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Etiquetas:   Entrevista   -   Sección:   Entrevistas

'La literatura es una ocasión única para la invención y el descubrimiento, una música de la conciencia'

Guillermo Orsi, novelista
Redacción
sábado, 15 de diciembre de 2007, 10:30 h (CET)
Guillermo Orsi (Buenos Aires, 1946), redactor publicitario y periodista, es, además, un reconocido escritor de novela negra. En su ya larga trayectoria, primero como plumífero y ahora como ‘teclero’, ha publicado, entre otros títulos, ‘El vagón de los locos’ (Premio Emecé de 1978, Emecé); ‘Cuerpo de mujer’ (Ediciones Poniente, 1983); ‘Tripulantes de un viejo bolero’ (Ediciones De la Flor, 1994); ‘Sueños de perro’ (Premio Umbriel de la Semana Negra de 2004, Umbriel Editores); ‘Noches de Pelayo’, obra con la que fue finalista del Premio UNED en 2005; ‘Los buscadores de oro’ (Editorial Umbriel, 2007) y ‘Nadie ama a un policía’(Editorial Almuzara, 2007). Desde su residencia cordobesa, la Córdoba argentina, no la de aquí, responde a nuestras preguntas.




Guillermo Orsi.


Herme Cerezo / SIGLO XXI

Guillermo, aunque lleva muchos años en esto de escribir, los premios le han acompañado frecuentemente. ¿Qué significa para usted ganar un concurso literario?

No tan frecuentemente. La vida es larga y los premios son, diría el maestro Shakespeare, "sueños de una noche de verano", cuentos de cenicienta que al día siguiente se terminan y tenés que seguir trabajando para pagar las cuentas y alimentarte.

Decía Bioy Casares que la fama es para los giles, lo que cuenta es la gloria, y que se sepa, ningún premio literario viene asociado a gloria alguna, es más, muchos de ellos están amañados, se sabe quiénes van a ganarlos, se transforman en operaciones de lo que ahora llaman marketing para que determinado plumífero recupere sus decaídas ventas, algo que no siempre ocurre. El premio genera además -en el crítico especializado, más que en el lector común- la mala leche de acercarse a tu libro pensando veamos por qué lo premiaron a éste. Y ahí ya sabés que el tipo viene con pico y pala para enterrarte en el rincón más apartado del cementerio.

Hechas estas indispensables aclaraciones, ganar un premio es siempre gratificante. Por un rato te creés que lo merecés, Cenicienta encuentra a su príncipe y a quién le importa que la noche sea breve y el zapatito de cristal no te calce ni con fórceps.

¿Son necesarios los concursos?

Julio Cortázar nunca ganó un concurso y escribía mucho mejor que yo, el desgraciado. Osvaldo Soriano ganó un premio conmigo y otros que por entonces rondábamos los veinte años. Tuvimos que poner plata para que el librito con los cuentos "premiados" pudiera ver la luz, en una edición más que modesta, que sólo se distribuyó en dos o tres librerías de la porteña calle Corrientes, calle de muchas librerías y algunos lectores. Ni Soriano se hizo conocido por eso ni yo, queda claro, tampoco.

¿Cómo y por qué se puso Guillermo Orsi a escribir? ¿El escritor nace o se hace?

Por necesidad, urgencias y reveses sentimentales. Uno escribe historias para reparar los baches de una vida monótona, poco y nada interesante, o para vengarse de la mina que nos dejó para irse con el más pintón del barrio o el que tenía auto –en mi juventud, sólo andaban en auto los hijos de ricos-. Es siempre una lucha desigual: ¿cómo competís con un tipo que tiene todo lo que a vos te falta? Con palabras. Y eso se vuelve vicio, y te acompañan, las palabras, como serviciales y fieles mascotas.

Empecé a escribir antes de aprender a hacerlo. La escritura es una herramienta con la que nacemos, como el tigre con sus garras. Si después al tigre lo encerramos en el zoo, no sabrá por qué cuando quiere acariciar, desgarra. Si al chaval que quiere expresarse lo reprimimos –y eso en mi infancia era muy común-, ocultaremos la capacidad de escribir como a una tara, algo pecaminoso, sancionado por las buenas gentes que nos pretenden corderos.

De este divague surge que, en mi opinión, escritor se nace pero también se deshace, si uno no se pone a salvo, si no resiste, si no escribe poemas de amor en los bares o proclamas revolucionarias en la universidad o la fábrica. Se trate de lo que se trate, amor o utopías sociales, estamos condenados a disparar palabras.

¿Siempre se movió en el territorio del thriller o también ha probado otros escenarios?

Probé de todo, aclarando, por si nos lee algún viejo amigo, que hablamos del oficio de escribir.

Desde la composición tema La vaca, con la que nos iniciábamos en la escuela porque, al menos en la Argentina, la vaca era tema para todo, para redacciones escolares o para dar golpes militares, si el gobierno de turno ponía impuestos a sus ricos criadores.

Es una obviedad lo que digo, pero la literatura no tiene géneros. El escritor que, como dije antes, nace y se deshace para reconstruirse luego, lenta y dolorosamente, es un tío siempre sospechoso y a menudo autodestructivo. El thriller te da la posibilidad –y te plantea el desafío- de desarrollar y cerrar una historia, de poner al lector de tu lado, dejando de lado las pretensiones de inmortalidad que contaminan los textos de tanto aspirante a las academias. No van a darte el Nobel en Suecia pero podés ligar el Carmona o el Umbriel/Semana Negra en España, que vienen acompañados de amigos más divertidos que los que puedas encontrar por las frías calles de Estocolmo.

Supongo que conoce el libro ‘Hollywood Station’ de Joseph Wambaugh. Este hombre, antes de escribir sus novelas, fue policía durante muchos años, con lo cual, desde mi punto de vista, le convierte casi en un cronista. ¿Hay un pasado policial en la vida de Guillermo Orsi?

No he leído a Wambaugh pero sí a Alejandro Gallo, actual jefe de policía de Gijón, que acaba de publicar "Caballeros de la muerte", una impecable y emotiva novela negra sobre la resistencia al franquismo. Ningún oficio se opone al de escritor. El riesgo es que te transformes, cuando escribís sobre algo muy conocido –y como lo planteás en tu pregunta- en un cronista. La crónica es superior a la novela, si se trata de narrar los hechos tal y como sucedieron. Con la novela, con la literatura, el abordaje es diferente, entrás en la realidad para transformarla, para extraer de ella otra cosa que los hechos en crudo, que la reflexión racional de un informe policíaco o de un escrito judicial.

Para seguir con el ejemplo –y de paso, recomendar su valioso libro-, de Gallo he leído también su anterior novela, "Una mina llamada infierno", en la que el protagonista era policía. ¿Qué tienen en común ese protagonista con el guerrillero de "Caballeros de la muerte"? El uso de la violencia, puede ser, pero ahí paran las similitudes. La experiencia profesional puede ayudar a la verosimilitud de un personaje, pero la verdad está a menudo en su antípoda, y por ella vamos cuando escribimos literatura.

No hay pasado policial en mi vida, excepto alguna "entrada" contra mi voluntad, en tiempos en los que ser estudiante te convertía inmediatamente en sospechoso del peor de los crímenes, el pensamiento.

¿De dónde arrancan sus historias, se las inventa o husmea la prensa y la realidad?

Me las invento. O las historias me inventan a mí, quién sabe. Escribir es un acto especular, no de especulación sino de espejos que te reflejan al infinito, componiendo con cada imagen algo distinto.

Uno no está solo cuando escribe, aunque te encierres. "Oí voces", dice a veces mi mujer, irrumpiendo alarmada en mi escritorio. Efectivamente las voces existen y seguirán superponiéndose unas a otras, si no imponemos cierta disciplina entre tanto personaje que pretende ser protagonista.

En cuanto a la prensa y la realidad, me deprimen, más que inspirarme. Los casos policiales más notorios son destripados de tal manera por la abundante y entusiasta prensa amarilla de mi país, que acaban perdiendo todo misterio, secando la imaginación del más pintado, hartándote, en vez de incitarte a develar los presuntos enigmas.

Existen escritores que entienden la escritura como una segunda profesión; otros, sin embargo, llegan a pasar hambre, sudor y lágrimas con tal de publicar sus libros, ¿en qué grupo se encuadra usted?

El sudor y el hambre son méritos del sistema social y económico que nos gobierna, sobre todo en la Argentina.

Los oficios terrestres no desmerecen tu condición de escritor, sólo te quitan tiempo, aunque también te dan la posibilidad de pensar en lo que has escrito, de arrepentirte, incluso. Si lo que hacés para vivir no tiene nada que ver con la escritura, mejor, menos tensión para tus acosadas neuronas y tu magra inspiración. Pero a veces, trabajar en la prensa o en publicidad, como ha sido mi caso, te ayuda a pulir ciertos recursos, como la concisión –de la que no estoy haciendo gala en mis respuestas-.

Lo de publicar aquello que escribimos ya no pasa por nosotros sino porque encajemos en las "necesidades del mercado" que el olfato de los editores identifica con sensibilidad tan exquisita como la del más encumbrado de los poetas.

¿Hay un componente narcisista en el oficio de escritor o es, más bien, algo parecido a una terapia?

Terapia, narcisismo, maldición, todo encaja. Lo que no puedes es dejar de hacerlo. Somos asesinos seriales, buscamos llamar la atención con nuestras tropelías literarias. Y cuando por fin lo logramos, nos quejamos de las críticas, de los lectores que no nos quieren o no nos entienden. Y sí, predomina el narcisismo, pero qué mal parados salimos, por lo general.

¿Escritor noctámbulo o diurno? ¿Planifica o se deja llevar?

Diurno ahora, que la biología me reclama descanso nocturno. Probé con los gatos, como Soriano, pero no vivo en un departamento urbano sino en una casa en la sierra y mi gata prefiere salir a alternar con sus congéneres, o a mirar la luna desde el tejado, que quedarse a mi lado pasándome letra.

No planifico. Cada vez que lo intenté, nada de lo que hice luego tuvo que ver con el "proyecto" inicial. No hay planes, ni planos. Si fuera arquitecto, pobres quienes habitaran las viviendas diseñadas por mí.

Centrémonos un poco ahora en sus dos últimas obras. Empecemos por ‘Buscadores de oro’, ¿una novela policial salpicada con un toque de ciencia ficción?

Vuelvo a lo de los géneros. Si elijo un vino porque en la etiqueta dice malbec o borgoña, me defraudará encontrar un sabor diferente. Si lo elijo para beber con una bella mujer, disfrutaré con las virtudes de ambos.

Si la mujer se queda contigo por lo menos hasta el amanecer, quiere decir que has sabido por lo menos cerrar un capítulo y preparar el siguiente sin aburrirla. Si se queda contigo treinta años, o eres un novelista de puta madre o es una pésima lectora, pero la quieres y te tolera.

"Buscadores de oro" es una novela. Lo que cuento tiene que ver con la amistad y el paso del tiempo, casi nada; con los amores imposibles, como en los culebrones; con las ambiciones políticas, con el poder y sus sirvientes. La apropiación del conocimiento se da en la realidad con una tecnología más refinada que la que planteo, a modo de fábula sin moraleja, en mi novela, y los pesares ajenos se transfieren a las nuevas generaciones en la desesperanza y el desencanto de la cultura, en el vacío que nos proponen las cámaras espías de "Gran Hermano".

La ciencia ficción imagina mundos posibles a millones de años luz, busca en el espacio exterior –salvo relatos de la talla de "Solaris", de Stanislav Lem-. Más cerca de casa, sin tomármelo en serio como se toman a sí mismos los rusos, prefiero asomarme al interior, a los propios abismos antes que a los galácticos. Mi generación quiso cambiar la sociedad en la que vivíamos, injusta, predadora, hipócrita, y hoy tenemos lo que está a la vista: un país todavía más injusto y predador, algo menos hipócrita, que cada vez que revisa su pasado trata de volver a taparlo porque no le gusta y se intenta reinventarlo, rescribirlo. Los argentinos somos lo que pudimos o lo que podríamos ser, nunca lo que somos. Y ese pueblo maldito, digno de cualquier película de la más entrañable clase B norteamericana, no es una excepción, no está tan lejos de la orgullosa Buenos Aires que hoy visitan los turistas del mundo para bailar tango y comer bifes.

Usted tiene mucho oficio. Sabe agarrar a sus lectores por la solapa. Si quieres irte a dormir, antes tienes que acabarte el libro, parece decirles usted. ¿Cómo consigue captar la atención del lector capítulo a capítulo?

Como lector, un libro me atrapa por lo que narra o por cómo está escrito. A veces se dan ambas cosas, a veces no. Hay libros muy bellos que cuentan poco y nada, y otros que, con pretensiones de biblia o mil y una noches versiones completas, están escritos con los codos. Empecé leyendo a Salgari y a Jack London, hasta que los catedráticos me aplastaron la cabeza contra Faulkner y Joyce. Está bueno leerlos, descubrir los infinitos abordajes del mundo que habitamos y que nos habita. Hay historias que merecen y necesitan ser contadas de diversas maneras. Pero si somos escritores, es imperdonable que aburramos a nuestros lectores, no hay excusas. Es un acto de pedantería insoportable ahuyentar a un lector anteponiéndole "nuestro maravilloso estilo" como un escollo a sortear. La literatura no es una carrera de obstáculos, es una ocasión única, irrepetible, para la invención y el descubrimiento, un juego con palabras, una música de la conciencia. Si el oficio que arduamente aprendemos nos sirve para ser mejores ejecutantes de esa partitura misteriosa, para no desafinar, para disfrutar con el lector y no a su pesar, escribir vale la pena y leer hasta el alba ya no nos quitará el sueño, nos ayudará a encontrarlo.

‘Nadie ama a un policía’, su última obra, al menos la última que cayó en mi poder, cuenta la historia de un antiguo cana (policía), Martelli, que atiende la llamada de un amigo y acude en su búsqueda. Al llegar lo encuentra muerto. A Archi, el protagonista de ‘Buscadores...’, le ocurre tres cuartos de lo mismo, ¿es una buena estrategia colocar un personaje incómodo, un ‘tocapelotas’, en un medio que le es inhóspito?

El "tocapelotas", como lo llamas, genera por su sola presencia el medio inhóspito, altera la presunta paz de los sepulcros. Ni a los muertos les gusta que les caminen sobre sus lápidas o entren a saco en sus bóvedas buscando los tesoros que guardan en sus mortajas.

El cazavampiros que en la novela de Bram Stoker va por Drácula a su castillo de Transilvania, con el ingenuo pretexto de ordenar su biblioteca, sabe a lo que se expone. Philip Marlowe no actuaba en patota, si querés saber quién mató a tu amigo jugátelas solo, internate en los callejones sombríos, entrá en las habitaciones a oscuras cuyas puertas se abren solas, enamorá a la rubia de turno y llevala a la cama, si podés, pero no confíes en ella.

Hay mucho oficio en todo esto, aprendido de los maestros, claro. Para qué contradecirlos, si la pólvora está inventada.

Pablo Martelli y Archi, ¿cuánto tienen de Guillermo Orsi?

Cierta nostalgia, un regodeo casi malsano en la melancolía, la absurda pretensión de creer que algo de lo que hemos perdido subsiste y, a la vuelta de cualquier esquina, tendremos una nueva oportunidad.

En todo escritor se esconde un buen lector. ¿Qué lee ahora, Guillermo Orsi? ¿Qué leyó antes?

Leo lo que cae en mis manos, sin orden ni plan alguno. Leí a Fred Vargas, que está de moda, creo, porque me lo acercó un amigo que lee a los autores de moda pero nunca le alcanza para comprar mis novelas. Leí hasta la mitad el último de Antonio Muñoz Molina, "El viento de la luna", pero me quedo con "El invierno en Lisboa", de cuando no era académico de la lengua y reelaboraba las benéficas influencias de "El perseguidor", de Cortázar.

Y leo a los amigos, que son todos buenos o no serían mis amigos: Raúl Argemí, de quien recomiendo "Siempre la misma música", Carlos Balmaceda, "El puñal de Dido", el ya mencionado Alejandro Gallo y un autor de Sevilla que con "El imán y la brújula" empieza a madurar su enorme talento, Juan Ramón Biedma.

Por último, ¿en qué anda metido ahora, literariamente hablando?

Terminé hace poco una novela que empieza negra en la selva y se sube a la Puna, donde la falta de oxígeno me disparó unos personajes y unas situaciones rarísimas, fruto de la asfixia, supongo, que casi la emparientan con un trasnochado realismo mágico, pero con la cual me divertí y espero, si la publico, divertir al lector.

Ahora estoy en los tramos finales de una novela bien de género, negra negrísima, que como no podía ser de otra manera, transcurre en la negra más que negra Buenos Aires, donde además de bailar tango y comer buena carne, se cometen muchos crímenes.

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