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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Fe en el pueblo

Francisco Arias Solís
Redacción
lunes, 4 de junio de 2007, 21:19 h (CET)
“Pero yo digo España, y lo mantengo
a raíz de corazón y a flor de labios,
porque la llevo dentro, porque soy España
por los cuatro costados;
porque me está naciendo de continuo,
endurecida y pobre, con trabajo,
donde se hace la rabia de quererla:
abajo.”


Victoriano Crémer

El análisis prospectivo del futuro inmediato no puede excluir el enjuiciamiento de las condiciones del presente. Es posible concretar, en alguna medida, previsiones a corto y medio plazo; pero asomarse al futuro lejano es pura fantasía. El horizonte no es una consecuencia histórica ni una deducción política, sino un acto de fe.

El político, si quiere permanecer fiel a sus ideas, habrá de poner su fe en la Historia y afrontar todos los riesgos, incluso el mismo fin de su carrera política. “Son las profundas tendencias de la historia -dijo Kennedy- y no las emociones pasajeras, las que moldearán nuestro porvenir”.

Pues bien, tener fe en la Historia es tener fe en el pueblo. Un político honesto no puede ser exclusivamente pragmático. Gobernar a espaldas del pueblo y sin su consenso, no sólo es básicamente inmoral sino que tampoco es eficaz por mucho tiempo. Tampoco es posible imponer a los pueblos y sociedades asépticas elaboraciones de gabinete. En síntesis, el futuro se forja, de acuerdo con las leyes dinámicas de la Historia pero en el interior de las sociedades y por ellas mismas, de tal forma que, cuando la elaboración responde al criterio del cuerpo social sobrevive la continuidad y, en otro caso la ruptura.

Carece de sentido, al teorizar sobre los fenómenos políticos, prescindir de la dinámica interna del cuerpo social, resultante de fuerzas individuales y de grupos. Las minorías rectoras no pueden seleccionar a su antojo los acontecimientos y ya es difícil tarea hacer coherente la trayectoria política con la traza histórica del conjunto social. En la frase de lord Avon, “política es el arte de dar forma a lo que ya es”. Hoy, como ayer y siempre, no hacen política las masas, pero sí los pueblos.

Sin embargo, el imperio de las masas, que criticaba Ortega, renace en las formas plebiscitarias que adopta la antigua tiranía, en gobiernos que no son minorías sino de oligarquía, donde no ejercen la autoridad los mejores sino los más fuertes. Eso no es democracia, porque la democracia significa más que propagandas para adular al ciudadano o técnicas electorales para engañar a poderosas masas de votantes. La democracia pone su fe en el pueblo y en su capacidad para elegir no los voceros más fieles, sino a los hombres capaces de desarrollar escrupulosamente su propio criterio.

Renace también el imperio de las masas en esa mentalidad paneconómica, hoy tan en boga, que mira displicente el liberalismo como una incómoda ingenuidad; olvidando con cuánta frecuencia los idealistas han transformado las estructuras sociales, en tanto los economistas han tenido que limitarse, siempre, a perfeccionar y asentar la obra de aquéllos. Karl Marx no habría cambiado el curso de la Historia sin la actividad de Lenin, Trotsky o Mao Tsé-tung. Una humanidad sumisa exclusivamente a lo económico sólo cabe en un cerebro electrónico, esto es, en un retrasado mental de gran velocidad. Tal concepción repugna a un ser humano cada día más consciente de su integración activa en una realidad comunitaria, cuyas posibilidades puede orientar. Y como dijo el poeta: “Te busco por la esperanza, / los recuerdos reanimando. / Y me contesta el silencio, / callando. / Silencio contra esperanza, / silencio helado de espanto. / ¡Muros de la patria mía, / callando!”

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