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Ganó la abstención

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
jueves, 31 de mayo de 2007, 21:47 h (CET)
Esta mañana al salir a la calle lo primero que han visto mis ojos han sido los mismos “caretos” que durante toda la campaña electoral han estado rogando nuestro voto colgados, cual nuevos frutos primaverales, en las farolas callejeras. Inasequibles al desaliento y con el mismo rictus de aburrimiento de días anteriores los políticos habituales seguían mirándome desde la altura y la prepotencia. El 27-M había pasado para todos ellos con más pena que gloria pero al llegar a la barra del bar donde desayuno cada mañana y ojear los periódicos los ojos se me salían de las órbitas, todos habían ganado.

En los resultados electorales las matemáticas tienen poco predicamento, todos suman y nadie resta. Todos encuentran una excusa para decir que son los triunfadores de la contienda electoral. Unos han ganado por número de votos pero los otros tienen más concejales, y mientras los unos se regodean en victoria por goleada en la capital de España los otros brincan de alegría al ver que el recurso a la “españolidad” de Navarra y la agitación diaria del espantajo terrorista no le han servido de mucho al contrincante.

¿Y el pueblo qué? Esto se preguntaba hace muchos años, cuando aun no se tenía la sana costumbre de votar, el grupo LA TRINCA, la respuesta era clara y contundente: “al pueblo que le den ….. xuviduviduvidu” Y en esas andamos todavía, cada vez más parece que el dedicarse a la política sea más una profesión, muy bien remunerada por cierto, que una vocación de servicio a los demás. Cuando más de un 50 % de los electores, caso de Catalunya entre otros, prefiere la playa o la montaña, o, simplemente, quedarse en casa o apoltronarse en la barra del bar discutiendo con los amigos sobre el futuro de la Liga futbolera algo grave está sucediendo. Nos costó sangre, sudor, lagrimas y algún muerto y que el viejo general muriera en su cama, el poder ir a votar y ahora no podemos hacer de ello un ejercicio de aburrimiento.

Mientras los políticos, todos, afirman haber ganado quien en realidad ha vencido en esta lucha electoral ha sido la abstención y es hora ya que las direcciones de todos los partidos comiencen a hacer un ejercicio de humildad y realidad entonando un “mea culpa” colectivo.

Esta visto que a los ciudadanos les interesa más bien poco esa lucha diaria por el poder entre gaviotas que cojean del ala derecha y rosas marchitas. Sus dimes y diretes por ver quien la tiene más larga no dan solución a nuestros problemas del día a día, y aunque con Aznar “España iba bien” y con Zapatero la renta media ha aumentado, dicen que un 18 %, aun son muchos los españoles a los que les cuesta llegar a fin de mes, aun son muchos los niños cuyas aulas son tristes barracones llenos de goteras y aun son muchos los ancianos que, día a día, van dejando retazos de su vida encerrados en tristes habitaciones sin que existan unos servicios sociales que les atiendan en su solitaria decadencia.

Eso si, algunos de los ciudadanos que hicieron el esfuerzo de ir a las urnas optaron, sobre todo en Valencia, por la alharaca y el boato, primaron los grandes eventos y las posibles carreras de F-1 por el centro de la ciudad contra la necesidad de crear una ciudad sostenible y para todos, no sólo para unos cuantos privilegiados. Los partidos de izquierda fueron abandonados por sus votantes, especialmente en Madrid y Valencia, y ello debe servir de reflexión a sus cúpulas dirigentes. Las clases medias, ese gran vivero de votos, quieren identificarse con aquellos que ocupan un escalón superior y la mejor manera de hacerlo es votar con ellos. La clase obrera firmó su defunción con el auge de las hipotecas y la segunda residencia.

Ganó la abstención y con ello perdimos todos. Se hace necesaria una reforma de la Ley electoral con listas abiertas que propicien un acercamiento entre el político y sus electores. Una ley que de a los votantes la posibilidad de elegir a quien ellos consideren más apto y no, como ahora ocurre, a aquellos que los “aparatos” de los partidos elijan en función de su docilidad al mando.

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