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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Mujeres maltratadas

Francisco Arias Solís
Redacción
miércoles, 6 de junio de 2007, 21:25 h (CET)
“Estoy mejor que ayer
hoy lloré menos.”


Gloria Fuertes

Las mujeres a menudo no reciben las recompensas materiales o emocionales que deberían poder esperar a cambio del cumplimiento de sus responsabilidades domésticas. Para muchas éste no es, sin embargo, el único riesgo que corren en el hogar familiar. También están expuestas al peligro de sufrir lesiones o hasta morir por obra de las misma persona de quien deberían poder esperar protección. El hogar suele considerarse como un lugar seguro, un refugio frente a las amenazas del mundo exterior. La realidad, no obstante, es con frecuencia muy distinta.

El temor a la violencia física y también su práctica real representan una importante amenaza para la salud de millones de mujeres y esta violencia a menudo constituye un aspecto habitual de la vida familiar. Las mujeres y las niñas pueden sufrir agresiones muy diversas en su entorno doméstico, incluido el incesto, la violación, vejaciones psicológicas y agresiones físicas. Aquí nos referiremos sólo a estas últimas, esto es, a la violencia doméstica o malos tratos conyugales, como suelen denominarse a menudo; si bien, obviamente, los malos tratos aparecen asociados con gran frecuencia a agresiones emocionales, sexuales o de otro tipo.

La violencia física contra la pareja en las relaciones íntimas es un fenómeno frecuente y en un 90 por ciento de los casos se trata de agresiones perpetradas por un hombre contra una mujer. En los años setenta y principios de los ochenta, las investigaciones se concentraron sobre todo en los países desarrollados, donde la denuncia de la violencia contra las mujeres fue una preocupación central para el movimiento feminista. Sin embargo, en estos momentos está claro que la violencia doméstica constituye un problema de salud pública a escala mundial. Aunque la sociedad y el contexto en que ésta se ejerce pueden variar de una sociedad a otra. La violencia doméstica es más frecuente en unas sociedades que en otras, pero no parece haber ninguna en la que las mujeres puedan sentirse totalmente a salvo.

Resulta difícil obtener estimaciones exactas del número de mujeres que son víctimas de malos tratos cada año, puesto que muchas, por vergüenza y también por temor, prefieren no revelar sus sufrimientos privados.

Existen pruebas de que muchas mujeres que conviven con hombres ven afectada o incluso arruinada su salud a causa de las agresiones violentas. Más allá de las diferencias culturales, millones de mujeres comparten la experiencia de la violencia doméstica y la excusa inmediata para los malos tratos, muchas veces es su desempeño del papel de esposas o madres. El propio embarazo parece incrementar, de hecho, el riesgo. Algunos estudios señalan que la probabilidad de que una mujer sea maltratada por su pareja es dos veces más alta si está embarazada.

Las agresiones físicas pueden incluir golpes, patadas, tirones de pelo, golpes con objetos contundentes, apuñalamiento, disparos de arma de fuego o ataques con ácido o agua hirviendo. Además, frecuentemente culminan con alguna forma de violencia sexual. Las agresiones a menudo suelen ser habituales y las lesiones causadas pueden ser graves y en algunos casos mortales. En la mayoría de los países, una mujer tiene más probabilidades de morir por su marido o compañero que por obra de cualquier otro atacante.

Además de causar lesiones físicas, la violencia doméstica también aparece como una importante causa de sufrimientos y traumas psicológicos. La mayor parte de las mujeres maltratadas sufren los estragos de la angustia asociada al temor a la próxima agresión y los ataques de la persona que supuestamente debería cuidar de ellas les causan desconcierto y sentimientos de ira. El suicidio puede acabar apareciendo como la única salida para algunas mujeres maltratadas. Según un análisis, alrededor de entre un 30 y un 40 por ciento de las mujeres maltratadas intentan suicidarse en algún momento de su vida en Estados Unidos.

Debido al carácter frecuentemente privado de la vida doméstica y a su dependencia económica y a veces también cultural, muchas mujeres siguen creyendo que deben resolver ellas solas sus problemas. Sólo cuando se supere esta idea podrá promoverse el cambio social a través de la acción colectiva, transformando el hogar en un lugar más saludable . Y como dijo la poeta: “... Escapé de la línea de tu fuego, / ya no he vuelto a ser acribillada”.

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