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Etiquetas:   Sin acritud   -   Secci√≥n:   Opini√≥n

Jacques Brel

Cristóbal Villalobos
Cristóbal Villalobos
martes, 5 de junio de 2007, 22:28 h (CET)
En la insomne noche, frente a mi afilado folio, busco ansioso a las musas, que huyen de m√≠, pobre y solitario fauno, como traviesas ninfas. Ni las alcanzo a ellas, ni ellas me alcanzan a m√≠ pero encuentro, en el ciberespacio, poetas de otros tiempos que me sumergen en una catarsis personal, solitaria, en mi peque√Īa habitaci√≥n.

Uno de estos poetas, que han hecho que pase horas sentado en mi sillón, a oscuras, de madrugada, sin hacer nada más que disfrutar de la palabra, ha sido Jacques Brel.

Con la posibilidad de regresar al pasado, que nos dan las nuevas tecnolog√≠as, conoc√≠ a un hombre del que, hasta ahora, solo sab√≠a su nombre: Jacques Brel. Ocupaba toda la pantalla de mi ordenador, en blanco y negro. Corr√≠an los a√Īos cincuenta, y su verbo no necesitaba m√°s decorado que la oscuridad a sus espaldas, un micr√≥fono y un foco que iluminara su desencajada cara.

Entonces los cantantes eran poetas y, como tales, no necesitaban ser guapos. Sus grandes orejas, sus ojos peque√Īos, su marcada mand√≠bula y sus labios carnosos no eran un impedimento para atraer al espectador.

Brillaba su rostro y ca√≠an, pausadamente, gotas de sudor por sus mejillas y su ment√≥n mientras, envuelto por el sufrimiento, la frustraci√≥n y la desesperaci√≥n del amor, susurraba, con cierta resignaci√≥n melanc√≥lica, ‚ÄúNe me quitte pas‚ÄĚ. No me dejes.

Esa misma noche cant√≥ para m√≠ ‚Äú√Āmsterdam‚ÄĚ. Entonces la tristeza amorosa fue sustituida por fuerza, furia y vehemencia, con ciertos toques de locura genial en sus movimientos. Contaba historias del puerto de √Āmsterdam, de marinos que viven y mueren, de putas y de mujeres infieles.

En su voz potente y ronca las palabras dejaban de ser francesas para convertirse al esperanto que es la poes√≠a. Flu√≠an sobre la m√ļsica creando historias que hac√≠an vivir otras vidas.

Cuando cre√≠a que el poeta era insuperable, en la belleza de sus obras, volvi√≥ a sorprenderme. Se me mostr√≥ como un histri√≥n loco que con versos, aparentemente c√≥micos, me regalaba su visi√≥n cr√≠tica, √°cida y delirante de la vida. ‚ÄúLos burgueses son como los cerdos, cuanto m√°s viejos, m√°s bestias. Los burgueses son como los cerdos, cuanto m√°s viejos m√°s gilipollas‚ÄĚ.

‚ÄúLes bourgeois c'est comme les cochons‚ÄĚ sentenciaba.

Aunque como mejor se conoce a un poeta es leyéndolo, o en este caso escuchándolo, no resistí la tentación de saber que había sido de él.

Aunque hab√≠a pasado toda la noche conmigo, hac√≠a ya casi treinta a√Īos que hab√≠a muerto. Tras alcanzar la gloria art√≠stica hab√≠a escapado de los escenarios y solo grababa discos de estudio. Por eso solo hab√≠a podido verlo en grabaciones en blanco y negro de finales de los cincuenta y principios de los sesenta del siglo pasado.

Su huida lo llev√≥ a las Islas Marquesas donde pas√≥ sus √ļltimos a√Īos antes de morir, a los cincuenta a√Īos. Fue enterrado en el para√≠so polin√©sico y hoy descansa al lado del pintor Paul Gauguin. Un sitio digno de √©l.

Aunque quizás, quién sabe, no muriera y esté en el mismo sitio donde está Elvis o el gran Carlos Gardel. Allí donde los hombres mueren y se convierten en leyendas.

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