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Etiquetas:   Con permiso   -   Sección:   Opinión

La abstención y el desencanto, armas del partido de Fernando Savater

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
lunes, 18 de junio de 2007, 23:35 h (CET)
Dice Fernando Savater que está afilando las armas para lanzarse a la arena de la confrontación política. Bueno, eso no lo dice él, que lo digo yo, pero está preparándose para sacar su partido de cara a ese espacio electoral que muchos creemos injustamente tratado. Otra cosa es que Zapatero le dé el tiempo necesario para ello, que a la que te descuidas te adelanta las elecciones y te deja con el culo al aire.

Hace mucho tiempo que un numeroso grupo de ciudadanos conscientes pensamos que hace falta una profunda regeneración política en España, que los actuales partidos han perdido de su punto de mira al ciudadano, habiéndolo sustituido por sus particulares intereses electorales. Electoreros. Necesitan un revolcón electoral que los vivifique, airee y renueve. Un revolución democrática, que como todas las revoluciones ha de hacerse al margen de los cauces oficialmente existentes, quizá precisamente porque va contra ellos.

Quizá la obra más visible y demandada es regular y controlar la influencia de los partidos nacionalistas en la política general. No es de recibo que un diez por ciento de la población tenga tal influencia electoral como para condicionar el reparto de los presupuestos del Estado. No es lógico que unas comunidades por el democrático hecho de tener un partido nacionalista desarrollen una influencia política, cultural y económica que perjudique a la inmensa mayoría de la población. No es de recibo que comunidades que no lo tienen padezcan el olvido institucional.

Pero no es sólo contra el nacionalismo, como muchos piensan, contra lo que debe ir este nuevo partido. Los partidos deben volver a centrar su atención en el ciudadano, sus problemas, sus derechos y sus deberes. Cuando las cuitas internas se adueñan de la atención de los legisladores ocurre que éstos tienen como destino sus propias ambiciones, sus propios límites y se obcecan en aquello que es secundario, superfluo y rechazado por la población. Y quiero poner como ejemplo lo ocurrido en el referéndum andaluz y no el catalán para ejemplificar que no se trata sólo del problema anteriormente mencionado del nacionalismo. En estas ocasiones los electores votan quedándose en casa, enviando una clara señal de advertencia a los legisladores. Véase los porcentajes de desilusión, desinterés y dejadez mostrado en ambas ocasiones. Hace bien Savater en hablar de desencanto. Y de abstención, claro.

Recuperar la ilusión que los votantes mantenían durante los primeros años de la Transición que ahora celebramos, cuando se mantenían colas de cien metros para ir a votar, depende de muchos factores pero fundamentalmente de un programa que enraíce en los ciudadanos. Y de ese programa todavía no se conoce nada porque nada existe, es una página en blanco totalmente a disposición de los fundadores para rellenar a su libre albedrío. Deben andarse con cautela, vigilar bien quién y cómo escribe esas páginas, por varios motivos, pero especialmente para encontrar ese espacio al que dirigirse y que no es de PP ni de PSOE, electores que, vacilantes y expectantes, deseando encontrar un amor ideológico en el que depositar sus esperanzas.

Y es en esa regeneración democrática en la que deben centrar sus aspiraciones, buscando a aquellos sectores que ven en las actuales burdas maniobras partidarias (nunca más visibles que en época de pactos postelectorales) la parte negativa de una democracia que sólo es el menos malo de los sistemas de gobierno. ¿Un asunto por dónde empezar? ¿Qué tal por combatir los excesos antidemocráticos de todos los pactos electorales? ¿Qué tal por fortalecer y revitalizar la democracia interna después de la “exhibición zapaterista” en las listas de Madrid?

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