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Etiquetas:   Carta al director  

Los zapatos de la guerra

Miguel Ángel Sánchez (México)
Redacción
lunes, 18 de junio de 2007, 23:35 h (CET)
Qué peligroso resulta aplicar calificativos sin ton ni son. El idioma es lo que nos define como seres racionales. Con las palabras nombramos nuestro mundo. Y si esto le parece una redundancia, piense un momento: ¿existiríamos en ausencia de ellas? No. Seríamos seres de las tinieblas. Insectos creados para nacer, reproducirse y morir sin mayor trascendencia.

Por ello cuando he escrito que uno de los rasgos de los políticos modernos es “la necedad” –con afortunadas y honrosas excepciones- hay algo que me duele por dentro. “Políticos” viene de polis, ciudad. Heredamos el significado de la antigua Grecia y apunta a la forma de organización natural del humano, que es en comunidad. Aristóteles dijo que el hombre es “un animal político”, y aunque hoy esto pudiera aplicarse literalmente al 95% de la fauna de la especie, en realidad quiso decir que somos seres de las ciudades, es decir, gregarios. Por ende, “político” debiera ser el hombre mejor entre nosotros, el guía sensible, inteligente y prudente. Esto es una fantasía.

¿Puede entonces aplicarse el adjetivo “necio” a un estadista, a un gobierno, o a un sistema, y eludir la grave responsabilidad que cae sobre los hombros del analista que llega a este extremo? Profunda disyuntiva es ésta. Jesús Hernández Toyo la resolvió con su célebre apotegma “la política apendeja a los hombres inteligentes y enloquece a los pendejos”, pero el autor de esta columna no puede caer en el uso de aforismos así de ordinarios.

El Diccionario de la Real Academia define necedad como “cualidad de necio”; y necio, en su segunda y tercera acepciones, como “imprudente o falto de razón; terco y porfiado en lo que hace o dice” y “(…) cosas ejecutadas con ignorancia, imprudencia o presunción”.

Esta disquisición surgió al leer la carta de una querida paisana que se encuentra en una de las grandes universidades norteamericanas y que vive cotidianamente la angustia y dolor de los ciudadanos comunes por una guerra que habrá de marcar a las generaciones futuras. Después de leerla es inevitable concluir que los halcones que llevaron al gran pueblo vecino a tal aventura son unos necios. Aquí la parte central de la misiva:

“Hoy hubo un evento aquí en la universidad para protestar contra la guerra en Irak. Llevaron cientos de pares de zapatos de la gente que ha muerto en la guerra. No sólo de soldados sino también de civiles iraquíes: había sandalias de hombre, de mujer, tenis de niños y niñas, zapatitos de bebé, zapatos de tacón alto. Cuando pasé a las 9 de la mañana los estaban acomodando y sentí el aire muy pesado y me llené de la más profunda tristeza de pensar que cada par tuvo un dueño que ya está muerto por la estupidez más grande que es esta guerra.

“Cuando salí de dar clase estaban pasando lista de todos los muertos dueños de los zapatos y después de nombrarlos tocaban un tazón que suena como campana con un sonido hueco y lastimoso. Lo usan los budistas para orar. Podías cortar el aire en rebanadas por lo denso del ambiente. Nadie hablaba al cruzar el patio. Todos se callaban como si estuvieran en medio de un servicio fúnebre y en verdad lo estábamos. Cuando me acerqué a ver los zapatos vi, para mi sorpresa, que las botas militares no eran de jovencitos como imaginaba, eran de hombres y mujeres de mi edad y más jóvenes pero la mayoría son personas que andan en los 30 y principios de los 40. Me dieron un volante para que supiera de qué trata esta organización que se llama Con los ojos bien abiertos. Promueven una resistencia pacífica contra la guerra, piden apoyo para las tropas pero para que regresen, no para que sigan en Irak. Como a las 4 de la tarde la gente había llevado veladoras y había niños caminando entre las hileras de zapatos. Veían con mucha curiosidad cada etiqueta, ellos eran los únicos que se atrevieron a entrar en las filas de zapatos. Ningún adulto traspasó las líneas a pesar de que los organizadores invitaban a la gente a pasar y leer las etiquetas. Yo no pude y menos me atreví a entrar cuando oía que en la lista de nombres nombraban a un Mohamed Alí de 5 años originario de Faluya, a un José Pérez de 23 años originario de Nuevo México. Ahí estaba Anina, una niña huérfana de guerra de Irak, adoptada por una maestra de la universidad y que jugaba con los zapatos”.

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