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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Salir a la palestra

Helena Trujillo Luque
Redacción
sábado, 2 de junio de 2007, 08:37 h (CET)
Por fin llegaron y pasaron las elecciones, ahora queda formar los equipos de gobierno y, para ello, serán necesarios los pactos en muchos municipios. Esa palabra que tanto usamos los psicoanalistas y que suena tan pacífica, en este caso puede dar más de un quebradero de cabeza. Los medios de comunicación se ocupan de tenernos al tanto de estos “matrimonios de conveniencia” pero a veces, resulta escandaloso el afán de poder que muestran algunos políticos. Muchos se olvidan de todo lo que criticaron al adversario y ahora se alían con tal de ostentar un cargo en el Ayuntamiento. Nuevamente los ciudadanos somos los que quedamos defraudados, una vez más, por la política.

Si ya dije en alguna ocasión que ningún Estado ni político se ocupaba del bienestar de los ciudadanos, por más que esta fuera su bandera electoral, se demuestra nuevamente que cada uno tiene que “buscarse las habichuelas” para alcanzar el camino de la felicidad, de la salud, incluso del dinero. Espero y deseo, ya que aún estamos a tiempo, que nuestros políticos aprendan de los errores, que por humanos todos cometemos, y trabajen para que tengamos unos municipios mejor organizados, donde prime la convivencia y la calidad de vida, y donde la economía sea un medio de vida, no un objetivo.

Encuentro cada día ejemplos de personas que se venden al mejor postor: sacrifico mi vida por estar junto a mi pareja, tomo pastillas para calmar mi ansiedad, busco un trabajo que no me complique la vida, etc…Pero tengo que decir que la experiencia me demuestra que el camino fácil nunca es el mejor camino, a la larga uno se arrepiente. Como dijo el poeta José Martí “la felicidad sólo puede hallarse en el camino del trabajo” y por esta filosofía que asumo les digo que elijan bien, el pan para hoy será hambre para mañana, mejor elegir el camino del trabajo y hacernos trabajadores, mejor hacer las cosas bien, aunque impliquen un esfuerzo. En el terreno de la política, de las relaciones personales o hasta de la propia salud, ténganlo claro: LO BARATO SALE CARO.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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