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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La lucha por la paz

Francisco Arias Solís
Redacción
martes, 5 de junio de 2007, 22:40 h (CET)
“Paz sin fin, paz verdadera.
Paz que al alba se levante.
y a la noche no se muera.”


Rafael Alberti.

“No escuches el tambor lejano”, dice Verlaine. Elude la tentación de la guerra. Y el que así nos habla es el egoísmo del que no quiere oír, ni quiere enterarse de lo que pasa. Si lo que pasa, como ahora está pasando en el mundo, es duro, triste, amargo de saber. Es el miedo del que no quiere que turbe su paz el sonido guerrero del tambor distante. El miedo de aquel para quien la paz no es una lucha. Verlaine nos habló también de una paz sin victoria, que puede llegar a ser lo mismo que una victoria sin paz. Cada vez se hace más necesaria una voluntad de paz, de justicia (dos cosas, en el fondo, casi idénticas). Hay que escuchar el tambor en la lejanía; para oponer a su belicoso mensaje, una respuesta firme, voluntariamente afirmativa de paz.

No hay guerra justa, ni justicia guerrera. Hay paz fuerte que no es la agitación belicosa, sino la acción viva, honda, penetrante de la voluntad y del pensamiento del hombre. Y esta acción constante, en cierto modo revolucionaria, de la paz, es un esfuerzo activo.

Esas guerras desesperadas que fundamentan sus empeños en necesidades nacionales, son, en definitiva, la máscara de una impotencia nacional. Sólo una ideología fatalista y reaccionaria puede lanzar a los pueblos al suicidio en pos de lo que ha solido llamarse: el cumplimiento de su destino histórico. ¡Cómo si el cumplimiento de un destino histórico nacional pudiera ser otra cosa que la muerte! Un pueblo, como un hombre -un pueblo de hombres-, cumple su destino histórico cuando se muere. La vida de los pueblos, de los hombres, es luchar contra su propio y fatal destino: contra su destino mortal. Y esta lucha viva, es la paz; la paz y no la guerra; la paz es un grito, como el de Dante: “¡Yo voy gritando, paz, paz, paz1”

La paz del pueblo, como la paz del hombre es la conquista de su libertad. Cuando a un hombre o a un pueblo se le arranca su libertad, se le entrega al común destino histórico de la muerte. La guerra es el gran suicidero nacional de los pueblos esclavizados mentirosamente a un destino histórico que se dice glorioso, y es sencillamente guerrero, negativo de la vida, de la libertad, de la paz.

El error de la guerra es tan profundamente humano como cualquier otra pasión del hombre. En los inicios del siglo XXI, debemos escuchar el tambor en la lejanía: atentamente.

La paz se diferencia de la guerra, en que luchar por ella no da héroes, sino mártires; en que sus víctimas, la sangre inocente de sus víctimas, no es un testimonio mentiroso de vanagloria, sino verdadero de justicia.

Escuchemos el tambor lejano, para no dejar de luchar por la paz. Para no hacer las paces con la guerra, ni levantar guerras con la paz. Y como dijo el poeta: “Tierra sin ningún cautivo. / Una paloma volando, / libre de olivo en olivo”.

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