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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Vocación de libertad

Francisco Arias Solís
Redacción
jueves, 7 de junio de 2007, 22:12 h (CET)
"Siempre aguardando la suprema cita,
la de la libertad, santa palabra."


Miguel de Unamuno

Desde hace mucho tiempo circula como cosa segura, casi un axioma, que los hombres, a medida que avanzan en la vida, cuando entran en la madurez o se acercan a la vejez, van perdiendo su posible liberalismo originario y se hacen conservadores.

Llevo muchos años dudando de que sea así. Los primeros españoles -los doceañistas, inspiradores de las Cortes de Cádiz, que extendieron el liberalismo por media Europa y fueron los inventores de la acepción política de la palabra "liberal"- estuvieron en actitud de discrepancia frente a los constitucionales de 1820 a 1823 y a los ojos de éstos se habían vuelto conservadores o retrógrados. ¿Era efectivamente así? Pienso que no. La generación más joven, la que fue decisiva en el brevísimo periodo constitucional, la del Trágala era muy poco liberal. Era radical, extremista, "exaltada" como se decía entonces con mirífica palabra, pero de liberal tenía muy poco. Los doceañistas seguían siendo liberales, y por eso se sentían descontentos con el ambiente de intolerancia que dominó el trienio.

Ya un poco antes, Jovellanos el defensor de la libertad y la independencia sin desmayos ni excepciones, que acababa de sufrir siete años de prisión por ello, vio amargado sus últimos años por la demagogia de los irresponsables que, sin título alguno, lo encontraban "reaccionario". Moratín, que en 1818, durante la primera etapa absolutista de Fernando VII, decía: "Ha empezado ya el Santo Tribunal a sacar las uñas, y busca por todas partes masones, libertinos, blasfemos, lascivos, heréticos y sospechosos", tres años después ve con pesimismo las violencias y torpezas de los nuevos "liberales" y escribe: "Mi carácter es la moderación; no hallo ni razón ni justicia en los extremos; los tontos me cansan y los malvados me irritan".

Desde esta época, la historia se ha repetido incansablemente. Una vez y otra, los hombres que dirigen las sociedades se han cansado de la libertad, de la tolerancia, de la decisión de contar con los demás, de convivir con los que piensan de otra manera y, además, no tienen el poder. Se han cansado sobre todo de imaginar, de inventar, de innovar, de pensar en vista de las cosas, del presente y, más aún, del futuro que se acerca. Los hombres de generaciones anteriores que no han renunciado a la libertad, al pensamiento alerta, que respetan las diferencias y hasta se alegran de ellas, que prefieren la variedad a la imposición de una forma única de vida, se sienten incómodos y discrepantes. No es que se hayan vueltos "conservadores" -sí acaso, en el sentido de querer conservar la libertad y la convivencia, si se ha alcanzado-; es que no creen que la cronología sea decisiva, que lo más reciente sea forzosamente mejor.

En esta última frase está la clave, la explicación de ese tópico que nadie se atreve a discutir. La idea del progreso se ha convertido en creencia que opera automáticamente. El mundo va "hacia delante"; cada época es inferior a la siguiente. Hoy no podemos descansar en tan cómoda creencia; que hay progreso, parece indudable; que sea automático y seguro, sin posible regreso, ¿quién podrá creerlo, después de Hitler y de tantos imitadores?

No es verdad que la madurez o la vejez signifiquen involución. En personas de trayectorias presentables y mente clara, más bien lo contrario. La experiencia va depurando, intensificando la vocación de libertad, la decisión de no renunciar a ella por nada: ni por un plato de lentejas ni por el halago o la popularidad.

Son muchos los que opinan que las mayores innovaciones, los máximos pasos "hacia delante" se deben a los que, en posesión de larga experiencia, han permanecido creadoramente fieles a ciertas ilusiones juveniles, maduradas hasta la saturación, insobornablemente. Pienso en Cervantes, en Velázquez, en el antes nombrado Jovellanos; y para no dejar fuera nuestro último siglo, en Menéndez Pidal, en Unamuno, en Antonio Machado, cuyas trayectorias son tan prodigiosamente reveladoras.

"Nunca he creído -decía Rousseau- que la libertad del hombre consista en poder hacer lo que quiere, sino en no tener que hacer lo que no quiere". A esta libertad la fueron a enterrar un día, como la popular Petenera. Y la letra más exacta y conmovedora que recuerdo con este ritmo, a este compás, es aquella que cantaban unos monjes, religiosamente, como un rezo: "La libertad se ha muerto / la llevan a enterrar / los frailes van cantando: / ¡Viva la libertad!".

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