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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

Gestos nada indigestos

Ángel Sáez
Ángel Sáez
lunes, 11 de junio de 2007, 21:44 h (CET)
“Suavizar las penas de los otros es olvidar las propias”. Abraham Lincoln


Algunas crónicas afirman que no titubeé, pero tengo para mí que sí vacilé. Fueron unos segundos apenas, mas debo reconocer la verdad, que dudé. Y que nadé hacia donde chapoteaba el crío con determinación. Con la misma o parecida tal lo agarré, calmé y sostuve su cabeza fuera del agua hasta que los dos pescadores que habían sido, precisamente (supe luego), quienes habían dado la voz (en grito) de “¡niño al agua!” me ayudaron a subirlo a bordo de la pequeña embarcación que tripulaban.

Cuando, ya en puerto, se me acercó la madre del rescatado, sano y salvo, para darme las gracias y preguntarme cómo podría pagarme la proeza que habían hecho, al salvarle la vida a su hijo, a su seguro servidor de usted, desocupado lector, sin darle mayor importancia a lo acaecido, ni heroicidad ni hazaña, me salió, espontánea y naturalmente esto, “con verle a usted su semblante, irradiando dicha, y saber que su renuevo está bien, me doy por sobradamente recompensado; de veras”.

Agradezco a todo el mundo las enhorabuenas, pero, especialmente y sobremanera, a don Alberto De Miguel, el capellán, los gestos nada indigestos, quiero decir, los elogios inmerecidos y demás gestiones en favor de mi persona.

Acaso usted ignore que me llamo José Javier Blanco Gómez, que soy gallego, y que me encuentro cumpliendo una pena de cárcel en la Prisión Provincial de Santander. La casualidad o la causalidad, una u otra, o, tal vez, ambas juntas, propiciaron, de consuno, al alimón, que hace unos días me hallara en compañía de otros reclusos (internos/externos), dentro del régimen de salidas, navegando, para poder zambullirme en el agua y arrebatarle al piélago el niño que ansiaban devorar sus entrañas, pues, ilusas, ya contaban con la baza, caza o muerte por ahogamiento (que no miento) de la criatura.

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