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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El duende del cante

Francisco Arias Solís
Redacción
miércoles, 30 de mayo de 2007, 22:33 h (CET)
“Empieza el llanto
de la guitarra.
Es inútil callarla.
Es imposible
callarla.”


Federico García Lorca

En el Corpus de 1922, en la plaza de los Aljibes de la Alhambra, tenía lugar el concurso de Cante Jondo. Fue el día de San Antonio, es decir, un 13 de junio, sin temor al mal-fario. Se trataba de buscar la raíz misma del cante precisamente en el pueblo. Menéndez Pidal afirma que el nacimiento de la lírica popular es consustancial con el de todo el idioma. Allí, donde vive una comunidad hay un principio lírico. Es decir, la poesía lírica se anticipa a veces en largos decenios a la épica y a la epopeya. Más adelante descubre el inmenso valor de la tradición oral, substrato que es como el cimiento real de toda cultura humana.

El músico gaditano Manuel de Falla y el poeta granadino Federico García Lorca prestan el inapreciable servicio de buscar, para darle nueva luz, el auténtico cante. Junto a ellos, toda una pléyade de artistas y escritores con inquietudes, y en primerísima fila, el pintor Manolo Ángeles Ortiz, a quien, en cierta ocasión le dijo Federico: “La poesía de tu pintura y la pintura de mi poesía nacen del mismo manantial”.

El arte unifica si es verdadero. Esta es la lección que nos ofrecen estos creadores y esta lección viene mostrada por el abigarramiento de aquella famosa tertulia granadina del que fue famoso Rinconcillo del café Alameda: Allí, Falla, Fernando de los Ríos, Melchor Fernández Almagro (Melchorito que decía Lorca), Montesinos, Lorca, Manolo Ángeles.... Creo que fue de allí de donde partió la idea del famoso concurso de cante jondo.

Lorca y Manolo Ángeles Ortiz recorren prácticamente toda Andalucía y especialmente la tierra granadina en busca de aquellos que cantasen con pureza de estilo. De esta forma, y con la inapreciable ayuda de Falla, sale a la superficie todo un inmenso caudal lírico folklórico que vegetaba y, lo que es peor, se iba perdiendo y adulterando.

La influencia causada por este célebre concurso de cante jondo tiene una valoración tan destacada que se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que salvó nuestro inigualable folklore. Le inyectó nueva vida y sobre todo se le despojó de todo aquello que no tenía el sello de lo auténtico.

Falla, Lorca y Manolo Ángeles Ortiz son, los más entusiastas y a ellos se debe, con certeza, la mayor parte del éxito. En esa ocasión es cuando Lorca compone su Poema del cante jondo y Manolo Ángeles Ortiz encuentra la medida de su pintura. A este último se debe el cartel anunciador y él debe a este período imborrable de su vida, el descubrimiento de un quehacer artístico en que ya perduraría para siempre. Precisamente a fines de 1922 y con una carta de presentación de Falla para Picasso, Manolo marcha a París. Ortiz siempre afirmaría que quisiera que su pintura fuera como cuando una guitarra toca la “soleá”.

Para el concurso llegaron Zuloaga y Rusiñol. Los cuadros del pintor vasco decoraron la plaza. También estuvieron Juan Ramón Jiménez, Federico García Sanchiz, Turina, Mauricio Legendre, Ramón Gómez de la Serna, Adolfo Salazar, Enrique Díez Canedo, los duques de Alba, Edgar Neville, Ramón Pérez de Ayala, Kurt Schindler, director de la Schola Cantorum; Leig Henry, director de la revista musical Fanfare; John Brandle Trend, enviado especial del Times y Music and Letters; etc.

Participaron en el célebre concurso Antonio Chacón, Manolo Caracol, Diego Bermúdez “el Tenazas”... Fuera de concurso, cantó Manuel Torre, del que decía García Lorca que era “el hombre de mayor cultura en la sangre que he conocido”.

Hubo una verdadera polémica en la prensa en torno al concurso. Se vociferó contra él y se le alabó; ambas cosas desenfrenadamente. La realidad es que fue un intento -el de más envergadura- por salvar los cantes primitivos andaluces. García Sanchiz recordaba luego las saetas de un sobrino de “el Gallo”, el torero; Gómez de la Serna se acordaba del tamaño y color de la falda de “la Macarrona”, que se atenía a la medida antigua y de su baile hondo, único, inimitable. Manuel de Falla estaba satisfecho.

“Lo que vale en el cante -decía Manuel Torre, el famoso cantaor del concurso de cante jondo es el gusanillo que se le mete dentro”. Ese “gusanillo” que decía Manuel Torre y al que Federico García Lorca llamó, especificando su esencia y forma de andaluza misteriosidad, el “duende”, también estuvo en el concurso de cante jondo de Granada acompañando al auténtico cante y al llanto de la guitarra. Y como dijo el poeta granadino: “Es imposible / callarla. / Llora por cosas / lejanas”.

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