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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

La estupidez es lo que ahora se lleva

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
lunes, 18 de junio de 2007, 23:35 h (CET)
No voy a escribir sobre las listas de espera de la operación biquini, me parece que la cultura de la apariencia es un guión trasnochado o debiera en cualquier caso serlo; ni tampoco voy a hablar, aunque refrende su postura, sobre la legión que se declara objetor de conciencia contra la educación para la ciudadanía, porque hay tantas objeciones que hacer al ejercicio de los derechos humanos que nos faltaría espacio para dar cuenta de todos los atropellos. Además, con la templanza de los años prefiero que los ciudadanos practiquen antes el diálogo, o cuando menos lo intenten con sudores y lágrimas; y, sobre todo, entre sí la amistad. Mucho menos voy a rebatir al pensador Giovanni Sartori, sería una pedantería por mi parte, sobre la exportación de los cultivos democráticos a los países musulmanes, cuando ciertos ayuntamientos vascos se constituyeron a cerrojo vivo para que no entrase brisa alguna de libertad. Uno que aspira a que lo que escriba se lea al menos dos veces, si hemos de hacer literatura que sea de la vida vivida.

Lo cierto, como ya se dijo en tiempos pasados, no existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo. La verdad es que, a servidor, se le amontonan las tramas y los temas, los ejes de las letras y las comparsas de los lenguajes. Das un paseo por la calle, respiras las sensaciones vertidas por las gentes, y cuando llegas a tu retiro silencioso, si te dejan los estúpidos del ruido, los pensamientos se desbordan. Al final, uno se pregunta, sobre qué escribo para que interese. ¿Vale la pena hacerlo? ¿A quién le puede importar que me haya encontrado en una plaza a una gozosa amiga que siente a la empresa como propia por los “cariños económicos” recibidos y que le importa mucho menos haberse divorciado? ¿Cómo explicar esta “confusión de cariños” al posible lector, cuando lo estúpido es lo que nos gobierna? Hay fanatismos que son para temerles, la confusión llega a alcanzar el delirio.

Aquí, donde todo se confunde y el engaño te lo encuentras en cada esquina, uno recuerda aquello que sirve para ganarnos la vida y aquello otro que es lo que ayuda a vivir. No seré yo el que ponga en duda que las empresas ofrecen cada vez más medidas de conciliación para retener a sus empleados más cualificados, aunque sean motivadas por un esclavo sistema productivo, donde el ser humano vive prisionero de hipotecas y, en consecuencia, sumiso a más no poder al poder económico. Está visto que lo rentable para nuestra economía, no digo que saludable para nuestras habitaciones interiores, es hacer oídos sordos, tener la boca cerrada y los ojos bien abiertos, mostrarse siempre comedido bajo el encadenado sistema lucrativo, donde la corrupción campea a sus anchas, y, sobre todo, ser un estúpido hasta consigo mismo.

La estupidez es lo que ahora se lleva. La torpeza en comprender las cosas es tan notable que rompe las estadísticas de estar en Babia. Unos lo han perdido todo por quererlo todo. Otros se han subido al carro de la hipocresía para huir de la vida franca. Todavía el silencio del envidioso está lleno de cantinelas, matar a traición suele ser su voz. También proliferan los parlanchines en el reino de la necedad, andan embarcados en demostrar que su embarque tiene ingenio. El éxito momentáneo se busca y se rebusca, aunque para ello haya que sacar el grado de arrogancia necesario. Luego sucede que tras lo efímero del triunfo, el fracaso y la ruina resulta difícil sobrellevarlo. La inhumanidad se ha vuelto perenne en un mundo caduco. La verdad es que siempre se repite la misma historia: cada individuo no piensa más que en sí mismo y le importa un pimiento el otro. La lucha de género está servida y no hay ley que la frene. La ignorancia es muy atrevida, los hay que piensan que puede hacer lo que quiera sobre la faz de la tierra. En sus andares no hay frenos morales, y lo que es más cretino, han perdido el sentido común.

Atónito, pasmado está el lenguaje del alma. Y uno, en verdad, no sabe qué decir ni qué contar para evadirse de la agitación del momento actual. Lo cierto es que vivimos tiempos desconcertantes en los que la sensatez y la cordura brillan por su ausencia. De pronto nos vemos invadidos nuestra propia mansión interna. Alguien pretende inyectarnos la cultura de la apariencia, adoctrinarnos hacia un modo de vida en el que la referencia a toda ética está prohibida. La actitud del ordeno y mando está a la orden del día. Así no se pueden expedir lecciones demócratas. Aún falta por encontrar el ordenamiento justo, que haga justicia justa, para que todos podamos vivir de acuerdo con nuestras convicciones, sin que nadie pretenda imponer a nadie sus puntos de vista por procedimientos memos. Tomar el hilo de lo humano es tan necesario como vital. Hablando con el corazón es sólo cuando puede entenderse la gente. Esa es la pura verdad.

En las circunstancias actuales, donde la simpleza es moneda de cambio, hay que evitar caer en las garras de los gansos, puesto que sus simulados talantes suelen disfrazarse de cebos que son una irresistible tentación. La empresa humana, por seguir el juego productivo, ha de generar una nueva luz para un tiempo nuevo. No es oportuno mirar para lo que pudo haber sido y no fue, sino para lo que es o debe ser. Precisamente, en una sociedad auténticamente democrática, todas las vidas pueden abrazarse y entenderse, aunque sean de culturas distintas, puesto que la dignidad de persona es lo primero de lo primero. Claro, para ello, el imperio de la ley justa ha de sobreponerse a lo majadero, provenga de donde provenga. Justamente, ahí radica la grandeza de una actitud democrática, que por cierto es herencia de esa cultura cristiana de la que algunos ejercientes del poder ahora no quieren oír ni hablar, consiste en abrir caminos a la vida, a toda vida, sin sometimiento a tortura ni a penas o tratos inhumanos o degradantes.

A mi juicio, para convivir hay que aprender a vivir despojados de la estupidez, de la torpeza a prevalecer sobre el semejante, lo que exige madurez democrática, formación integral algo que hoy no se enseña en todas las instituciones educativas, y valor suficiente para andar por la vida con el verso de la libertad en la boca, y con el único sometimiento al respeto de otras lenguas que entonen otro poema. Me niego a construir un mundo de mentira. La autenticidad al poder, sin deformaciones ni disimulos, que hay maldades que no se pueden permitir en los territorios de la belleza. Lo malo cuando se finge bueno, trae consecuencias deplorables, hasta el punto de confundir el engreimiento y la vanagloria con el mismísimo valor de la persona. Por desgracia, seguimos entrenando a los hombres contra los hombres. Otra estupidez más que los tiranos fomentan.

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