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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Los personalismos autocráticos en los partidos políticos

Miguel Massanet
lunes, 23 de febrero de 2015, 08:23 h (CET)
Los españoles asistimos, de un tiempo a esta parte, a un fenómeno que, sin duda, puede traer graves consecuencias para España y sus ciudadanos. Se trata de la exacerbación de los personalismos de algunos miembros de partidos políticos, que han llegado a pensar que el partido los pertenece y por ello, cualquier atisbo de oposición, cualquier intento de poner en cuestión sus actos o decisiones o cualquier disensión manifestada públicamente, se considera como una deslealtad “al partido”, una traición a la “doctrina oficial” centrada, naturalmente, en la que coincide con lo que les conviene y lo que, para ellos, debe ser un tema axiomático que no admite que nadie lo ponga en cuestión.

Es que, señores, se ha puesto de moda las expulsiones, en ocasiones precipitadas, de miembros capaces y útiles par el partido sólo por diferir de criterio con los que mandan. Lo peor es que cualquiera que haya sido expulsado, por las razones que fueren, tiene la tentación de convertirse, automáticamente, en un feroz adversario de aquella formación política de la que formó parte, en ocasiones durante muchos años. La segunda consecuencia suele ser la de intentar agrupar a los descontentos y formar un nuevo partido político del que, evidentemente, se constituye en su dirigente y ocupa el cargo de más responsabilidad y representatividad, rodeándose de aquellos acólitos que más tributo le rinden y de los que mejor se puede fiar de que no le van a segar la hierba bajo sus pies.

Recuerdo que, en otros tiempos, existían lo que, hoy en día, cada vez es más difícil encontrar en los cafés de nuestras ciudades, las “tertulias de ciudadanos” en las que, a diferencia de lo que suele suceder en los actuales tiempos, donde los deportes se han constituido prácticamente en monotemáticos, en otros tiempos se hablaba y se discutía, a veces acaloradamente, sobre temas de política; y donde era habitual el que se pontificase y se enmendase la plana con frases lapidarias a los gobernantes de cada época. Hoy la política se ha convertido en algo molesto, incómodo, poco o nada prestigiado y algo que suele ser, unánimemente, despachado con frases del tipo: ¿Políticos? ¡Todos son un hatajo de sinvergüenzas! Hoy los activistas o aquellos que desean destacar y saben que, con temas populistas y un poco de “pico”, es fácil rodearse de descontentos, resabiados, antisistemas, envidiosos y los que han guardado celosamente en su interior los rencores de la guerra civil, con los que salir a la calle a protestar, gritar, proferir insultos contra el Gobierno o las autoridades o contra el sistema y la normativa vigente, en la que siempre encuentran excusas para, si es preciso, incendiar contenedores o romper escaparates de comercios. Lo más preocupante es que, con estos métodos, en ocasiones consiguen chantajear a las autoridades.,

Estos “líderes”, para designarlos de alguna manera, siempre empiezan afirmando que no tienen ambiciones políticas y que se limitan a protestar para reivindicar trabajo, por ejemplo, o igualdad, un concepto vaporoso que con frecuencia suele abarcar significados plurivalentes según si se trata de los que la practican para beneficio del pueblo o aquellos que buscan algún beneficio económico o político con ella. Ejemplos los hay, como el caso de esta señora, Edda Colau, una activista catalana que se dio a conocer dirigiendo a una masa de descontentos con los desahucios por las hipotecas; una que siempre negó ninguna aspiración política y, como se podía esperar, al fin “alguien la convenció” de que formase un nuevo partido denominado “Barcelona comú” con el que, al parecer, según las encuestas, va a disputar su hegemonía a CIU y a ERC. No es la única, porque lo mismo les ha pasado al PP y al PSOE, en este caso fue con la defección de Rosa Díez, la fundadora de UPyD.

Los partidos tradicionales se han dado cuenta tarde del peligro de la atomización del voto que, esta cantidad de sucedáneos políticos, representa para sus posibles resultados en las urnas y ahora intentan, a cara de perro, acabar con ellos cuando, por desgracia, ya han conseguido una clientela considerable y son capaces de arrastrar a más votantes de los que a aquellos les convendría, a su retortero. IU parece que ya ha tirado la toalla y da la impresión de que, como “La bien pagá”, se ofrece al mejor postor para que la lleve a la cama, en este caso el favorecido parece ser el partido de los profesores de la UCM, conocido como Podemos que, no obstante, de momento se hace el interesante con el partido de Garzón.

¿Es este el funeral anunciado de los partidos tradicionales? Pues no me atrevería, en estos momentos, a formular una opinión; pero es tal el despiste de los ciudadanos, son tantas las ideas que se les han ido inculcando, incluso de tinte separatista y tan pocos los que se toman la política en serio, pensando que todo se reduce a desmontar lo hasta ahora está vigente, convencidos, con un simplismo peligroso, de que España no se ha sentida afectada por lo sucedido en el resto de Europa y por lo que nos ha llegado de América, de modo que prefieren dejarse convencer, por los nuevos flautistas de Hammelín, de que todo consiste en descabalgar a los partidos que han venido rigiendo los destinos de España, desde la llegada de la democracia, para sustituirlos por los que nunca han tenido responsabilidades de gobierno que, con sus nuevas ideas ( muchas de ellas procedentes del comunismo estaliniano); proponen un cambio radical de lo que ha sido un sistema democrático a otro de carácter totalitario, del que presumen van a salir beneficiados. En realidad, muchos tienen la pueril y primitiva idea de que se va a producir un cambio sustancial de roles, de manera que los ricos y poderosos actuales los sustituirán en la pobreza o medianía y, ellos, van a ser aupados a los puestos en los que la riqueza les va llegar a manos llenas. Cándida pretensión porque, como ocurre en Grecia, la riqueza huye de la inestabilidad política.

Lo cierto es que, con un desprecio absoluto respecto a lo que es posible y aceptando aquello que sólo se sustenta por los débiles hilos de la demagogia y falta de sentido común; son capaces de dejarse convencer por las teorías que defienden el aumento indefinido del gasto público, las subidas igualitarias de todos los salarios; el aumento del funcionariado público y la asunción de la economía por el Estado, tal y como tuvo lugar en los desprestigiados y obsoletos paraísos comunistas de antes del derrumbe del famoso Telón de Acero, cuyo final cualquiera que conoce la Historia de Europa, sabe a la perfección. Nadie se preocupa de averiguar de dónde va salir el dinero para poder sostener un régimen semejante; tampoco se habla de cómo, un país regido por el viejo sistema comunista, va a conseguir inversores que ayuden al desarrollo de sus industrias, que permitan modernizarlas y que se consiga una productividad que las permita competir con el resto de industrias del resto del mundo.

Curiosamente, son personas que presumen de su formación académica, individuos que se han permitido aplicar sus ideas en países que están al borde de la quiebra y partidos de financiación más que dudosa, los que se ofrecen para sacar al país de una supuesta pobreza ( en todo caso con un nivel de vida mil veces superior que el de las naciones en las que presumen haber actuado),sin que ninguno de ellos haya sido capaz de presentar un plan coherente de tipo económico en el que se consiga demostrar que, con otros métodos y con sistemas distintos, se consiga llegar al tipo de sociedad idílica que ellos prometen conseguir. A no ser que ellos consideren idílicas las sociedades venezolanas o las bolivianas que parecen o deberían conocer con detalle y que tan buenos “rendimientos” les ha venido reportando a algunos de sus dirigentes.

Lo malo de todos estos experimentos que se presentan como la piedra filosofal, capaz de acabar con todas las desigualdades e injusticias, asegurando el bienestar de todos los ciudadanos, cualesquiera fueran sus méritos y actitudes es que, cuando fracasan, cuando no dan resultado y se desmoronan, los primeros en notar los efectos y consecuencias son aquellos que, inocentemente, cayeron en sus redes. Lo peor es que, si se quiere regresar a la situación anterior, entonces se dan cuenta de que están atrapados en el cepo del totalitarismo comunista. O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, vemos con verdadera preocupación como los enemigos de la democracia avanzan en España.
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