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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Endeudamientos gravosos

Octavi Pereña
Octavi Pereña
miércoles, 6 de junio de 2007, 21:25 h (CET)
En la parábola del rico insensato Jesús se refiere a un hombre falto de entendimiento para aquello que verdaderamente vale la pena. Este potentado necio entendía de negocios. Era un experto en agricultura y ganadería y, tal vez, un astuto inversor financiando empresas comerciales. El evangelio de Lucas nos dice que eran tantos los beneficios que obtenía que sus graneros se habían quedado pequeños. Tenía necesidad de derribarlos y construir de nuevos más grandes que le permitiesen almacenar los ingente beneficios que obtenía. A este hombre, envidiado por muchos por la inmensa fortuna acumulada, le dice Jesús. “Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma, y lo que has provisto, ¿de quién será’” (Lucas,12:20).

La pregunta, ¿de quién será? Es muy conveniente que nos la hagamos hoy. Gracias a la especulación urbanística, no sólo en zonas residenciales o de lujosas segundas viviendas, sino en algo tan básico como un piso digno que cubra las necesidades familiares hace que las mismas adquieran un valor desorbitado. Si a la especulación se le añade el incremento de las hipotecas hace que el pago de las mismas más años de los que pueden vivir los endeudados. ¿De quién será la vivienda? ¿Se harán cargo de la deuda pendiente los herederos a pasará a manos de la entidad financiera? No me refiero a este problema para criticarlo. Bastante desgracia tienen quienes para tener un techo que los resguarde de las inclemencias, que es un derecho que teóricamente garantiza la Constitución que algunos defienden a capa y espada, tengan que empeñarse y sacar un palmo de lengua para poder pagar puntualmente los plazos de la hipoteca.

Las exigencias del mundo moderno hace que no sólo debe atenderse al pago de la hipoteca .Quizás se le deba añadir el crédito del coche o el que se ha solicitado para poder ir de vacaciones, o el casamiento de un hijo u otras razones sociales que hoy se han hecho imprescindibles. Lo cierto es que el pago mensual de los diversos recibos no puede atenderse. No debe preocuparse quien las deudas le ahoguen. Las «caritativas» entidades financieras ahí están para ayudarle a salir del atolladero. Júntense todas las deudas, redúzcanse los pagos mensuales a comodidad del deudor y alárguense los plazos para cancelarlas. El resultado de todo ello que las personas de hipotecan de por vida y talvez más. La modernidad obliga a dejar por herencia a los hijos una hipoteca que no se sabe si podrán atenderla.

Los hasta ahora bajos intereses de los créditos hipotecarios han promovido el consumo desaforado. Siendo pobres, lo tenemos todo. Los comerciantes para favorecer las ventas facilitan el pago de las adquisiciones con la oferta «compre hoy y comience a pagar dentro de tres meses». Pague con la tarjeta de la Caja X y en compensación recibirá unos puntos que le permitirán adquirir lo que sea. A los treinta días se ha de pagar . Por un lado o por otro se va engordando el fajo de las deudas.

La sociedad de consumo es un engaño. Se nos hace creer que sin las prendas de la marca X no nos sentiremos bien. No podemos vivir sin la tarjeta que nos facilita descuentos para el ocio. La bola del endeudamiento sigue creciendo sin parar. Las consecuencias son que las relaciones familiares se afectan. Para apagar las penas se busca el consuelo del alcohol o de los estupefacientes. A los gritos le siguen las palizas. A los golpes una arma homicida. Este es el resultado a que puede llevar el consumo excesivo.

La pregunta que Jesús hace al rico insensato: “todo lo que has almacenado de quién será?”, merece una reflexión serena. Los bienes materiales no proporcionan la felicidad. Todo lo contrario la ahogan con la opresión que ejercen sobre quienes tienen puestos los ojos en ellos. Muy sensatas son las palabras de Jesús: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan”(Mateo, 6:19). No basta con la prohibición para resolver el problema del consumo compulsivo que tantos males ocasiona. El ser humano necesita hacerse de tesoros que tranquilicen la inseguridad de su alma. Por ello Jesús no se limita a prohibir, sino que encarece a hacerse con riquezas de otra índole. Atendamos las palabras de Jesús: “Sino haceos tesoros en el cielo donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan” (v.20). Las riquezas que se destruyen no satisfacen e inducen a la compra compulsiva que desequilibra los presupuestos. Los tesoros celestiales que son permanentes sacian plenamente al alma y contribuyen a equilibrar los presupuestos con el consiguiente saneamiento de la economía.

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