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Educación en la fe

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
miércoles, 30 de mayo de 2007, 22:33 h (CET)
El Foro de la Familia insiste, con razón, en que los padres católicos deben ejercer su derecho a la objeción de conciencia, exigiendo que no se imparta a sus hijos una asignatura que pretende adoctrinarlos en los valores relativistas y laicistas que promueve el actual gobierno. La ideología de género, la homosexualidad como opción personal, la aceptación de una sexualidad sin control en la que cualquier aberración se considera normal, la sibilina introducción de la eutanasia, disfrazada de la dignidad de una muerte digna. La muerte digna es para esta corriente que pidas que te maten para no molestar a tus familiares. El paso siguiente es que tus familiares exijan matarte para que no les estropees las vacaciones con tu invalidez o con tu alzehimer. Todas las religiones son nocivas, excepto el Islam al que se mima con cariño. Si quieren comprobarlo entren en la página web del Ministerio de Educación y dentro de ella el “cnei” Centro Nacional de Información Educativa y vean las obras que recomiendan. Alguna de ellas es un comic repugnante.

En la página web de Profesionales por la Ética se ofrece una amplio argumentario contra la descarada imposición de la asignatura Educación para la Ciudadanía.

Pero la objeción es insuficiente si las familias católicas no tomamos como tarea propia e indelegable la transmisión de la fe y la formación religiosa de nuestros hijos y quizás también de nuestros nietos. Reconozcamos que en muchos casos la iniciación religiosa de nuestros hijos no ha pasado de recitar el “Jesusito de mi vida”. La formación gradual de su inteligencia y su voluntad, para hacerlos capaces de vivir unos valores cristianos en un mundo que ofrece otras pautas de conducta, no se ha dado con eficacia. Hemos creído que con optar por la asignatura de “religión” en el colegio era suficiente y esto no es así.

La familia tiene que recuperar su papel fundamental de transmisora de la fe y de iglesia doméstica que decía el Concilio y quizás no estamos preparados suficientemente para ello. Por eso pienso que los movimientos familiares de orientación cristiana tienen que ayudar a sus propios miembros y, a través de ellos, a todas las familias a adquirir una formación catequética que les capacite para transmitir la fe a sus hijos y acompañarles en las distintas y diferentes etapas que van a ir viviendo. Mucha gente de las Universidades tomó como tarea urgente erradicar la religión de la sociedad y en ello siguen con entusiasta dedicación. Nuestros hijos, escasamente preparados, dejan cualquier práctica religiosa cuando entran en la Universidad, si es que no la dejaron ya en los estudios anteriores, donde hay decididos propagadores del ateismo.

Las parroquias y los movimientos juveniles cristianos pueden ser colaboradores valiosos en esta tarea educativa de nuestros hijos, pero esta colaboración no significa sustituir la obligación de los padres. ¡Que es difícil esto, que el trabajo de los dos resta tiempo, que las tareas escolares absorben la jornada de nuestros hijos…! Bien, todo esto puede ser verdad, pero hay que plantearse las cuestiones por orden de importancia. ¿Qué valor damos a la formación moral y religiosa de nuestros hijos?

Si podemos buscar quien les enseñe inglés, música o judo, educarlos en la fe y acompañarlos en su evolución y desarrollo es tarea indelegable de los padres y si hay que sacrificar otras comodidades, habrá que hacerlo.

Hagamos objeción de conciencia frente a la imposición de la nueva asignatura pero, más importante aún, seamos auténticos transmisores de la fe de nuestros hijos.

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