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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

La educación, bien necesario, ejercicio inexcusable

Ángel Sáez
Ángel Sáez
miércoles, 13 de junio de 2007, 23:16 h (CET)
“No hay malas hierbas ni hombres malos; sólo hay malos cultivadores”. Victor Hugo


Acabo de presenciar en una calle transitada del barrio de Lourdes, donde vivo, en la capital de la ribera ibera de Navarra, atónito, el comportamiento intolerable, reprensible, de un niño maleducado (un dictadorzuelo, vamos) con su esclava y, asimismo, señora madre (supongo). El espectáculo (para servidor, bochornoso, vergonzante) no ha llamado la misma atención de todos los transeúntes; quizá, porque cada hijo de vecino va (con prisa) a lo suyo; o ha dejado de ser un suceso extraordinario; pues el evento callejero, tal vez, se ha(ya) convertido en una escena más habitual que insólita.

Lo acontecido me ha empujado y espoleado a hacer la siguiente reflexión. Los padres deben ocuparse y preocuparse siempre de sus hijos. Sobre todo, mientras éstos sean menores de edad. Convendría que nunca llegaran a pensar de esta guisa: “Creo que estoy entrometiéndome demasiado en la vida de mi hijo”. Porque tanto el tema del amor (y, en el ámbito y cuestiones del corazón, demasiado es siempre poco), como el tema de la educación, son asuntos muy serios. A veces, algunos padres (más, mucho más –no hay término de comparación-, las madres), por temor, piensan: “Siguiendo con esta actitud intransigente, vamos a perder el cariño de nuestro/s hijo/s”. Aunque parezca contraproducente, los progenitores deberían renunciar a la amistad, al “buen rollito” que (man)tienen con sus retoños, porque es un beneficio a corto, medio y largo plazo para todos, para padres y para hijos. Los adolescentes (ellas y ellos) entienden y sostienen (y no marran un ápice en su apreciación) que si sus padres no les exigen ni les imponen nada es porque, en el fondo, no los quieren, aunque ellos no lo expresen así, de manera tan cruda, ni tan contundente o rotundamente.

Abundan los padres excesivamente permisivos y tolerantes que luego se extrañan de que sus hijos sean unos drogadictos irremediables. Para no llegar a ese extremo, porque, en el supuesto de que se hayan asomado a tal precipicio, es muy difícil sacarlos de ese barranco, la única solución es, está o estriba en educarlos desde la cuna. Y es que todo hecho educativo se reduce a un proceso de interacción entre dos, el maestro y su alumno. Y no hay educación allí donde el docente (padre/madre) no lleva al discente (hijo/a) a las inmediaciones de un mundo mejor, adonde el enseñado jamás habría arribado por sus propios medios, sin la ayuda y orientación de ese rector, director y corrector que es, sin duda alguna, su maestro y mentor.

Itero. Insisto. Hay que tratar de educar a los hijos desde que son bebés (con sus babas), bobos, para no tener que preguntarle un día al tuyo (a uno de los tuyos –en el supuesto de que tengas varios-): “pero, tú, desgraciado, ¿desde cuándo bebes?”, tras haber sufrido ambos el trago y superado el hijo el episodio de un coma etílico, verbigracia.

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