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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

A mi condiscípulo Sebastián, canónigo de la Catedral de Palma de Mallorca

“Amigo es quien lo es en el infortunio” Panchatantra
Miguel Massanet
jueves, 26 de febrero de 2015, 08:12 h (CET)
Es posible que Sebastián, no puedo acostumbrarme a emplear, con aquel compañero de nuestros primeros años en el colegio de Montesión, en Palma de Mallorca, el título de monseñor, que es el que le correspondería en propiedad como canónigo emérito (tiene mi misma edad) de la santa Catedral basílica de mi tierra natal, Palma de Mallorca; pero estoy seguro que él sabrá perdonarme. Ni siquiera puedo asegurar si sigue viviendo en algún lugar apacible donde transcurra su retiro o si, como tantos otros compañeros de aquella promoción de estudiantes, ya hayan sido llamados por Dios a otra vida mejor. Desde aquellos días de nerviosismo en los que preparábamos, junto a Florencio, nuestros exámenes de lo que entonces se conocía como Reválida, para conseguir nuestro título de bachiller que debía ser el colofón de nuestros siete años de estudios en el mismo colegio – hace de ello la friolera de 67 años – nuestros caminos se separaron y, sólo en escasas ocasiones, he tenido noticias de él. La primera y, para mí la más sorprendente, porque nunca había visto en él, una excelente persona pero sin ningún signo de que le llamara la vida religiosa, fue cuando me enteré que estudiaba para sacerdote.

En aquella época fueron muchos de mis compañeros, el mismo Florencio, que decidieron tomar los hábitos, una vocación que yo nunca tuve y, a la vista de lo que ha sucedido con muchos de ellos cuando los años han transcurrido, creo que fue una buena opción, porque es evidente que a los 17 años (entonces no estábamos tan espabilados como los actuales jóvenes) queda mucho que aprender de la vida y de los tumbos que te hace dar. Florencio se salió a los pocos años y se dedicó a la pintura y dos primos míos, muy buenos estudiantes (mi padre me los ponía siempre de ejemplo) que se hicieron jesuitas también colgaron los hábitos y han triunfado en su actual vida de seglares. Pero Sebastián no fue uno de ellos y siguió con éxito sus estudios, consiguiendo llegar a decir misa. Cuando pasó el tiempo supe que su carrera dentro del sacerdocio tuvo un brillante colofón, alcanzando el título de canónigo de la Seo de Palma. Lo cierto es que no le he vuelo a ver en todo este tiempo, entre otras razones, porque yo me trasladé a vivir a Barcelona, donde ha transcurrido toda mi vida laboral.

He de reconocer que, aunque nominalmente sigo siendo católico, voy a misa los domingos y sigo marcando la casilla de la declaración de la Renta, para que vaya una parte de lo que el Estado me recauda para destinarla a ayuda a la Iglesia; dejo mucho que desear en mi calidad de cristiano y creo que he entrado en aquella categoría de oveja descarriada, aquella que al pastor le cuesta mucho hacer que vuelva al rebaño; quizá porque el catolicismo se basa en una fe extrema, una entrega sin preguntas ni objeciones y, a mí, aunque nunca atacaría a la iglesia y la defiendo cuando alguien, sólo por posicionamiento político o por amoralidad innata, se mofa de ella, le atribuye hechos inciertos o corta a todos los miembros de ella por el mismo patrón, sin distinguir la paja del grano; me cuesta mucho el creer por obligación, sin que algo en mi interior me incline hacia ello.

Pero, en estos momentos, me encuentro en un grave aprieto, un problema que para poder superarlo necesito el apoyo de alguien que tenga influencia ante este Ser, que está por encima de esta humanidad tan degradada, relativista, materialista, enviciada, insolidaria y partidaria de usar la quijada de burro de Caín en lugar de seguir la norma cristiana de “amar al prójimo como a sí mismo”; ante el cual me siento incapaz de presentarme con peticiones, cuando tantas veces he incumplido sus mandatos y me resulta imposible, aunque lo he intentado, actuar como un hipócrita cuando no tengo esta fe que algunos atesoran y que, no obstante, a mí se me niega.

El caso es, amigo Sebastián, que después de 67 años de distanciamiento, no por enemistad sino por circunstancias de la vida, ahora me toca a mí acudir a ti, estés donde estés, vivas o me veas desde este cielo en el que tanto creíste, para exponerte mis cuitas. El hecho es que tengo a un hijo muy grave. Tiene un cáncer con metástasis que, en principio, no es operable y que está luchando contra la enfermedad con valentía, pero en una lucha muy desigual debido a que, la quimioterapia, si bien actúa contra el mal también le provoca efectos secundarios que hacen que, cada día que pasa, se encuentre más debilitado. Como padre me rebelo contra esta injusticia y ante mi incapacidad de poder ayudarle en esta batalla por vivir, he pensado que, teniendo a un viejo amigo de juventud, una persona con la que compartí aquellos primeros años de la posguerra, sentados en los pupitres de aquellas aulas, donde los profesores se empeñaban en desasnarnos y todos nosotros, muchos congregantes de la Inmaculada, constituíamos aquella esperanza de un nuevo país que, la vida y la maldad humana, se ha encargado de que no tuviera lugar, ante el rencor que, después de 75 años de finalizada aquella Guerra Civil, todavía perdura en los descendientes de aquella generación; querrías echarme una mano ante Dios..

Acudo a ti, Sebastián, no para pedirte algo material, ni tan siquiera para enviarte un mensaje de amistad que, después de tantos años, parecería una frivolidad; ahora, amigo mío, tú que estás a bien con el Hacedor, recurro a aquella amistad para que intercedas por mi hijo con una simple oración, que estoy seguro será bien recibida por su destinatario. Y, ya que nos hemos confesado ante quienes pudieran leer esta carta de un padre desesperado, también les pediría que tengan un pensamiento solidario y, los que sepan rezar, recen una oración para este hijo que lucha por la vida. Muchas gracias y Dios se lo pague.
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