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La Unión Mediterránea: ¿Más de lo mismo?

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
jueves, 31 de mayo de 2007, 21:47 h (CET)
Ante el resquebrajamiento de Europa, han surgido voces autorizadas a favor de la creación de una Unión Mediterránea cohesionada. En principio, la idea me parece buena y puede ser una salida para seguir avanzando, puesto que cualquier poder si no se basa en la unión, es débil. Endeble es la Unión Europea que, hasta el momento, ha sido incapaz de unir a todos los europeos. Bajo este precedente, habrá que atar muy bien todos los cabos para no caer en las mismas dificultades. Es cierto que se parte con una ligera ventaja, pero sólo en un mundo sincero, que se crea lo que se dice, facilita la alianza. Ensamblados por un mar que ha propiciado una cultura que nos engarza e identifica, tiene su punto de encuentro. Ahora bien, no podemos dejar a un lado las convicciones éticas y los valores comunes de libertad, democracia, respeto a los derechos humanos e igualdad.

La Unión Mediterránea sí, pero unida a la familia de países europeos, con más fuerza si cabe, para todos trabajar juntos. La desunión, o la unión parcelaria, es un mal acuerdo. No debemos olvidar que la Unión Europea debe ser un todo, singular y único. Somos un continente con muchas tradiciones y con lenguas distintas, esto también nos enriquece. Podemos tener visiones diversas, pero hay que promover la unidad dentro del respeto a la diversidad, con un espíritu de solidaridad y amplitud de miras. Si fomentamos otras uniones y seguimos, en más de lo mismo, avivando egoísmos en vez de amor, resultados económicos en lugar de generosidad, subordinando los valores a las necesidades del sistema y a sus diabólicas promesas de futuro, la coalición será imposible. La cuestión no es tanto el menor número de países, la homogeneidad cultural, como la consideración hacia la persona en su dignidad humana.

Vivimos en un momento de grandes riesgos, pero también de grandes oportunidades. Tanto la posible Unión Mediterránea como la Unión Europea puede ser una ocasión propicia para la convivencia. Europa será más fuerte, sin duda, en la medida en que todos trabajemos en la misma dirección. A mi juicio, pienso que para conseguir esa orientación justa necesitamos poseer una moral pública; una moral con la que todos nos identifiquemos y sea valor de uso, que sepa responder a los caprichos de los poderosos, a las amenazas que se ciernen sobre la existencia de todos nosotros.

Tampoco habrá uniones sanas y duraderas bajo la sombra de la contrariedad. Europa no puede ser una contradicción. Por un lado, se habla de la libertad como un valor fundamental que lo mide todo y las discriminaciones son descaradas. Lo cierto es que cada día somos un poco menos dueños de nuestra propia vida. A veces nos da la sensación que sólo nos queda la libertad soñada. En cualquier caso, la idea de una unión Mediterránea englobada en una Europa consolidada, creo que ha de pasar de ser un sueño en las mentes de filósofos y visionarios, a ser una realidad con una sola voz; donde, por supuesto, todas las voces, incluidas las de los Estados del Mediterráneo, sean oídas. Desde luego, en la construcción de ese hogar común europeo todos necesitamos de todos.

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