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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Víctimas inocentes

Remedios Falaguera
Remedios Falaguera
jueves, 14 de junio de 2007, 23:05 h (CET)
No tengo la más mínima duda de que el matrimonio es “ese frágil lazo arrojado desde las colinas olvidadas del ayer hacia las montañas invisibles del mañana del que dependía la vida entera del hombre” como decía Chesterton. Es más, a pesar de que muchos se empeñen en “vendernos” que la separación y el divorcio son una liberación, una “salida de emergencia” ante la rutina, las infidelidades y la falta de amor, estoy totalmente segura de que el matrimonio protege a hijos, a los hombres y mujeres, y, por tanto, al bien común de todos ellos.

¿Qué quieren que les diga? Esto de que si un matrimonio no funciona, pues no pasa nada, se separan de forma amistosa y ya está, no me acaba de convencer. Principalmente, porque mientras el padre y la madre se encuentran enzarzados en una batalla legal sobre la partición de los bienes, la pensión compensatoria y la custodia de los hijos, las verdaderas VÍCTIMAS INOCENTES, LOS HIJOS, pagan las consecuencias de esta ruptura, siendo, en muchas ocasiones, utilizados y manipulados por un miembro de la pareja para ponerlos en contra del otro.

No es mi intención detenerme a enumerar ni analizar los efectos físicos y psíquicos altamente perjudiciales, tanto para los cónyuges como para los hijos, que de todo ello se deriva. No soy una experta en el tema. Aunque esto no me impide pensar que, desgraciadamente, muchos padres y madres no contaron con que el rencor, el abandono, la traición y la soledad son consecuencias de por vida de una decisión, que actualmente, en muchas ocasiones, se toma a la ligera.

Únicamente me gustaría compartir con todos ustedes una carta que me ha llenado de desasosiego y tristeza por la sensación de fracaso y desorientación que refleja. El autor es un padre separado, llamémosle Luis, al que niegan la custodia compartida de sus hijos. Entre otras cosas dice así:

Hoy, ha nacido un nuevo padre en el Juzgado.

El juzgado será su escuela, su universidad, su casa.
La comisaría de policía su morada y, la denuncia su infamia, su estigma.
El silencio y la indiferencia de las instituciones le convertirán en un hipócrita de la cordura y, la sociedad urbana le irá formando e informando, en secreto, que la infancia es una traba para compartir la custodia, la disculpa del alejamiento;

La separación, el punto de inflexión de la quiebra de la razón,…
Y, el escarnio le hará diestro de la lata, del fastidio, de la conversación vacua, mentiroso, cambiante, maestro de la protesta, de la reclamación, de la manifestación, justiciable, juglaresco, padre putativo, o quien sabe.

Quien sabe si quizás antes de renunciar a ser padre podrá de la inopia legal, judicial e institucional alejarse, para ser padre por igual, y no quincenal, para ser puente o ser morada de una custodia compartida, no truncada, no alterada por la sin razón de aquellos que se arrogan del derecho a la razón; o reventar tristemente en una asquerosa arcada, con perdón, para ser simplemente historia de una canción.

Puede ser que una vez llegue a él la solución.

Mi solución.
La restitución de lo que un día fue: padre por igual y no quincenal.
Quien sabrá quien podrá devolverle la paternidad, mi paternidad.
Ojala alguien me asombre ojala, ojalá lo logre, y le salve, nos salve.

(Nota: a partir de Canción para un niño en la calle de Patxi Andion)

Es verdad que no es nada fácil pasar por una situación como ésta. Los datos, como el algodón, no engañan: “De cada 140.000 separaciones o divorcios que se dictan, 139.980 resuelven la custodia a favor de la madre y el resto, por mutuo acuerdo, se reparten entre padre y madre. Mientras, los 139.980 primeros no ven a su padre más que el fin de semana que le toca y el medio periodo de vacaciones correspondiente”.

Y es que, desde la puesta en marcha de la Ley de Violencia de Género, cada día son más los padres que ven como sus despechados cónyuges, aconsejados por sus abogados y sin ningún tipo de escrúpulos, presentan falsas denuncias con las que arruinar su vida y, de paso, generar mayores beneficios en el proceso de separación o divorcio.

Estas situaciones dejan a los jueces en una situación lamentable. ¿A quién deben creer? ¿A un hombre cuando denuncia en comisaría que su mujer arremete contra él denunciándolo por maltrato o, a una “inocente y desamparada” mujer, no vaya a ser que las feministas de pro se encaden ante el juzgado y le difamen por machista, carca y retrógrado?

No sé qué pensaran ustedes pero, cada vez tengo más claro que, todas las “bondades” que nos “venden” de las mal llamadas “separaciones amistosas”, están destinadas a tranquilizar las conciencias de los padres.

Solo sé qué no podemos encogernos de hombros y pensar que las cosas son como son, porque la realidad es que los hijos, las verdaderas víctimas inocentes, no entienden de rencores y de lista de agravios irreconciliables. Solo saben que están desprotegidos y navegando entre dos orillas, preguntándose: ¿A quién debo querer?

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