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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Narcótios literarios

Francisco Arias Solís
Redacción
sábado, 9 de junio de 2007, 11:20 h (CET)
“Voy a hablarte ingenuamente:
Tu soneto, don Gonzalo,
si es el primero, es muy malo;
si es el último, excelente.”


M. Bretón de los Herreros

¿Hay aún quienes lean lo que puede hacer las veces de las novelas por entrega como Abandonada.... en una noche de bodas, Perdida... en la flor de la juventud o Cuando florecen los almendros? O, puesto qu, a todas luces, sigue habiendo productos similares a los de antaño, ¿gozan del mismo predicamento que antes?

En general, las damiselas delicadamente cloróticas, han pasado a la historia. La literatura que solían ingerir ha pasado también en buena parte a la historia –aunque posiblemente no a la literatura-. Lo que no parece haber pasado aún (si es que alguna vez va a pasar) a la historia son las fábricas de ensueños. Con todo sin embargo, éstas se han modernizado y lanzan al mercado productos de muy otro jaez.

Durante un periodo bastante dilatado –y que todavía persiste-, las fábricas de ensueños trabajaron a doble turno en dos espaciosos departamentos: uno fue (y es aún) la llamada “prensa del corazón”; el otro fue (y aún es) el comadreo sobre, a través de, en torno a, y por debajo de la tituladas “celebridades”. Las últimas son de muy varia condición, pero abundan entre ellas las estrellas de cine, los banqueros, los miembros de los grupos musicales, los grandes derrochadores de fortuna, los dueños de lujosas embarcaciones de recreo, los emperadores y emperatrices de la moda... Lo importante es ocupar el mayor espacio posible y el mayor tiempo posible en los medios de comunicación dados a divulgar la mayor cantidad de pequeñeces posibles. Los anónimos lectores, oyentes y espectadores se lo tragan todo afanosamente aún cuando sepan, o sospechen, que les está embutiendo en la mente sartas de paparruchas. Lo que les importa no es realmente enterarse de lo que se dice, propala o rumorea que les ocurre a esos héroes y heroínas persistentemente radio-impreso-televisados; es quebrar la monotonía de sus días y la melancolía de sus noches, configuraciones y fantasías donde no queda bien claro –ni se aspira a que quede claro- quién es quién, y a quién le pasa lo que se vocea que le pasa, justamente porque todo parece ser suplantable, postizo y vicario. En el gran teatro del mundo, el espectador se relame de gusto cuando se ve así mismo con los ojos y los oídos del actor.

Las cosas que se suponen que pasan a tales sujetos son cosas que , en principio, podrían pasar a cualquiera, “Lo que aprendí en ...”, “Una mujer casada revela...”, “Su psiquiatra la indujo a ...”, etc., etc. Además se imagina que pasan “cosas gordas”, cuanto más “gordas”, mejor –más curiosas, fascinantes, atractivo-repulsivas, escalofriantes, estremecedoras, trepidantes-. Algo, en suma, que no quisiera uno que le pasara aunque vaya usted a saber, a lo mejor, quien lo diría...

Las fábricas de ensueños no cocinan ya sólo vagas y edulcorantes fantasías o entretenidos chismorreos; fabrican también, y sobre todo, narcóticos literarios, los cuales hacen las veces de estupefacientes. Hay muchas especies de drogas. Las grandes diferencias entre los productos manufacturados por tales fábricas no logran eliminar una característica común de todos los ensueños: la posibilidad (y, por descontado, el deseo) de que no haya límites precisos entre la fantasía y la realidad. Y es que, como dijo el poeta: “Lo que soy cuando estoy siendo / es lo que veo más claro / y lo que menos entiendo”.

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