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Etiquetas:   Al aire libre   -   Sección:   Opinión

Peter Pan está triste

Pascual Falces
Pascual Falces
sábado, 2 de junio de 2007, 08:17 h (CET)
Érase una vez... (aunque esto no es un cuento) en que el principal periódico de Guatemala, daba la siguiente noticia: “Matan a niño de la calle y fue hallado dentro de un costal en la zona 9 de la Capital; el cuerpo de Oscar García López, de 12 años, fue localizado ayer a las 7:30 a.m. dentro de un costal (saco) y con un balazo en la cabeza en un estacionamiento de autobuses. Un hombre que se dedica a lavar los vehículos, vio el costal junto al arriate (Recuadro acotado en un jardín o patio, donde hay flores plantadas). Se acercó y se sorprendió al observar que en el interior había un cadáver; se presume que le que le dispararon en ese mismo lugar. El cuerpo tenía múltiples golpes, señales de tortura y laceraciones en los brazos, y el hecho pudo haber ocurrido unas 12 horas antes. El año pasado se habían registrado otros asesinatos de los denominados “niños de la calle”. No hacía mucho, poco antes de Navidad, unos desconocidos dispararon contra varios jóvenes que permanecían en un inmueble deshabitado de la zona 4.

Desgraciadamente cuanto sucede en la cotidiana forma de sobrevivir ¿quién tiene valor para llamar a eso “vivir”... lo de los niños “de la calle”?... ni es noticia, porque son millares los que pueblan las ciudades, en unos países más que en otros. Pero, Peter Pan, despachando frente a su ordenador –está al día, y siempre on-line-, se encolerizó al leer todo aquello y con razón. En el libro de James M. Barrie editado en 1904, y donde este personaje nació entre brumas de fantasía y humanismo -antes de que Walt Disney lo almibarase y lo trasformara en un suculento negocio-, se le reconoce como ocupación la de recoger a los niños abandonados “tras haberse caído de sus cochecitos”. Luego, como precursor de la tarea que se impuso Teresa de Calcuta, los trasladaba a la Isla de Nunca Jamás, donde cuidaba de ellos; allí vivían, comían (tres veces al día, como quiere Lula Da Silva que hagan todos los habitantes de Brasil), y divertidos, dormían felices, padeciendo tan sólo las aventuras de los obtusos piratas dirigidos por el desalmado Capitán Garfio, que por lo que se ve, también circula a sus anchas y “orgulloso” de sus hazañas, por las calles de Ciudad Guatemala.

Peter Pan también leyó al día siguiente, en que todavía le duraba la irritación, que “los niños con baja autoestima son víctimas de agresiones por parte de sus compañeros” según asegura el diario La Opinión de Los Ángeles, Ca. (USA). Era a propósito de un tal Carlos, en quinto de primaria, que, por las mañanas, cuando su madre va a levantarlo, se queja de dolor de estómago y le pide que no lo lleve a la escuela, pero ella le responde: “¡Qué dolor, ni qué dolor! Lo que pasa es que eres un flojo; tienes que ir a clase”, pero el niño no lo desea por razones más poderosas, como p.e. el miedo a sus compañeros. Dice también, “La Opi” -como se le conoce entre los millones de hispanos que viven en California-: “Los motivos por lo que los niños actúan contra otros pueden ser varios; personalidad agresiva combinada con fuerza física y un ambiente permisivo o unos padres castigadores que llegan al maltrato; los niños adoptan ese patrón de conducta para llevar a cabo sus deseos”. “Estos pequeños, parece ser, cuentan con una autoestima baja. Cuando alguien no se valora como persona, se enfrenta a la vida con temor e impotencia y se convierte fácilmente en víctima. Una autoestima fuerte es el medio que permite ser más humanos, saludables y felices, crear buenas relaciones y ser individuos adecuados, eficaces y responsables. Cuando una persona se quiere y se valora no hace nada que pueda lastimar, devaluar o destruir su persona o la de los demás. Por ejemplo, quien se quiere a sí mismo no va a permitir que nadie lo maltrate física ni emocionalmente, como tampoco se haría daño con drogas o con lo que pueda perjudicarle. No sólo las personas que se ven agredidas cuentan con una baja autoestima, sino también aquellas que agreden; no han aprendido a valorar a los demás porque no se valoran a sí mismas como seres humanos. Los padres deben estar pendientes de la conducta de sus hijos y de cualquier cambio. Es preciso demostrar el amor que se siente por ellos, para que se sientan confiados y puedan enfrentar todas las dificultades que la vida le vaya presentando”.

¡Carajo!... exclamó Peter. ¡Lo tremendamente diferente que resulta nacer y vivir en Guatemala, o en Los Angeles!... Así meditaba ensimismado mientras Campanilla revoloteaba a su alrededor, y Wendy preparaba la cena de los niños de Nunca Jamás, y disponía el baño para antes de que se fueran a dormir. Garfio y sus secuaces, seguro que seguían sintiendo absoluto desprecio por la vida humana. ¡Cómo no lo iban a sentir por Oscar García López, de 12 años, indefenso, solitario y hambriento... además de travieso! Peter se acordó del capitán Garfio y de su madre, e inició otro de sus espaciales desplazamientos con no se sabe cuál destino.

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