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Globalización como antídoto

Pascual Falces
Pascual Falces
jueves, 31 de mayo de 2007, 21:47 h (CET)
El “ojo avizor” de esta venteada columna, en el único y desinteresado afán de contribuir al buen orden de los asuntos nacionales -revueltos como andan-, para bien del español –universal de siempre-, y que tan atareado anda en sus honestos quehaceres, ha caído en cuenta de cuan arrinconado se encuentra lo que es el signo y novedad de nuestro tiempo.

Escribe Carlos Fuentes –algún día Nóbel mejicano-, que “la economía se globaliza, pero no la política”. También sostiene que la economía puede ser global, pero la política es local. Desafortunadamente, las políticas que sostienen la globalización, en efecto, son frágiles. En su mayoría han surgido a remolque del hecho -no recién descubierto-, de que la humanidad es un pueblo, y habita en un sólo planeta. Que el mundo es redondo ya se comprobó con el viaje circundante de Juan Sebastián Elcano en el S. XVI. Del mismo modo, en estos días, los conflictos bélicos se confrontan en, y desde, cualquier parte del globo, y las multinacionales intentan obtener beneficios de esta “novedad”.

Quiérase con mayor o menor gusto, la globalización es un hecho que lleva un buen trecho recorrido. Lo “exótico” ya no es extraño, sino familiar. No hace mucho fue noticia la invasión registrada en el valle del río Ebro de un molusco de origen asiático que tan ricamente se desarrolla lejos de su China natal. Entrar a tomar café en un bar madrileño, es ocasión de encontrarse con individuos si no de los cinco continentes, de tres o cuatro.

Al pensamiento global que nos invade, las mentes pueblerinas con pretensión aleccionadora, lo consideran un ataque en toda regla a la libertad de pensamiento y a los intereses de los individuos. Esto se llama ir a contracorriente, algo que todo ser pequeño quiere hacer aunque sólo sea por llamar la atención. A diferencia de la pequeña estatura física, que tiende a ser humilde, el enanismo mental suele ser soberbio e intolerante con sus congéneres de mayor amplitud. Alguno de ellos ha llegado a afirmar que el pensamiento global es “paralizante” (La Vanguardia, 27-05-07).

Como, también, consideran un peligro “pensar globalmente y actuar localmente”. ¿Qué otra cosa hacía el hombre, en sus orígenes, cuando caminaba a la ventura en busca del fuego? Fuego para calentarse, para cocinar los alimentos, o para alumbrarse, y para defenderse. Y emprendió muy arriesgadas caminatas para encontrarlo, recorriendo lo que, entonces, era su pequeño entorno.

Al pensamiento global hay que añadir la libertad de pensar cada uno por su cuenta. La singularidad no es contrapuesta a la totalidad sino que, por definición, forma parte de ella. Los problemas que ensucian la globalización provienen del mismo lugar que los de la política a cualquier otra escala. Porque, quienes manejan el cotarro mundial no se mueven por nuevos intereses, sino por los más viejos del mundo, los suyos propios. Sirviéndose de lo globalizado, se frotan las manos con la intención de aumentar sus beneficios. Así es, como, se ha establecido la percepción de que la mundialización va en contra de las mayorías menos desarrolladas.

Por el contrario, “pensar localmente para actuar globalmente” conduce a desorbitar los intereses locales, algo tan nefasto y equiparable como lo anterior. Más, como siempre, la virtud está en el medio; ni la globalización es detestable, ni el localismo es para morir por él. De la suma de ambos “concetos”, según garrafal barbarismo del “pepiño” ante los medios, se obtiene la equilibrada marcha para la sociedad contemporánea. Los nacionalismos se neutralizan con la globalización.

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