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Pesadilla yihadista

José Manuel López García
lunes, 16 de febrero de 2015, 08:15 h (CET)
Parece que los ataques yihadistas no tienen fin, y se suceden en distintos países europeos. El atentado en Copenhague que ha causado dos muertos es otra muestra más de barbarie y horror.

El estado de alarma generalizada que se está creando ha hecho que, por ejemplo, en la ciudad alemana de Braunschweig se suspenda el desfile de carnaval por temor a una posible acción terrorista.

Esto puede traducirse en una especie de temor general y de desconfianza. Parece que vamos hacia una sociedad cada vez con más vigilancia y control hasta extremos, difícilmente, aceptables.

La matanza de 21 cristianos coptos, a manos de la rama libia del Estado Islámico, revive una especie de guerra santa característica del medievo. Los motivos de venganza ante el supuesto secuestro y muerte previa de dos mujeres coptas no justifican, de ninguna manera, el uso de esta salvaje violencia asesinando, cruelmente, vidas inocentes.

Porque la pasión de la venganza nunca está justificada, y esto no quieren entenderlo los que se mueven en grupos fundamentalistas que enarbolan la bandera de un fanatismo irracional, y sin cordura.

Además la guerra religiosa en la que está instalado el yihadismo es una muestra del primitivismo, y la falta de reflexión de los fanáticos, que quieren imponer el miedo a los que no piensan igual que ellos.

Que ataquen a los cristianos diciendo que son el pueblo de la cruz es una barbaridad. Ya que el amor universal y la compasión que representa el sacrificio de Jesús, es contrario a la violencia que practican los que rechazan el símbolo de la cruz.

Los lobos solitarios pueden poner en suspenso la tranquilidad de la población europea. Y si a esto añadimos las personas bomba el temor puede extenderse más todavía. Y que se tengan hijos para que puedan ponerse cinturones explosivos en las familias de yihadistas fanáticos y de extremistas islámicos es terrible, y da una idea del odio que se puede acumular, y de los daños irreparables que puede causar.

Porque el fanatismo puede no tener medida. Es verdad que las fuerzas del orden son profesionales, y saben realizar muy bien su labor de protección, pero esto no garantiza la seguridad absoluta.

Hasta ahora los atentados son hechos puntuales, y con pocos yihadistas, porque si aumentaran en número, la situación quizás podría llegar a ser, prácticamente, incontrolable. No es extraño que el mismo Obama haya pedido autorización o permiso al Congreso para poder intervenir, militarmente, contra el Estado Islámico, ya que es lo más efectivo para obtener buenos resultados.

Si se siguen dando largas a este asunto del yihadismo y del Estado Islámico, el mundo occidental corre el riesgo de que aumente mucho el número de terroristas y, por tanto, el riesgo de atentados puede crecer.

También es cierto que gracias al extraordinario trabajo de investigación de las fuerzas de seguridad e inteligencia de nuestro país, se han abortado posibles intentos de atentado.

Pero si este estado fanático capta muchos más hombres y mujeres dispuestos a la venganza, despreciando su propia vida, y asesinando salvajemente, las consecuencias pueden ser catastróficas en unos años para Europa, que es lo más cercano para ellos.

El futuro está ante nosotros, y no podemos saber lo que sucederá. Lo que sí parece, es que la paciencia y perseverancia de los yihadistas puede ser un peligro, a tener en cuenta, en los próximos decenios.

Por tanto, lo más apropiado, probablemente, sería iniciar acciones militares de gran envergadura contra el Estado Islámico para frenar de raíz su crecimiento y expansión. Y las podría realizar Estados Unidos con su poderío militar y tecnológico. La única garantía de paz sería su desaparición como entidad política y militar, y también la de Al Qaeda, Boko Haram, y otros grupos extremistas islámicos.
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