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Etiquetas:   Nueva economía   -   Sección:   Opinión

La Bolsa y la Vida

Diego Urioste

domingo, 3 de junio de 2007, 01:54 h (CET)
Según Zapatero el 2006 fue “el mejor año económico de la democracia”. Los datos crecientes de los grandes indicadores macroeconómicos le acompañan: el Producto Interior Bruto (PIB) no ha dejado de crecer, la Bolsa alcanza records históricos y las principales empresas españolas han conseguido en el primer trimestre más de 11.000 millones de beneficios.

Sin embargo, según la Confederación de Consumidores y Usuarios (CECU) el 55% de la población reconoce tener dificultades para llegar a fin de mes. El ahorro familiar se estanca y más del 60% de las familias no consiguen ahorrar nada. Los precios de los productos y servicios básicos se han encarecido drásticamente: la luz subió un 2,8%, la telefonía un 2%, los transportes un 3,7% etc.

La ministra María Antonia Trujillo sin embargo se muestra optimista, lo cual es más que preocupante. Según el Indicador Laboral de Comunidades Autónomas (IESE), el valor del salario medio se encuentra en el mismo nivel que en 1997. Un estancamiento laboral que debería alarmar al Ministerio de Trabajo y a todos los agentes sociales, que parecen dormidos en la inopia de su propia inoperancia.

Mientras España se sitúa en el quinto puesto de Europa en crecimiento interior, el poder adquisitivo español se sitúa en el puesto trece. Según el indicador de desigualdad, España se sitúa como la tercera en mayor desigualdad de distribución de la renta. Un indicador que se calcula dividiendo el número de veces que la riqueza del 20% de la población supera a la del 20% más pobre. La diferencia española es de 5,5 veces, una muestra de la desigualdad creciente entre el crecimiento económico del país y el estancamiento y retroceso económico y social de los ciudadanos que lo habitan.

Esta semana la Bolsa española y las principales europeas cerraron con ganancias históricas. El valor de las empresas sigue inflándose y la especulación con el valor de sus acciones estimula cada vez más a los inversores. Sin embargo son valores irreales; una burbuja bursátil que, al igual que la inmobiliaria, se basa en precios y ganancias que no se sustentan en la realidad. La productividad, eficiencia y beneficios tras pérdidas y ganancias, indicadores reales del crecimiento de las empresas, han sido relegados en los análisis económicos por el del precio de las acciones. Un peligroso juego que puede acabar –como ya pasase en el pasado- en una crisis especulativa profunda.

Especulación que ha sumido a las familias españolas en una crisis real y peligrosa. El sustento económico real de un país, sus ciudadanos, tiene cada vez más restringido su poder adquisitivo. A largo plazo su endeudamiento y empobrecimiento repercutirá directamente en las empresas españolas; será entonces cuando el empresariado y el gobierno empiecen a preocuparse de verdad por la salud económica de los españoles. Demasiado tarde.

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