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Etiquetas:   Las plumas y los tinteros   -   Sección:   Opinión

8.052 euros

Daniel Tercero
Daniel Tercero
jueves, 7 de junio de 2007, 22:11 h (CET)
8.052 euros. Esa es la cifra. La televisión autonómica pública de Cataluña, TV3, le quiso dedicar un especial a Romario -jugador de fútbol que perteneció al Barcelona- por la consecución de su gol número 1.000. Mil goles lleva ya el brasileño. Y, como esa cifra no se consigue todos los días, los directivos de la cadena decidieron que la casa no reparaba en gastos y enviaron a Brasil a un equipo técnico y profesional de cuatro personas para grabar el documental.

Entre el 22 de marzo y el 2 de abril los periodistas persiguieron, acompañados de los profesionales de una cadena local, al astro del deporte grabando todos sus pasos y, sobre todo, todos sus movimientos en el césped. Llegaron al país del 'orden y progreso' -¡manda huevos!- a falta de que Romario marcase un gol. 999 llevaba hasta entonces.

Pero por razones que nadie sabe al brasileño no le entró la pelotita durante más de un mes. No fue hasta el 20 de mayo que Romario pudo celebrar la milésima un gol suyo... pero ellos ya no estaban allí. Resulta que el documental, que no hubiera sido extraño que se intitulase 'El gol 1.000 de Romario' o 'Los mil goles', se quedó en nada.

¿No podía TV3 haber comprado las imágenes del gol? ¿Realmente es de interés general, para una televisión pública catalana, los goles que haya conseguido marcar en su carrera deportiva un jugador de fútbol brasileño? ¿Nadie es responsable del coste inútil del viaje a Brasil de los periodistas?

Es una cuestión de incompetencia, de no asumir la responsabilidad y de una cultura en la que la palabra dimisión no existe en el diccionario de los políticos. ¡Cuan diferente de Japón! Es más, todo lo contrario, por mar, tierra y aire los responsables de la Corporación Catalana de Radio y Televisión -ente público al que pertenece TV3- han salido a la palestra para defender la gestión llevada a cabo en Brasil. Como siempre en estos casos, en Cataluña, se esconde el error bajo la bandera del nacionalismo.

Francesc Escribano, director de TV3, en un artículo en la prensa titulado La TV, lo que cuesta y lo que vale defendía su gestión, entre otras cosas, en este caso, con frases como “si TV3 no existiera, la presencia del catalán en los medios audiovisuales sería prácticamente nula” e insinuaba que, en realidad, la televisión pública en España nos sale barata. Justo a los pocos días de que el Gobierno autonómico asumiera la deuda del ente público catalán. Vamos, una ganga.

Por estas mismas fechas, la ministra de Cultura se ha despachado con algo similar en relación al canon que afectará a los libros de las bibliotecas. Sin rubor y con tranquilidad, la titular del departamento de Cultura enviaba un mensaje tranquilizador porque serían las arcas del Estado, gestionadas por su ministerio, las que asumirían el coste del canon aprobado en Europa y de obligado cumplimiento. “No lo pagarán los ciudadanos, será el ministerio el que asuma el coste”, vino a decir en una entrevista en televisión. ¡Leche! ¿Pero de dónde han salido estos personajes?

Conociendo un poquito la Historia de este país y viendo la trayectoria de la mayoría de los dirigentes que hemos tenido en los últimos años, cuanta menos gestión manejen los políticos mejor iremos. ¿La televisión pública? Que la privaticen. Con la cantidad de canales que existen en la actualidad para ver televisión -internet, televisión digital, televisión por cable...- lo de servicio público es una guasa. ¿Acaso se puede defender mantener el servicio de televisión pública y no el de un diario? Sí, lo sé, lo primero exige una regulación de la banda de emisión al ser finita. De acuerdo, que se regule, pero que no se intervenga con una emisión pública. Y aun así, si solo fuera una...

Acabando, que en una cadena de televisión privada hubieran realizado el mismo documental de Romario por la mitad de precio. O más caro, pero no a costa del contribuyente. ¿El mismo reportaje? No, claro, la cadena privada habría grabado el gol.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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