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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

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Remedios Falaguera
Remedios Falaguera
lunes, 18 de junio de 2007, 10:37 h (CET)
Uno de los momentos más difíciles por los que irremediablemente tenemos que pasar es la muerte de algún miembro de nuestra familia. Sin embargo, nos empeñamos en esconder un hecho tan cercano y tan esencial en la vida del ser humano como si se tratará de un tema tabú. ¡Que absurdo!

No queremos entender que es un tema al que nos vamos a enfrentar a corto o largo plazo y, por tanto, es mejor estar preparados para vivirlo de la forma más sobrenatural que podamos y sepamos.

En mis reflexiones sobre la muerte hay una cuestión que me inquieta y me cuesta mucho entender y, más aun, aceptar. Es la siguiente: ¿Cómo poder explicarle a un niño que hay que confiar en un Dios misericordioso que permite el sufrimiento, la injusticia, la enfermedad, el dolor y la muerte?

Sinceramente, debo confesar que a pesar de que desde pequeña mis padres me enseñaron que en la vida todo lo que nos ocurre es para bien, ¡qué difícil me resulta decir palabras de consuelo a un niño, a un hombre, a una madre rota de dolor por la muerte de un ser querido!

De poco sirven las palabras, las caricias y los besos. Solo puedo decirle que llore, llora cuanto quieras. No pasa nada. Al contrario, ¿no recuerdas las lágrimas de Jesús ante el cuerpo de su amigo Lázaro? ¿No recuerdas que El también, clavado en una cruz, lloró al Padre rogándole: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"

Pero no olvides que la humanidad de Dios sufre con el corazón encogido y aprovecha estas pruebas de dolor para hablarnos bajito, al corazón. Y, con lágrimas en los ojos, nos asegura que TODO, TODO, TODO, lo que El hace es por Amor aunque no lo entendamos. Es más, nos pide un cheque en blanco de confianza porque El nunca se equivoca.

Hoy, que no encuentro palabras de consuelo, solo puedo dejar constancia de un texto maravilloso que decía así:

“Cuando te vea por primera vez,
Dios mío, ¿qué te sabré decir?

Callado esconderé mi frente en tu regazo…
Y lloraré como cuando era niño.

Tus ojos me mirarán todas mis llagas…
Te contaré después toda mi vida…
¡Aunque ya la conoces!

Y Tú, para dormirme, lentamente,
Me contarás un cuento que comienza:
“Érase una vez un hombrecillo en la tierra…
Y un Dios que le quería con locura…”

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