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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

La nueva religión

Octavi Pereña
Octavi Pereña
miércoles, 30 de mayo de 2007, 22:33 h (CET)
Viajando por Irlanda, el turista vio una enorme valla publicitaria con un fondo blanco. En el espacio disponible sólo había un zapato rojo de mujer y la frase «¿Ir de compras es la nueva religión?» Últimamente ha salido en la palestra el tema de la compra compulsiva, actitud que por cierto se ha convertido en un problema psiquiátrico debido al incremento del número de personas atrapadas por la manera descontrolada de comprar. Lo que el panel publicitario presenta en forma de pregunta podemos aseverar que se hace realidad diariamente.

Ir de compras se convierte en una nueva religión que atrae multitud de adeptos. La persecución de bienes materiales es una de las motivaciones más fuertes que pueda experimentar el ser humano. Los técnicos publicitarios 10 saben y se aprovechan de ello para echar más leña al fuego emocional y prodigar grandes beneficios a los anunciantes. La pregunta que nace de esta tendencia innata es: ¿Produce verdadera satisfacción la acumulación de objetos? Aparentemente sí. Cada vez que se obtiene el objeto deseado
se consigue un cierto grado de satisfacción. Es una recompensa de disfrute efimero pues tan pronto como se posee el artículo anhelado empieza un proceso de desencanto. Se le encuentran defectos. Las cualidades no son las que se esperaban. El desengaño crece. Empieza una batalla emocional para encontrar 10 antes posible un substituto. Debe recobrarse a toda costa la felicidad perdida. Pienso que aquí se encuentra el origen de la compra compulsiva que tantos estragos emocionales produce, a la vez que desequilibra el presupuesto, familiar o individual, con todas las penurias que conlleva.

El problema que hoy se conoce como compra compulsiva viene de muy lejos. Jesús, en la introducción de la parábola del hombre rico, dijo: "Mirad y guardaos de toda avaricia, porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee" (Lucas, 12: 15). Al relatar la parábola de una persona insatisfecha que construye almacenes y más almacenes para guardar los géneros que iba acumulando a ritmo vertiginoso, Jesús dice a este individuo: ''Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma y 10 que has provisto, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios".

Eclesiastés trata también esta actitud compulsiva nacida de la insatisfacción. Salomón, que es el autor de este libro bíblico, describe su afán de darse a la buena vida con la adquisición de muchos bienes y deleitarse en los placeres sensuales, llega a esta conclusión: "Miré yo luego todas las obras que habían hecho mis manos, y el trabajo que tomé para hacerla s, y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol" (1: 11).

La codicia, que sin duda se encuentra detrás de la compra compulsiva, nunca satisface. Inicia una serie infinita de deseos con el propósito de encontrar la delicia que busca. Es por ello que la codicia mata la paz emocional y destruye la satisfacción. Perseguir el contentamiento es legítimo, pero se hace mal cuando se espera alcanzarlo vía codicia que engendra la compra compulsiva.

Es mejor dar que recibir. Este es el principio que Dios pone a nuestra disposición para alcanzar el deseo de felicidad que anida en 10 más profundo del corazón humano. No es este un principio teórico que no tiene aplicación práctica. Juntamente con la teoría, Dios nos ofrece el ejemplo. Enseña a dar y 10 hace entregando a su Hijo por nosotros. Jesucristo, que se ofrece voluntariamente para redimimos de la esclavitud del pecado que impide toda posibilidad de encontrar el pleno contentamiento, nos dice: "Ejemplo os he dado". El darse no es una cuestión teórica, académica, de discusión filosófica que no lleva a ninguna parte. Darse, que es el antídoto contra la compra compulsiva que se convierte en la nueva religión de nuestro tiempo, es imposible hacerlo con las solas fuerzas humanas. Es un comportamiento que excede a nuestras posibilidades. Jesús nos avisa de ello, para que no caigamos en la tentación de intentar 10 imposible, cuando dice: "Sin mí nada podéis hacer". Este toque de atención va acompañado del símil de la vid y el sarmiento. El sarmiento desgajado de la vid no puede dar uvas porque le falta la fuerza vital de la savia que recorre el tronco. Apartados de Cristo, la savia del Espíritu no vivifica nuestras personas. Su ausencia, a pesar de los buenos propósitos que podamos hacemos, impide damos al prójimo como terapia contra la compra compulsiva, la nueva religión de nuestros días.

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