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Etiquetas:   Cultura   Poesía   -   Sección:   Opinión

El director de esa orquesta que adorna nuestra humilde vida

Un poema de esther Videgain
Esther Videgain
@videgainesther
lunes, 23 de febrero de 2015, 08:16 h (CET)
Se mueve al compás,
la batuta del director de aquella orquesta de nuestra vida,
las flautas tocan el lamento del alma, los violines incrementan el sufrimiento de nuestro ser.

Se mueve al compás,
la batuta del director del actual sino da paso al solo de nuestro tormento,
es el violonchelo, le acompasan los timbales y los triángulos del dulce metal mágico, aquellos sonidos del unísono porvenir.

Un, dos, tres... cambio drástico del ritmo,
queda en suspense la sala, el silencio de unos segundos,
la melodía se torna presto...

Se mueve al compás,
la batuta del director manda otro largo mute,
el sonido casi vacío de la calma del sosiego tan necesario hoy.

Se mueve al compás,
la batuta del director marca en su atril el tempo allegro fuerte,
en sus pentagramas, todos tienen los sostenidos que incrementan el entusiasmo furtivo y polizón en el equipaje del mañana.

Se mueve al compás,
la batuta del director de la decadencia de este día turbio,
todos cambian el sonido hacia el bemol de la derrota y del cansado largo débil y triste mirar.

El primer instrumento, la flauta de Jordi, hace el solo de su vida,
el mejor que se haya oído en mucho tiempo en aquella vieja sala de conciertos,
las luces se bajan para acompañar su dulce melodía, las notas vuelan por el ambiente, en las almas, paz y alegría.

El flautista mira con recelo al director, es alto y fuerte, Antonio se llama...
en su cansada retina, muchos premios en su dura caminata de la profesión de su espíritu,
el triunfo y el éxito tan merecido y tan caro. Aquéllos que no le dejan más que malvivir sin el cariño de sus días.

Jordi, apenas tiene trofeos para la música y el esfuerzo de sus entrañas,
añora el puesto de su amo musical, la envidia se torna de sana al podrido de su tardía venganza,
llega a su mente enferma, la codicia y el deseo de los bis ajenos.

Se mueve al compás,
la batuta de Antonio y la dulce flauta de Jordi... divino soneto en solitario,
la música envuelve el ambiente de los asistentes amantes de la clásica de aquellos tiempos tan lejanos.

Se mueve al compás,
la batuta del director invita a los instrumentos a tocar un tempo débil,
la marcha se queda lenta en su espera, preciosa pero melancólica melodía.

Termina ya el concierto en un hoy cualquiera,
gran ovación de aplausos sentidos por las manos que acarician tan grata gratitud,
el público sobre el pie de la fama... el alabado es el gran Antonio, el director de los instrumentos de esas melodías largo, vivace y prestissimo.

Antonio señala a Jordi, la principal nota de los pentagramas de nuestros sentimientos,
de aquel pasado y de este hoy con miras del mañana, pide un aplauso para él,
se levanta el flautista, el gran entusiasmo de ese engaño en el segundo plano de la batuta de aquel hombre alto y fuerte.

Para sus compañeros, las sobras del éxito compartido, a los segundos y terceros instrumentos,
y a las otras notas que llenan la jerarquía de la música del corazón,
mañana se bajará el telón... es el día del descanso y meditación del triunfo o de aquella música del fracaso.

Se mueve al compás,
la batuta de otro director da el comienzo, Antonio falleció ayer por la noche,
marcó el fin de la exitosa orquesta, las notas hoy salen con sonido fúnebre, sin el pentagrama del gran maestro...

Nada que ver... los instrumentos están muertos en vida,
el público se retira lentamente de sus butacas,
el allegro tan solo es un tempo adagio, en los asistentes, el ritmo es el falso fuerte plagio de Antonio.

Se mueve al compás,
Jordi, el flautista tenebroso, hace un solo, la música del futuro incierto y condenado antes de la sentencia,
aquel juicio oral se fue perdiendo y su flauta terminó ahogándose en sus propias lágrimas.

Fue sustituido por otro instrumento de viento amigo del nefasto director,
Jordi cayó en la decadencia de su rencor y esa envidia insana,
aquella de querer vivir cien vidas ajenas añorando el triunfo sin saborear el amargo esfuerzo del sufrimiento.

Se mueve al compás,
la batuta del nuevo director, la orquesta huérfana empieza su triste son de luto hacia una muerte segura,
sin el maestro Antonio, el telón cerrará para siempre tantos momentos de la clásica del futuro.

Nunca Jordi, el primer instrumento,
fue nada sin el señor alto y fuerte... Antonio se llamaba,
el director de la ovación que clamaba el éxito de las estrellas de la música.

Las malas envidias y los celos de la codicia de querer ser aquél que no se es...
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