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Etiquetas:   La linterna de diógenes   -   Sección:   Opinión

Humor y política

“No se tome la vida demasiado en serio: Nunca saldrá vivo de ella” Elbert Hubbart
Luis del Palacio
viernes, 20 de febrero de 2015, 09:03 h (CET)
Uno se harta de hablar siempre de lo mismo y de escuchar que otros repiten lo que otros repiten en un perpetuum mobile que recuerda al pesado zumbido de un moscardón; algo de lo que nos podemos librar con un certero zapatillazo (Bautista, el eterno mayordomo, se encargará después de recoger los restos de la tragedia).

Recuerdo que cuando no había política en España, me refiero a los tiempos de Franco que me tocó vivir en sus postrimerías, todo parecía (sic: “parecía”) una balsa de aceite. La vida española era de una uniformidad tan absoluta que sólo el viaje de un ministro tecnócrata a la Feria de Muestras de Frankfurt o alguna excentricidad de Fraga Iribarne era noticia y animaba algo la cosa. En el NODO –algo aburrídisimo para un niño de diez años cuando iba al cine con sus padres- se hablaba de todo aquello, junto con otras interesantes informaciones sobre cómo el Caudillo había disfrutado de la pesca del salmón en algún río asturiano o de unas merecidas vacaciones en Meirás.

Alfonso Paso era el autor de moda entre los amantes de la comedia teatral y Gento y Pirri eran los ídolos del fútbol (al que algunos, entre ellos mi abuelo paterno, se obstinaban en llamar todavía “balompié”)... A Antonio Bienvenida -que fue un señor y a decir de los entendidos en lo que por entonces se llamaba “la fiesta nacional”, un gran torero- aún no le había corneado una puñetera vaquilla. Alfredo Landa, lejos entonces de revelarse como el gran actor que luego fue, encarnaba papeles de paleto salidorro, obsesionado con las suecas que venían a solazarse en nuestras playas. La España del tintorro, la paella, la siesta, el seiscientos, los nazarenos, Lola Flores, Marbella, los collares de doña Carmen, el Cordobés, Ava Gardner, los tricornios y los velos de las señoras en misa de doce era “exótica” para los de fuera, pero terriblemente previsible y coñazo para los de dentro.

Era difícil criticar al establishment porque existía la censura; pero había algún modo de atravesar aquella larga y monótona travesía existencial con humor. “La Codorníz” (según rezaba en su cabecera “la revista más audaz para el lector más inteligente”) colaba mofas al sistema de una manera que era al mismo tiempo sutil e implacable. Dibujantes y autores como Tono, Enrique Herreros, Serafín, Mihura, Álvaro de Laiglesia etc. supieron decir cosas que a otros, sin su maestría, les habrían llevado ante el temido T.O.P. (Tribunal de Orden Público) En esa misma nómina sería injusto olvidar el surrealismo corrosivo de Tip y Coll o la retranca algo nostálgica de Gila.

Tiempo pasado.
El humor, salvo algunas excepciones, ya no es esa burla fina de antaño (“Camarero, ¿dónde está el filete?, pregunta indignado el cliente de un restaurante “Debajo de la patata frita, señor”, aclara el impertérrito camarero. Chiste inocente de Tono que haría hoy cavilar a los aficionados a “El Bulli” y a las “desestructuraciones gastronómicas” de Ferrián Adriá y otros falsos profetas de los fogones).

El humor en general no se concibe sin alusiones genitourinarias y el humor político suele limitarse a una simple y patosa imitación de los personajillos de “la casta”.

Ya no existen revistas como “La Codorníz” (no me digan que “El jueves” es su heredera porque les remito al párrafo anterior) Y para colmo, si alguno de los tertulianos de cualquiera de los innumerables debates políticos con que nos machacan las televisiones, recurre a la ironía, el presentador-morderador de turno le dirá que lo deje, ya que ella no se entiende a través de las ondas herzianas...

Llamar “don Pantuflo” a un periodista que te critica (en facilona alusión a unas patillas que pueden recordar a las del padre de Zipi y Zape) es el sumun del ingenio que cabe esperar de un ambicioso político que aspira a que, como el venezolano presidente, escuchemos embobados “el cant dels ocels” (no el que interpretaba Pablo Casals al violonchelo, sino otro que recuerda más al aleteo del moscardón).

Y esto, como otras tantas cosas, no puede afrontarse sin buenas dosis de humor (aunque, sin duda, el zapatillazo pueda venir después).
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