgió hace un año y medio, tras la victoria electoral de los integristas y sucesivo el bloqueo internacional. La confrontación hunde sus raíces en 1994, cuando fue creada la Autoridad Nacional Palestina. No es ningún secreto que en su tiempo Israel había aportado su contribución a la formación de HAMAS para que este movimiento contrarrestara FATAH, pero no se puede alegar infinitamente esta circunstancia, pues el movimiento de los integristas debe evolucionar según su propia lógica, pero no según la lógica israelí. Lo mismo puede decirse con respecto a Al-Qaeda, en cuya creación metió la mano EEUU. ¿Acaso es la comunidad internacional la que instiga a los miembros de ambos movimientos políticos a ultimar a sus oponentes en hospitales y defenestrarlos?

Ninguna ingerencia foránea traerá la paz a Palestina, hasta que sus habitantes no apliquen enérgicos esfuerzos por salvar a su tierra natal. Apenas los mediadores egipcios logran conciliar a los palestinos, la confrontación adquiere mayor gravedad. En febrero pasado, Arabia Saudita tuvo que aplicar ingentes esfuerzos por formar el gobierno de unidad nacional. Y todo en vano. No hay garantías algunas de que el nuevo armisticio perdure. El reparto de los poderes políticos en el gobierno desemboca en choques callejeros. En estas condiciones, carece de sentido hablar de las negociaciones de paz con Israel ni de la creación del Estado palestino. FATAH y HAMAS demuestran a diario que atribuyen más importancia a sus propios intereses que a los de la nación, sin que tenga que ver algo con ello la teoría de ”la conspiración externa”, de la que tanto gustan de perorar en el mundo árabe.

“No existen argumentos para justificar la muerte de personas, los sufrimientos de la población civil”, se dice en una declaración sobre la situación en la ANP, emitida por el Ministerio de Asuntos Exteriores de la Federación Rusa. Los líderes palestinos, si de veras se preocupan por su pueblo, deberían tomar este planteamiento como punto de referencia. Tal vez, podrían tomar en consideración la experiencia de Irak, tanto negativa como positiva. Irak también es afectado por la ingerencia externa (tanto por parte de países concretos como de organizaciones terroristas), los intereses egoístas de diversos clanes, siendo de señalar que objetivamente, la situación en este país es más complicada que en Palestina cuya historia desconoce choques por motivos etnoconfesionales.

Cae de su peso que la situación en Irak es inestable, que la reconciliación ni siquiera se vislumbra y la amenaza de guerra civil sigue pendiendo. Los factores que impiden la guerra civil son las presiones externas, tanto militares como políticas, ejercidas en primer lugar por Washington y Londres, y, por paradójico que pueda parecer, la amenaza de extensión de la influencia de Al-Qaeda.

Los palestinos no tienen tales factores disuasivos. Al parecer, están esperando a que el territorio, sumergido en el caos, se convierta en base logística para grupos terroristas externos, tal como ya ocurrió en los campamentos de los refugiados palestinos en el Líbano. Sería una versión muy singular del Estado independiente.

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Marianna Bélenkaya, para RIA Novosti.


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