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Etiquetas:   Familia y educación   -   Sección:   Opinión

La familia como equipo (I)

Emili Avilés
Emili Avilés
jueves, 7 de junio de 2007, 22:12 h (CET)
La situación política de nuestro país es delicada. ¡Está claro! Por otra parte tenemos numerosísimos cargos electos que están a punto de empezar su labor. ¡Sí!

Además, vemos que, en lo más cotidiano, se acerca el final de curso escolar y es ya común relacionarlo también con el fin del curso político y social. ¡Evidente! En esos casos, al principio, en el medio o en el final, se impone el análisis, la reflexión. ¿Dónde queremos ir, o por dónde hemos ido?

Sea como sea, son momentos para recapitular cómo ha ido todo, qué detalles mejorar, cuáles están siendo nuestros puntos fuertes y también por dónde se nos escapan las fuerzas. En estos dos artículos intento diseccionar qué nos pasa a veces respecto a la convivencia, cómo atender necesidades -propias y ajenas- cómo distribuir juego, hacer hacer, …

Considero que aunque está pensado para la dinámica familiar, puede ser muy adecuada su aplicación para conseguir la tan buscada eficacia, empatía y proactividad en cualquier quehacer humano. La imaginación la pones tú, lector. No es cuestión de trivializar, pero seguro que te será fácil cambiar donde dice padre o madre, por alcalde o empresario, y donde dice adolescente o hermano mayor, ver clara la figura de un concejal, consejero o ejecutivo responsables, pero a veces necesitados de comprensión, mejora y apoyo.

En mi casa me necesitan y yo los necesito a ellos
Todos tenemos claro que los encargos o pequeñas tareas domésticas son un eficaz medio de educar para la convivencia. ¡Cuántas veces habremos hablado en casa de esa distribución de tareas! ¿Verdad?

Es lógico. Queremos mostrar a los niños y adolescentes que todo lo que hacemos o dejamos de hacer afecta a los demás, que podemos ser generosos haciendo bien nuestros encargos, pero también al reconocer, valorar y agradecer cualquier servicio.

La participación en una actividad, ya desde edad temprana, sirve para educar la responsabilidad. Empieza cuando los más pequeños aprenden a valerse por sí mismos: a vestirse solos, arreglarse, cuidar su ropa, cepillarse los dientes, limpiar sus zapatos, etc. Son los encargos que podríamos llamar “de autonomía”. También empiezan a realizar cosas sencillas, esporádicas o permanentes, que son un servicio a los demás: comprar el diario, poner o quitar la mesa, cerrar persianas, limpiar una zona del salón, vestir a la peque o regar plantas.

A veces, hay padres tan deseosos de evitarles cualquier trabajo a sus hijos, que no les dan posibilidades de participar en el ámbito familiar. Otros padres piensan que sus hijos son demasiado pequeños para hacer algo en la casa. Pues bien, conviene decir que el trabajo de los hijos no es importante por el esfuerzo que ahorra, sino por cuanto contribuye a su propia mejora personal, ya que así se les ayuda a aprender a trabajar y a buscar realmente el bien de los demás.

También es cierto que hemos de ser flexibles en las oportunidades de colaborar en la casa. Sabemos que la participación es un derecho y un deber de cada miembro de la familia. Así, con buen ambiente y ejemplo, facilitamos la unión entre todos.

Por otra parte, nos interesa proponer y realizar los encargos en un ambiente de alegría. De esta forma toda fatiga y esfuerzo se aligeran, lo que hace ver la responsabilidad no como una carga, sino como una entrega gustosa en beneficio de nuestros seres más queridos y cercanos.

Todos buscamos la eficacia, el sistema, también en la familia. Totalmente de acuerdo. Para ello conviene poner en práctica una supervisión positiva y entusiasta que anime a realizar las tareas encomendadas. ¿Cómo? No existen fórmulas mágicas.

En cada hogar, según su estilo y prioridades, se puede organizar de muy diferente manera. En todo caso siempre será necesario cierto trabajo de equipo.

Podríamos decir que, en los tiempos que corren, tenemos más dificultades para la colaboración e interacción familiar. Madre y padre trabajan, sí, pero es necesario dar orden y prioridad a todas nuestras obligaciones y aprender a vivir con ellas.

Sabemos que quien está a la cabeza de un equipo tiene la obligación de organizarlo. Marchará todo sobre ruedas si conoce muy bien a cada miembro de su grupo, sabe cuáles son sus talentos y flaquezas, y le pide colaborar en aquello que hará bien o que significa una mejora para él mismo.

En las familias nos pasa igual: padre y madre -los dos unidos- son la cabeza del equipo y deben organizarlo para lograr, como objetivo inmediato, que la convivencia sea agradable para todos, y como objetivos a medio y largo plazo, que esa convivencia les forme como personas cabales, expertos en el arte de convivir, entrenados en la generosidad y la fortaleza, que son imprescindibles para la vida que empiezan a afrontar.

Tener un encargo en la casa es tomar parte en una tarea común. No es una actividad aislada que la “cumplo” y ya está. Es un medio más de colaborar.

El compromiso en una tarea familiar es algo serio y personal, pero lo hemos de facilitar, hacer agradable. Hemos de ayudar a elevar la visión de quien tiene ese detalle de servicio en el hogar. A vivirlo como una habitual muestra de amor.

Además, cualquier encargo bien hecho, aunque sea pequeño, muestra a las claras que todos los trabajos son necesarios y por ello dignos de reconocimiento.

Conocernos bien, para ir todos a una
Seguimos nuestra “conversación escrita” para hablar ahora de algunas maneras de colaborar los hijos en las tareas del hogar, de estrategias en la distribución y seguimiento de los encargos y de algunas ideas clave para “triunfar” en este asunto.

Padres e hijos deben saber con claridad cuáles son sus encargos. Escribir una lista de tareas puede ser de gran ayuda. Cada hijo puede tener varios encargos diarios y también semanales. Lo de menos es que sean muy sencillos, pues importa mucho comenzar creando hábitos.

Cuando en una familia se trabajan los hábitos básicos de alimentación, sueño, higiene y orden con niños pequeños e incluso bebés, éstos ya han empezado a participar en los proyectos comunes, en las necesidades vitales y en el estilo particular de ese hogar.

Conforme las criaturas van creciendo, será preciso cambiar las maneras de ejercitar los hábitos básicos y, para ello, tendremos en cuenta las circunstancias personales de cada hijo. Así intentaremos que, progresivamente, hagan por sí mismos lo máximo que puedan realizar para ser más autónomos y nosotros no intentaremos substituirlos.

Necesitamos saber cuáles son las virtudes, flaquezas, aficiones, sensibilidades de cada miembro de la familia. Conocer de sus posibles aportaciones e iniciativas, inquietudes y necesidades. Pero ¡tate!, para eso es preciso dedicar tiempo, más tiempo del que habitualmente tenemos. Pues bien, reconocer esta realidad y mejorarla es la clave del éxito, ya que no deseamos perdernos en improvisaciones, discusiones conyugales o inconstancias que desaniman a cualquiera.

Una manera de empezar, o recomenzar, en la distribución de encargos y en la organización básica familiar es, por ejemplo, una buena tertulia después de la comida familiar del sábado o domingo. Pediremos que entre todos comenten lo que fue preciso hacer ese día para el buen funcionamiento de la casa: abrir cortinas, hacer camas, ordenar baños, doblar ropas, poner la mesa del desayuno, contestar el teléfono, comprar el pan y el diario, colocar el lavavajillas, tender la ropa, sacar la basura, preparar la comida y la cena, etc. Saldrá una larguísima lista, que evidenciará la necesidad de que todos colaboren.

Es el momento de proponer, opinar, discutir y elegir tareas que ellos podrían comprometerse a hacer. Según los intereses, gustos y capacidades personales de las criaturas, concretaremos los encargos, pensando cuál puede ser más adecuado para cada hija e hijo.

En ese momento, vale la pena recordar que el gran objetivo es adquirir un compromiso con la familia, sentirse parte fundamental de un equipo. Digámosles que mediante los encargos aprendemos todos a ser más libres y, con nuestro esfuerzo personal por mejorar, beneficiamos a todos.

Otra forma, aunque mucho más dirigida, es cuando son los padres solos quienes empiezan por elaborar una lista de encargos relativos a la casa y al entorno, recogen sugerencias personales de sus hijos y de sus amigos. Después piensan en el aprendizaje previo que requiere cada tarea. A continuación, relacionan las cualidades y las circunstancias de cada miembro de la familia con encargos, y distribuyen éstos equilibradamente.

Distribución, más que por edades, por circunstancias
Es preciso recordar que algunas decisiones sobre organización y tareas no se acaban en las reuniones familiares. Los padres deben tomar estas decisiones solos o con la ayuda de otros adultos. Otras veces será mejor discutir entre todos sobre los motivos para hacer algunos cambios en la dinámica familiar; eso ayudará a los niños a entender lo que está pasando y la manera en que ellos serán afectados o beneficiados por estas decisiones.

Cuando los encargos son nuevos para algún miembro de la familia, los primeros días pueden hacerse con el soporte de un hermano, o con papá o mamá. Un niño pequeño, al principio, necesitará consejo para poner bien la mesa, limpiar zapatos o hacer la cama. Una persona que nunca ha lavado la ropa puede necesitar ayuda para separar la ropa de colores obscuros de la ropa blanca o para saber si se ha de centrifugar o no.

Las buenas disposiciones que destacan a los 5-6 años -sentido de justicia, afán de superación, deseo de ayudar y colaborar con los demás, etc.- les facilitará asumir enseguida pequeñas tareas familiares y cumplirlas con cierta responsabilidad, siempre con cierto acompañamiento, claro. A los 7 años, chicas y chicos, serán capaces de hacer algunas pequeñas tareas diarias sin que nadie se lo tenga que recordar expresamente. Habrá bastado con unos días de soporte de papá o mamá y quizás un pequeño recordatorio en el mural de la habitación, o en aquella cuadrícula fijada con imanes en la puerta de la nevera. Son los 7 años y la llegada de la edad de la razón, un hito importantísimo en la vida de los niños. Es cuando ya les podemos decir, con esperanzas ciertas de respuestas sensatas: ¿crees que esto está bien o no?
Los encargos, sean los que sean, es mejor que cambien cada cierto tiempo. El encargo que durante 4 ó 5 semanas tuvo un hijo, después lo puede realizar otro. No hay encargos de poca categoría. Bajar la basura cada día sin dejarse vencer por la pereza –así hay que enseñarlo– es tan enriquecedor e importante como ayudar a la peque a hacer deberes o ir a comprar el diario al quiosco de la esquina.

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