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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

La segunda muerte de 'El Campano'

Ángel Sáez
Ángel Sáez
domingo, 17 de junio de 2007, 22:20 h (CET)
Martín Martín Martín (anda, que no gastaba guasa su padre, don Fidel), según los más ancianos del lugar, quienes oyeron contar a sus mayores cómo se las hizo pasar (“las de Caín”) el sujeto en cuestión, era la ambición personificada, un ser hiperbólico y hasta sanguinario. Muerto don Fidel de un “cólico miserere”, él, hijo único, se hizo cargo de la boyante hacienda. Nunca reparó en medios ni en gastos para conseguir lo que pretendía.

De Martín, “el campano”, sobrenombre que le adjudicó y puso el mejor maestro que ha pasado hasta la fecha por la escuela pública de Algaso, don Ezequiel J. Sánchez, todavía hoy, un siglo cabal después de su óbito, se dice que era el resentimiento hecho carne; pero también se narra que era una llaga y aun una llama viva del Amor más puro. Como todo algasiano ha oído contar alguna vez a sus padres, tíos o abuelos, “el campano” murió sentado en su proverbial balancín, esperando que pasara, camino del camposanto, el féretro que contenía los restos mortales de su Soledad, la razón de su vida y el motivo de su muerte. Ella fue la causa de que tanto horror quedara fijado en las dos pizarras de miel que semejaban las retinas de sus ojos.

No fue a la ciudad más cercana, Ponente, en busca de Soledad Ríos, su amada, hasta que Algaso fue enteramente suya.

Cuando se hizo dueño y señor de su ciudad, cuando todos los demás deseos habían sido satisfechos, se fijó en el que aún se le resistía y enfiló las punteras de sus zapatos hacia Ponente. Nada más llegar a la casa donde vivía, felizmente casada, Soledad, hizo sonar la aldaba de su puerta y su amada salió vestida de luto (por la muerte de su padre), con delantal, una toquilla sobre los hombros y el pelo recogido en un moño muy gracioso.

–Soledad, soy Martín. Hace diez años, cuando, por San Roque, me diste calabazas en el baile, te dije que en cuanto Algaso fuera mía, vendría a buscarte para llevarte conmigo. Hoy es ese día. Así que coge lo que precises, que nos vamos a escape.

Soledad, aunque quería a su marido y a sus hijos, de corta edad, tenía un jardín secreto en el que todos los días reservaba unos minutos para estar (sin estar presencialmente) a solas con “el campano”, que todas las semanas, todas, desde hacía una década justa, por medios reservados, le hacía llegar su notoria y luenga epístola, que, por los mismos medios, ella aprovechaba para contestarle.

El Amor de Martín por Soledad era el de Soledad por Martín, mutuo, recíproco.

Pero, nada más llegar a Algaso, el Amor de Soledad flaqueó. Martín le exigió entonces que le correspondiera con la misma fidelidad que él le había guardado, tenido y/o tributado a ella. Soledad se negó. La negativa, que desató la ira contenida de Martín, le condenó a una muerte violentísima, inaudita, inédita, insólita. “El campano” fue condenado de por vida a recordar el horror de ver cómo hería el cuchillo que empuñaba su diestra el cuerpo sacrosanto de su amada. Ningún día del resto de su existencia dejó de revivir tres momentos que quedaron fijados, sellados, urdidos con hilo inmarcesible, indeleble: el acuchillamiento (cuarenta veces, según el forense, hundió el arma blanca en el cuerpo/blanco de aquella alma blanca), la sentencia del jurado (treinta años de cárcel –cumplió algo más de la mitad-) y la ausencia al sepelio de su amada. Él, una vez recuperada la libertad, se impuso, como penitencia propia, la obligación de asistir a todos los entierros, al menos,
desde el quicio del portal de su casa, sentado en su consabido balancín o tumbado en su hamaca.

Cuentan que Martín, estando las mujeres de la casa adecentando su cuerpo muerto, antes de meterlo en el ataúd, resucitó, le mandó un ósculo (entre casto y libidinoso) a su amada y le dio las gracias por la compañía, antes de volver a morir.

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