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Etiquetas:   La tronera   -   Sección:   Opinión

Arrimar el hombro

Jesús Salamanca
Jesús  Salamanca
domingo, 10 de junio de 2007, 04:55 h (CET)
El Gobierno Rodríguez ha llegado a un punto de difícil retorno. Suele ser el precio que se paga cuando no se tienen las ideas claras y se actúa por impulsos imprevisibles. Lanzarse a la aventura, como si tratar con terroristas fuese un juego infantil, rara vez tiene un fin con positivos resultados. Nunca debió salirse del Pacto por las Libertades y Contra el Terrorismo, y mucho menos jugar con dos barajas en los años previos a su acceso al Gobierno. Es más fácil reclinarse en el pasado que construir el futuro.

Rodríguez ha ido a lo fácil, pero desconocido por y para él. Ha elegido la senda más peligrosa, mal asesorado y peor instruido. Debió recordar que los experimentos siguen haciéndose en casa y con gaseosa. Alguien debe explicarle que él y su Gobierno siguen siendo sospechosos para gran parte de la ciudadanía; en muchos casos se interpreta que lo sucedido en los últimos días forma parte del entramado que se representa en el escenario de los acuerdos entre ETA y el Gobierno. Al igual que se piensa que la reacción inmediata a la ruptura del alto el fuego es consecuencia de ello y pataleta incontrolada.

Ni siquiera ha demostrado el presidente Rodríguez seguridad en sus palabras. Su huida a la desesperada le ha llevado al ‘navajeo’ con la oposición, avergonzado de sus propios actos. Al ciudadano medio le hubiera gustado escuchar de su boca que nunca más negociará con ETA, ni experimentará con la ignorancia como bandera. Sus últimas palabras generaron más desconfianza, mucho desconcierto y ninguna serenidad. Su rostro desencajado era la viva imagen de quien se colapsa ante los problemas de importancia. Ahora mismo, su único bagaje es el descrédito de cuanto hace y dice.

No es necesario que pida perdón Rodríguez. La ciudadanía ni lo necesita ni se lo reclamará; aunque seguirá pidiéndole explicaciones. Tiene derecho a ellas, como el presidente Rodríguez tiene la obligación de hacerlo, tan pronto se reponga del puntual sopapo en forma de amenaza etarra.

Para quienes estamos por la paz y por la derrota del terrorismo es suficiente con que reconozca su error personal, inducido por asesores y amigos personales de históricos etarras. La importancia de saber rectificar es propia de gente sensata. Volviendo al Pacto por las Libertades y Contra el Terrorismo, allí encontrará la colaboración que precisa y a quienes están dispuestos a derrotar a ETA desde el Estado de Derecho, sin recovecos, sin astucia, sin falsedades y sin compromisos con los violentos.

A quienes no comulgamos con ninguno de los dos grandes partidos del escenario nacional, pero mucho menos con quienes se encaman con terroristas, sí nos hubiera gustado oír de Rodríguez la idea que se apresuró a decir Mariano Rajoy: “Yo no voy a negociar ni a ceder. Yo voy a intentar acabar con ellos y si la posición del presidente del Gobierno es esa, yo le apoyaré”. Arrimar el hombro. E so se llama arrimar el hombro. Y el Estado español no atraviesa su mejor momento para jugar a labrar compromisos con asesinos y extorsionadores.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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