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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

¡Suerte!

Ángel Sáez
Ángel Sáez
domingo, 10 de junio de 2007, 04:55 h (CET)
De esa guisa, estando jugando al mus, solía sentenciar mi tío Jesús (por quien servidor es un socialista y un republicano muy sui géneris, a mi manera, pues él fue la persona que me abasteció de anécdotas y datos fidedignos de lo mal que lo pasaron y lo mucho que sufrieron mis abuelos paternos José y Gregoria, “Goya”, y familia durante la Guerra Incivil Española), “el Pato” (apodo heredado, familiar) y “el Vasco” (mote asumido, personal), el hecho de haber perdido él un órdago (hubiera sido él el echador o el aceptador del mismo).

El miércoles pasado, 6 de junio de 2007, la Fundación Caja Navarra, a través de su club ‘Edad de Oro’, tributó un merecido homenaje a 23 matrimonios tudelanos con la dichosa y grata ocasión (ahora que hay tantos divorcios) de cumplir este año sus bodas de diamante (60 años casados –en el caso de 3 parejas-) o de oro (50 años –en el caso de 20-). La jornada festiva, que arrancó con la celebración de la misa en la seo, reunió a 809 personas en una comida que se sirvió en el polideportivo municipal Elola. Mi señera y señora madre, Iluminada, fue uno de los 809 citados comensales. Durante la sobremesa se sortearon cuatro televisores.


El miércoles pasado, por lo tanto, comí solo.

Por la tarde, de regreso a casa, nada más doblar la esquina de la óptica, a cinco metros escasos del portal del edificio donde vivo, vi, tras la barandilla de la plaza del Padre Lasa, a mi madre, vestida con una falda encarnada y una blusa blanquirroja a juego. Le hice una señal con la mano y me contestó con otra, dándome a entender que la esperase, que subiríamos juntos a casa. Cruzó el paso de cebra, le entorné la puerta de entrada al inmueble y le di un par de besos. Le pregunté por cómo se lo había pasado. Mientras subíamos los peldaños, me iba contando que todo el mundo le había dado la enhorabuena, que había tenido que ir a donde estaba la Presidencia, que el alcalde le había dado cuatro besos, que...

Cuando, tras abrir la puerta de casa, corrí la de la cocina, vi, encima de la mesa la caja de cartón y, por fin, entendí todo. A mi madre le había vuelto a tocar otra tele, una de las cuatro que habían sorteado durante la sobremesa.

¿Suerte? Pues sí; ¡suerte! Pero no desmedida ni de(l) otro mundo. Mi madre va a cumplir 73 años y el miércoles pasado le tocó la segunda tele en toda su vida.

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