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Que treinta años no es nada

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
domingo, 17 de junio de 2007, 22:20 h (CET)
Han pasado treinta años desde aquella primera vez en la que millones de españoles fueron a las urnas para, por primera vez, poder elegir libremente a sus representantes. Hasta entonces, en plena dictadura franquista, las únicas veces en que los colegios electorales recibían a los súbditos, que no ciudadanos, lo hacían para determinar, mediante un simple paripé, quienes iban a ocupar las poltronas que el viejo dictador y su sistema reservaban a los denominados procuradores, un batiburrillo en el que se mezclaban las camisas azul mahón de la Falange con los purpurados manteos de los obispos o las saharianas vestimentas de los representantes de las colonias que nuestro decadente Imperio todavía mantenía en el desierto africano.

Han pasado treinta años y la democracia, a trancas y barrancas, se ha abierto camino en un proceloso mar de dudas ante lo que vendría después de Franco. El viejo abuelo de esa señora entrada en carnes que vemos bailando en las pantallas del televisor o en las portadas del Hola decía que, “después de Franco, las instituciones”. Es decir él quería más de lo mismo y para eso había dejado todo “atado y bien atado”. Pero por algún lado, parece ser que por el extremo borbónico, el nudo se deshizo y las ataduras se fueron al garete. La voluntad de los españoles reflejada en las urnas pudo mucho más que el miedo que los viejos nostálgicos franquistas querían imponernos y el espectáculo de la alegría de la primera vez y de las calles asfaltadas con miles de papeles de propaganda electoral arrastró masivamente a los ciudadanos hacia las urnas, metafóricamente vírgenes hasta aquel 15 de Junio.

Han pasado treinta años desde que se disparó el pistoletazo con el que dio comienzo una Transición, envuelta en ruido de sables y cánticos nostálgicos al franquismo, que debía servir para llevar a España de la dictadura a la democracia. Pero no podemos olvidar que, a pesar de todo, en este camino la izquierda se ha dejado muchos, tal vez demasiados, pelos a su paso por la gatera que le fue impuesta por un gobierno sin legitimidad alguna para convocar aquellas primeras elecciones. No debemos olvidar que el Gobierno Suarez que convocó a las urnas era un gobierno cuya única legitimidad era la de haber sido nombrado por el Rey y que el monarca nos fue impuesto por Franco. Ningún partido republicano pudo presentar candidatos en aquellos momentos y aquellos que en su día defendieron a la Republica, como el PSOE y el Partido Comunista, tuvieron que tragar sapos y olvidar sus veleidades republicanas en un cajón del que nunca más salieron.

Han pasado treinta años y ahora nos damos cuenta que todos aquellos que en la actualidad son menores de treinta años no votaron aquella primera vez ni tampoco votaron, a favor o en contra, la vigente Constitución. Así que, aunque treinta años no es nada, titular que podríamos poner a cualquier bolero, en política y más en la política española treinta años es mucho, demasiado tiempo, para que sigamos manteniendo inalterable nuestra ley de leyes. Alejado el ruido de sables de las salas de bandera de los cuarteles- su última esperanza murió el 23-F-, diluidos en el primer partido de la oposición los restos nostálgicos del franquismo, desaparecido el dogmatismo del viejo comunismo y olvidada la sigla “obrero” en el partido que fundó Pablo Iglesias es hora de comenzar a mirar hacia delante. Es hora de comenzar a crear nuevas leyes que hagan que la Constitución no sea mero papel mojado y es hora de que mediante una nueva Ley electoral se haga saber a los políticos que están al servicio del ciudadano y que éste va a tener en su mano la posibilidad de castigarles con su voto negativo. De no ser así la enorme abstención que se dio en las pasadas elecciones municipales irá a más cada día y tan sólo nos quedará el recurso de mirar, preñados de nostalgia, aquel día de hace treinta años cuando, por primera vez, acudimos gozosos a las urnas.

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