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Etiquetas:   Novela por entregas   -   Sección:   Libros

Don Juan

Capítulo 7
Carlos Ortiz de Zárate
miércoles, 11 de febrero de 2015, 08:20 h (CET)
No me ha sorprendido la puntualidad del chófer. Ha sido una liberación. Necesitaba escapar de la dictadura de todos los espejos colocados en mi apartamento de 60 m2. Antes ni siquiera era consciente de su existencia. Ahora me devuelven mi imagen como si quisieran gritarme mi decadencia. No se trata solamente de un vestuario mal cuidado que necesita urgente renovación; también está la barriga y… no puedo ir así…

He empezado a marcar el número de Xandru no sé cuántas veces y otras tantas he abortado la llamada. Quiero cancelar la invitación y no puedo resistir la tentación.

Xandru me espera a la entrada de la finca. Ignoro si realmente pertenece a la nobleza. Si no fuera así lo aparenta a la perfección. ¡Qué movida! Me siento totalmente desplazado, pero no puedo volverme atrás…

-¿Se puede saber lo que pasa por tu cabeza oxidada de chorlito?

-Nada... nada…

-No han terminado los arreglos para que los coches lleguen a la casa. Había otras urgencias, ya sabes…

Caminamos un buen trecho. No es mala cosa, el aire fresco me tranquiliza.

-Nos vendrá bien para disipar los vapores… Las vistas son una gozada, ¿no te parece?

La gozada es haberme liberado de la dictadura de los espejos. ¿Por qué demonios he tenido que dejarme atrapar? Por el contrario, Julen parece apreciarlo todo. Da vueltas y vueltas como si estuviera descubriendo el paraíso terrenal.

-Es, asimismo, una buena ocasión para limar tus temores…Don Juan es un caballero que sabe apreciar lo bueno y también sabe pagarlo, ya me entiendes…

Se equivoca, no entiendo nada. Ni siquiera sé por qué he venido y cada vez me cuesta más dominar mis ansias de echarme a correr despavorido. Debe de haberlo captado, me suelta un chaparrón de agua helada.

-Déjate de monsergas. ¡Mírate al espejo! ¿Qué ves?

Me atraviesa un escalofrío. Si hubiera creído en brujerías… pero no, ¿cómo hubiera podido presenciar mi suplicio? Lo que escucho me parece salir del marqués de Bradomín más otoñal.

-Solamente existen tres formas de vivir dignamente; del poder, del ejército o del puterío; con el trabajo no salimos de la miseria. Yo gozo como antes no lo hacía y reconozco que he cogido mucho aprecio a mi huésped. Lo demás son milongas.

-¡Llamas milongas al atropello de los derechos de dos adolescentes, al soborno, a que se salga con la suya el mamón ese!…

-Espérate a conocerlo y comerás en su mano. Además, no intervendrá para nada en tu relato, salvo en proporcionarte lo que te falta.

- Ya tengo lo que me falta, Marisa me ha pasado los escritos de los chicos.

-Lo sé y también lo sabe don Juan. Marisa ha hecho el agosto. Pero verás… supongo que alguien tan letrado como tú habrá leído “Sonata de primavera”. ¿Recuerdas a María Rosario?

-Vagamente.

-Te refrescaré con mucho gusto la memoria. Quería ser monja y resistió a la pasión que le inspiraba el marqués de Bradomín. Terminó poseída por el demonio.

-Querrás decir por las rigideces de la “Santísima Inquisición” y otra cosa, era Bradomín quien…

-...Bueno, como quieras llamarlo. El demonio a fin de cuentas, ¿no?

Hubiera querido argumentar, aunque no tengo interés alguno por el tema. No ha sido posible. Ya hemos llegado a la casona y a la entrada nos espera el rumano con una sonrisa angelical que disipa mis angustias. Se diría que él también desciende de la nobleza más rancia. Me veo reflejado en un precioso espejo barroco, a todas luces recién restaurado.

-Tengo el placer de presentarte a don Juan.

No creo que el mismo marqués de Bradomín hubiera mejorado unas presentaciones que desempolvan mis títulos académicos y que exageran los méritos de mi vida laboral. Desvío la mirada del espejo para no acomplejarme.

-El placer es mío, doctor. He tenido que esperar demasiado este momento.

Estoy completamente deslumbrado por lo que veo, huelo y siento. Si Carlos de Gante hubiera disfrutado estas mieles, con toda probabilidad habría instalado la corte en Villaviciosa. Se ve todo en obras, una verdadera pena; el edificio es una auténtica joya.

Xandru no había exagerado al referir los deleites gastronómicos de los que goza. Demasiado lujo para mi gusto. No es que no haya apreciado las deliciosas angulas de Aguinaga, que hace un montón de años que no cataba, o el resto, que me abstengo de mencionar porque me ha parecido una auténtica pasada, innecesaria, para mi gusto. Me siento incómodo, pese a la amabilidad de mis anfitriones y a un ambiente que mejora las descripciones que había escuchado en la terraza de la Zapica.

Don Juan tiene, asimismo, mucho más tacto del que esperaba. He sido el objeto de la conversación de una gran parte de la velada y reconozco que el detalle ha tenido efectos en mi autoestima, pero hubiera preferido no tener que esperar a la sobremesa para entrar en tema.

Nos hemos instalado en un rincón muy bien preparado para la ocasión en un lateral de la chimenea. El aroma del café que sirven a mis compañeros de cena me ha hecho lamentar las prescripciones de mi médico. Me he podido consolar con un excelente armañac y con los amables recuerdos que me ha evocado.

Después todo ha ido muy rápido, demasiado para mi gusto. He asistido y formado parte de un desfile de estrellas en el que se me ha atribuido un papel importante. Un derroche, y nunca he apreciado los excesos. Debo reconocer que don Juan tiene muy buenos informadores; conoce mis gustos, quehaceres y sinsabores. No me molesta, tiene el tacto de la oportunidad y de despertar la avidez que trato mal de ocultar, de localizar mi personaje perdido.

Lo ha logrado, sí, y se dispone a la estocada breve y certera.

-Me quedaría horas y horas en tan grata compañía y, muy a mi pesar, mis obligaciones me reclaman. No es mi lamentada ausencia la que debe interrumpir tan agradable velada.

Tira del cordón que hace salir y cantar al cuco que se escondía en el reloj de la pared del salón. Ni siquiera he podido controlar el tiempo; encuentro ante mis narices un maletín de marca y de clase. No sé muy bien a qué atenerme. Don Juan da la orden de que lo abran y, atónito, descubro fajos de billetes de quinientos euros. El donante sonríe con gran benevolencia.

-Un pequeño obsequio, estimado doctor. Ha sido para mí un gran honor compartir mesa con alguien a quien que deseaba tanto conocer “en persona”.

¿Por qué me ha asustado? No me ha dado tiempo a encontrar la respuesta. Se ha ido como si se tratara del fin del ritual iniciado al tirar del cordón. Xandru respeta mi largo silencio hasta que decide hacerme descender al mundanal ruido.

-Son 12.000.

Me cuesta reaccionar y tengo demasiadas dificultades para ordenar mis ideas. Las posibilidades de limpiar mi cuenta, renovar mi vestuario y de estancias sin premuras en Simancas son, sin duda, razones de peso. Mi vida cambiaría. Ya no se trata del desembarco en Tazones, no. Las políticas de Cisneros y de Carlos I han perdido protagonismo en el marasmo de los intereses financieros y Simancas ya no me ofrece sino una antesala… Me interrumpe mi compañero de sobremesa.

-Hay mecenas postmodernos, querido amigo. Mira a tu alrededor, míralo bien.

-Cierto que un narco subvencionaba la investigación y tratamiento del autismo en Mazatlán.

Ni yo mismo puedo comprender por qué lo he dicho. Por mucho colegio alemán que haya formado a mi anfitrión, no sabe dónde está Mazatlán, pero sí ha oído hablar del cártel de Sinaloa.

-Mira, no sé de dónde viene la pasta. No es, en todo caso, mi problema o el tuyo. Nada podemos hacer. Cógelo, es tuyo. No mancha…

Los billetes son nuevos. Se me antoja que apestan…

-Nada te pide a cambio

-¿Qué? ¿Pretendes insinuar que me regala 12.000 euros por mi cara bonita?

-Algo así. Aprecia lo que haces y cómo lo haces. Deja que ejerza de mecenas.

- ¿Y la crónica?

-La tuya, no te pide otra, insisto: aprecia lo que haces. No te ha pedido recibo o compromiso alguno…

-¿Y después?

-No hay después, amigo, no hay después.
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