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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

Relaciones turbulentas

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
domingo, 3 de junio de 2007, 20:49 h (CET)
Nos quejamos a diario de las múltiples convivencias tormentosas en los diferentes sectores sociales. Generan un buen número de CRISPACIONES, por la confrontación y los roces de fácil provocación. Sus intensidades menores pasan más desapercibidas, se diluyen en el fárrago cotidiano, prestándose a un olvido de consecuencias nefastas, se agravan en no pocas ocasiones. Sobre las de mayor intensidad no será preciso abundar en demasía, ¡Son tan evidentes las trifulcas que brotan por doquier! Más tarde lamentamos sus repercusiones, da la impresión de que no se pudo hacer nada, es algo que sucedió, puro pasado. Emponzoñan esas relaciones de unos con otros, hasta el punto indeseable de que se alcance un encono importante y se culmine con la violencia. Desde los trastazos más crueles e injustificados, a las violencias económicas, psicológicas y abusos inconcebibles. ¿En qué medida somos todos cómplices?

¡Ah! La hora de las pretendidas explicaciones es sugestiva, también enriquecedora dadas sus aportaciones. Lo dicho no impide catalogarla como ampliamente frustrante a la vez, ya que son tantos los misterios, que las carencias apabullan. ¿Cuántas teorías?¿Cuántas pretendidas evidencias? Unos argumentos nos mueven por los caminos de la fisiología, estamos constituidos por unas determinadas características conducentes a los contrastes y refriegas. Los más conductistas abogan por achacar las causas a la inadaptación. El lenguaje y otras formas de entablar conocimiento tendrían relación con esas confrontaciones. La lista sigue con sociologías, estadísticas u otras técnicas muy sofisticadas. Con enormes conocimientos en un plato de la balanza y las turbulencias en la otra, se pone de manifiesto un gran HIATO INEXPLICABLE. Impresiona la riqueza de matices de la persona humana en acción, se estudian cada día mejor; quizá por eso, como contrapunto, seamos más conscientes del fondo inabarcable.

Contribuyen a esas oscuridades, las influencias extrañas al individuo, sus propias características, así como la actuación aislada o en grupo. Sólo podremos bosquejar algunas tramas de estos funcionamientos, conforman una auténtica URDIMBRE. Está la carga de los hechos como realidad del presente, más o menos insoslayable; por de pronto son muchos y de fuerzas muy complejas. Tampoco podemos prescindir de tantos tipos de emociones como abundan en la sensibilidad de las personas. Actitudes más bonachonas, como el afecto, la confianza, la benevolencia, la beneficiencia, el respeto o la amistad. Y pujan con fuerza inusitada otras, los odios, miedos, pesares, maledicencias o puras malicias. Si incluimos el azar, observaremos como se agranda el hiato de lo inefable.

¿Siempre son buenas las emociones o actitudes positivas, las placenteras, las benefactoras? Lo que es bueno en el día de hoy, puede transformase en abominable mañana. Esas TRANSFORMACIONES mueven el suelo bajo nuestros pies, los puntos de apoyo desaparecen y crece la inestabilidad. Hasta las divinidades más conspicuas (Egipto, Grecia, Roma, Oriente, Occidente), amortiguan sus invectivas con el transcurso del tiempo, dan paso a otras relaciones con los dioses. La rutina contribuye sobremanera al reblandecimiento de las mencionadas virtudes y emociones positivas, llegan a desdibujarse; lo que fuera una actitud religiosa o social reconfortante, va degenerando. Y así otras actividades.

En contra de unas confrontaciones menos violentas, emponzoñando de forma manifiesta el ambiente, se significan con fuerza las numerosas INTERFERENCIAS. Su mecanismo e intensidad difieren de unos casos a otros. El trabajo, el paro... o los trabajos miserables y precarios, propician estallidos. La azuzante maquinaria de unas estructuras estatales indiferentes para los matices y las valoraciones, permisiva con los dislates; ejerce como un factor importante de desorientación. La progresiva desconexión de unos con otros, y por ello, desconocimiento radical hacia los demás, van en la misma línea. ¿Cómo digerir las interferencias?¿Nos preocupamos socialmente de estudiarlas a fondo? ¿Quién dispondrá del suficiente criterio y capacidad para ello?

Afirmaciones no faltan, presunciones rumbosas tampoco, ni tan siquiera escasean los engolados dictámenes de evidencias que no son tales, sólo engañosas apariencias. Si escarbamos en ese mundillo, salen a la circulación una increíble proliferación de INCERTIDUMBRES. Aún en los estudios serios sobre los comportamientos, como sucede en uno reciente de Knobloch y colaboradores, en la Universidad de Illinois, percibimos la gran dificultad para la obtención de mediciones precisas de estos parámetros. ¿Cómo medir el miedo?¿Los celos?¿La amistad?¿La ira? ¡No hay propiamente tales mediciones! Contentos estaremos si se alcanzan buenas apreciaciones, sólo cualitativas. Apenas si alcanzamos una mera aproximación; olvidaremos, por exigencia del guión, aquellas partes del iceberg sumergidas, inalcanzables en su mayor parte. Si sumamos lo referido hasta ahora, no es lo peor el desconocimiento, sino la posibilidad de dar pábulo a falacias, tergiversaciones, mentiras; y lo que sería terrible, manipulaciones interesadas de finales temidos.

No se vislumbran ordenamientos firmes, la firmeza excesiva supone una COERCIÓN con dos graves consecuencias, es imposible y anula las decisiones éticas y morales de los intervinientes. Quien señala la decisión es la estructura o el personaje opresor. ¿De quién será la responsabilidad? Esa dilución, esa desviación, se observa a diario; responsable el sistema. Sin embargo, es inútil el intento de escape, disfrutamos o sufrimos de una esencia turbulenta, de apariencia caótica e imprevisible. Los remansos de ese río son muy escasos. Por si tuviéramos alguna duda, basta con un vistazo a esas intuiciones cuánticas de profundidades insondables, que no sólo son del gran cosmos, las portamos también en nuestras células. Sus resultados están sometidos a tan variados condicionantes que convierten en perennes a las turbulencias.

¿Cómo seriamos capaces de aminorar ese agujero negro donde desaparecen las explicaciones? O, planteado más audazmente, ¿Cuál puede ser la intervención aliviadora?¡No hay respuesta mágica! No es la frivolidad, la falta de criterios o la pereza, el argumento más convincente para esa lucha; sobre todo, la cuestión personal se convierte en insoslayable, no se puede escurrir uno de los asuntos cruciales. La dedicación, el estudio y la formación cultural, debieran consolidarse como un estandarte glorioso para disfrutar, ahora sí, de esa bendita inestablidad diferenciadora que favorece los empeños y logros de cada persona. Las respuestas abreviadas son preocupantes.

O es inestable, laborioso y personal; o es un ente sin ninguna moral. Sin una decisión individual, ¿Qué será eso de moralidad y ética?

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